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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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EVELIO G. PALACIO
Era un hombre de decretos y de armas, pero podía haberlo sido con las mismas de las letras. Esbozaba con pasión caricaturas, su afición casi secreta, pero las musas de la literatura y la oratoria también le adoraban. Mereció haber escrito «El Príncipe», su «Príncipe», o aforismos de los de Gracián, o sentencias como las de Erasmo. Optó en cambio por el silencio intelectual, por destilar su sabiduría pública a cuentagotas. Pensador profundo, narrador extraordinario, si no deja escrita su vida, merecería haberlo hecho para no privar a España de la lección postrera de su conocimiento. Tres momentos le retratan:
Sevilla, ferias, abril de un año cualquiera. Aniversario del Centro Asturiano. «Las cosas importantes que sé no las puedo contar y las cosas que puedo contar no son importantes». Dicción resuelta y serena. Discreción y humildad, y un auditorio boquiabierto.
Junio de unos años antes. Palacio de la Zarzuela. «Sabino, ¿a qué hora llega el helicóptero?». El Rey llama por el interfono de palacio directamente al secretario de la Casa. Espera a Sanguinetti, presidente de Uruguay, en visita privada a España. «Señor, está aterrizando ya», responde con respeto el firme bastón de apoyo en mil batallas, mariscal de campo, el escudero fiel. Escudero y escudo.
Cudillero. Un octubre más reciente. En la edad dorada, en la dorada luz cúspide de la lucidez vivida, una lágrima, un sollozo. La emoción por el hijo perdido, el hijo añorado. El peso de la vida misma y de los muertos, la cara amarga de este valle.
Tres retratos que definen una personalidad en un momento: el hombre consciente de su destino en la contraportada de la Historia; el hombre de Estado; el hombre a secas, desnudo frente a frente con sus recuerdos. En la Casa del Rey le escuchamos decir la víspera de un homenaje en Oviedo que desde altos puestos como el suyo «hay que ejercer de asturiano sin que se note».
Sin que se notara, el general Sabino Fernández Campo, conde de Latores, fue un asturiano íntegro e integral, más alto que la cumbre del Torrecerredo, más largo que el Cantábrico. En ese palacio que pisó tantas veces ante aquella panera de pegollos pintados de amarillo regalo de Ensidesa, añoró muchas veces Asturias, igual que Asturias le va a añorar a él ahora en este trance, en su viaje postrero y definitivo a la tierra madre, a la madre tierra. Se va un militar ilustrado. Un caballero.
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