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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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JAVIER NEIRA
La clave está en el nivel de comunicación. Sabino Fernández Campo, por encima de todo un intelectual, se expresaba desde la más genuina finura de los sabios, así que la generalidad de los medios consideró siempre que sus mensajes tenían un nivel de comunicación de grado cero: era el hombre de los silencios obligados, de la discreción blindada, del mutismo férreo... una esfinge opaca.
La verdad era exactamente la contraria. No se podría decir que fuese un parlanchín sin sentido o peor un indiscreto desatado pero siempre dijo muchísimo más de lo que consiguió oír buena parte de sus interlocutores. Cuestión de onda, de sintonía, de nivel.
Como declaró en una ocasión, hace de esto nueve años, «yo no me llevo ningún secreto» a la tumba. «No, el silencio no está necesariamente reñido con la crítica. Yo no quiero presumir de silencio, de callarme porque no pueda decir las cosas gravísimas que sé. Pero el silencio es importante, hay muchas cosas que no interesa decir. He llegado a una edad de máxima prudencia, de no querer ofender a nadie y de pedir perdón, de arrepentimiento y de perdonar a los demás. El ejercicio del perdón le deja a uno muy descansado, tiene incluso un algo de venganza, porque sutilmente significa sentirse superior al perdonado». ¿Se pueden insinuar más cosas con tanto estilo y menos palabras?
Y es que como añadía en aquella ocasión, «mi silencio no es tan auténtico; siempre que me preguntan, opino».
Ese decir las cosas claras pero sólo para entendidos desató una campaña entre sus enemigos, que los tenía como todo gran hombre y más si es asturiano: los dos últimos siglos son evidentes al respecto porque la franqueza es característica de los habitantes de esta tierra. En efecto, levantaron la especie de que se pasaba el día filtrando confidencias desde bambalinas y hasta lo motejaron con un torpe juego de palabras como Conde Delatores.
Curiosa versión del mito de las dos Españas: unos no se enteraban de nada y lo elevaban a los altares de la discreción purísima y otros sacaban conclusiones excesivas de algunas declaraciones, así que lo pretendían arrastrar incluso por el lodo de la traición.
En el impresionante libro de Jesús Cacho «El negocio de la libertad» se habla de asuntos turbios protagonizados por el financiero Javier de la Rosa y, como apostilla A. Maestro en una recensión de la obra, «cuando estos asuntos llegaron a los tribunales hubo una tentativa de abdicación del Rey, apoyada por la Reina, alto personal de la Zarzuela y algún periodista intrigante». Palabras mayores que quedaron en nada pero que evidentemente partían de sectores que tiraban con bala.
Tiempo después el propio Cacho escribía en el diario «El Mundo», a propósito de otro de sus libros, que hubo «una operación según la cual personas del alto staff de Zarzuela habían puesto en marcha tiempo atrás una operación que pretendía lograr la abdicación del Monarca en favor de su hijo, el Príncipe Felipe. Semejante comprometida imputación, no desmentida por la Casa Real, no encontró en Sabino ni la mitad de rechazo que un par de líneas que se deslizan en el mismo capítulo» del libro donde se asegura «que Mario Conde y Manuel Prado, metidos de hoz y coz a lo largo de 1992 en la conspiración para apartarle de Zarzuela, habían descubierto que Sabino era víctima de algún tipo de inestabilidad psíquica, de la que estaba recibiendo tratamiento médico. Poco después de la salida del libro, Sabino, conde de Latores con grandeza de España, me explicó indignado los pormenores que podían haber dado pie a tales personajes a imaginar en él un problema de ese tipo. Supe en seguida que tenía razón, y me propuse enmendar el entuerto, aunque él no me pidiera hacerlo». Sí, tiraban con bala.
De todos modos, el general Fernández Campo nunca se llamó a engaño. En 1993, con motivo de su nombramiento como hijo adoptivo de Oviedo, declaró que «los propios grupos políticos son objeto o víctimas de un poder superpolítico que es el poder del dinero, de la influencia, que es de una ambición extraordinaria».
Quizá por eso su libro de cabecera era «El Príncipe», de Maquiavelo. Quizá por eso mismo cuando ingresó en la Academia de Ciencias Morales y Políticas en un solemnísimo acto presidido por los Reyes ofreció una relectura del inmortal tratado, visto como una obra de intención moralizante.
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