EVELIO G. PALACIO
MARIOLA RIERA
PABLO ÁLVAREZ
Era un hombre de decretos y de armas, pero podía haberlo sido con las mismas de las letras. Esbozaba con pasión caricaturas, su afición casi secreta, pero las musas de la literatura y la oratoria también le adoraban. Mereció haber escrito «El Príncipe», su «Príncipe», o aforismos de los de Gracián, o sentencias como las de Erasmo. Optó en cambio por el silencio intelectual, por destilar su sabiduría pública a cuentagotas. Pensador profundo, narrador extraordinario, si no deja escrita su vida, merecería haberlo hecho para no privar a España de la lección postrera de su conocimiento. Tres momentos le retratan:
Sevilla, ferias, abril de un año cualquiera. Aniversario del Centro Asturiano. «Las cosas importantes que sé no las puedo contar y las cosas que puedo contar no son importantes». Dicción resuelta y serena. Discreción y humildad, y un auditorio boquiabierto.
Junio de unos años antes. Palacio de la Zarzuela. «Sabino, ¿a qué hora llega el helicóptero?». El Rey llama por el interfono de palacio directamente al secretario de la Casa. Espera a Sanguinetti, presidente de Uruguay, en visita privada a España. «Señor, está aterrizando ya», responde con respeto el firme bastón de apoyo en mil batallas, mariscal de campo, el escudero fiel. Escudero y escudo.
Cudillero. Un octubre más reciente. En la edad dorada, en la dorada luz cúspide de la lucidez vivida, una lágrima, un sollozo. La emoción por el hijo perdido, el hijo añorado. El peso de la vida misma y de los muertos, la cara amarga de este valle.
Tres retratos que definen una personalidad en un momento: el hombre consciente de su destino en la contraportada de la Historia; el hombre de Estado; el hombre a secas, desnudo frente a frente con sus recuerdos. En la Casa del Rey le escuchamos decir la víspera de un homenaje en Oviedo que desde altos puestos como el suyo «hay que ejercer de asturiano sin que se note».
Sin que se notara, el general Sabino Fernández Campo, conde de Latores, fue un asturiano íntegro e integral, más alto que la cumbre del Torrecerredo, más largo que el Cantábrico. En ese palacio que pisó tantas veces ante aquella panera de pegollos pintados de amarillo regalo de Ensidesa, añoró muchas veces Asturias, igual que Asturias le va a añorar a él ahora en este trance, en su viaje postrero y definitivo a la tierra madre, a la madre tierra. Se va un militar ilustrado. Un caballero.
Ahora que está de moda esquivar las preguntas incómodas de los periodistas o, directamente, prohibirlas, llama mucho la atención el comportamiento de Sabino Fernández Campo ante los medios. No había cuestión a la que no respondiese en La Granda. Mucho menos que le importunase.
Hay que destacar esta cercanía en una persona que reunía muchos requisitos de peso para evitar, si quisiera, enfrentarse a ciertas preguntas, en ocasiones envenenadas o que buscaban el morbo que suscitaban las palabras de alguien tan cercano, en su día, al Rey y su familia. «No hay preguntas incómodas, sino respuestas indiscretas», venía a decir como prueba de su gran respeto a la profesión.
Sabino Fernández Campo siempre atendió a todo lo que los periodistas querían saber. El abanico era amplio en los veranos de sequía informativa en los que tan pronto tenía que dar su opinión sobre Eva Sannum o sobre doña Letizia, sobre la decisión de Rodríguez Zapatero de retirar las tropas de Irak, sobre el comportamiento del Rey ante asuntos de política nacional, sobre la famosa portada de «El Jueves» o sobre el orden sucesorio en la Corona, por poner algunos ejemplos. Respondía y, lo que es mejor para un periodista, daba titulares.
Para una reportera en pañales es un privilegio poder entrevistar a una persona de su talla, cuyas reflexiones han sido siempre una invitación a profundizar en la historia reciente de la que él había sido protagonista.
Me quedo con su sabiduría, paciencia y amabilidad. Inauguró mi galería de personajes, en la que caben aquellos que dejan huella por lo que dicen y cómo lo dicen. De momento, no son muchos.
Las conversaciones con Sabino Fernández Campo tenían tres planos de lectura, lo que equivale a decir que tenían tres niveles de interés que se sumaban unos a otros. El primero, lo que decía abiertamente. El segundo, lo que decía entre líneas. Y, el tercero, lo que uno interpretaba que quería decir (con independencia de que ése fuera o no fuera su pensamiento).
Acaban de cumplirse 15 años de mi conversación con el general Fernández Campo. Fue en su casa, en Madrid, plaza de Colón. Nos recibió (al fotógrafo y al redactor) sin boato. Tema: su relación con Torcuato Fernández-Miranda.
Andaba muy apesadumbrado y no lo ocultaba: su hijo acababa de fallecer en accidente de tráfico y su nuera -herida en el mismo siniestro- estaba muy grave. Además, un libro de reciente publicación vertía graves juicios acerca de su persona.
Hacía un año que había dejado la Casa del Rey y el otrora todopoderoso personaje estaba saboreando las mieles de la tribulación. Aún más: de la vulnerabilidad. Pero él quería dejar claro que no todo estaba en el mismo saco. «Estoy muy agobiado con mis disgustos personales (se refería a su hijo). Si ahora me dedicase a una cosa tan baja y despreciable (se refería al citado libro) me haría a mí mismo más despreciable».
Fiel a su estilo, y pese a su abatimiento, en aquella entrevista aportó sus tres planos de discurso.
1) Lo que dijo: «Lo importante no es lo que se es, sino lo que se es capaz de dar. No se trata de títulos, denominaciones o etiquetas, sino de conductas que se vuelcan por una idea, una institución o una persona».
2) Lo que dijo entre líneas: «En España cunde bastante la ingratitud (?) A las personas se las utiliza mientras rinden, mientras proporcionan alguna utilidad, pero cuando esa ocasión pasa se las abandona o se las olvida».
3) Lo que a lo mejor quiso (o no) decir: «Cuando una persona tiene grandes conocimientos y no los oculta, sino que los manifiesta, a los que no tienen esa categoría les suele incomodar. Los inteligentes pueden no caerles bien a los tontos».
Descanse en paz, con el Dios a cuya misericordia tanto apelaba, el más interesante de los entrevistables españoles.