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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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M. A. SERRANO MONTEAVARO
ASTURIANO, TRABAJA EN EL GABINETE DE COMUNICACIÓN DE LA CASA DEL REY
Querido Sabino:
Hace unos años, en 1995 concretamente, el escritor Umberto Eco y el cardenal Carlo Martini, ambos premios «Príncipe de Asturias», sostuvieron una correspondencia epistolar pública, a través de las páginas de la revista italiana «Liberal».
A lo largo de ocho cartas, Eco y Martini intentan buscar un terreno común donde pudiesen jugar una ética laica y una ética cristiana. No se pusieron de acuerdo, pues Martini se aferraba a la idea de un Absoluto que rige nuestras vidas y Eco pensaba que existen una serie de valores comunes a la Humanidad, que no necesitan necesariamente referirse a ningún más allá. El caso es que el tema sigue en el tejado, como no podía ser menos.
Tú, Sabino, que a lo largo de tu vida intentaste llevar a la práctica una ética pública, bien pudiste haber terciado entre Eco y Martini. Bueno, ahora lo podrás hacer más tranquilamente desde el cielo; ya me irás contando.
Porque nosotros creíamos, te acuerdas, que ambas éticas, la laica y la cristiana, podían encontrarse muy bien, precisamente en el terreno público, en el día a día de la calle.
Recuerda cuando en 1993 asistimos al estupendo «encuentro» entre Manuel Fraga y Gregorio Peces-Barba, con motivo del ingreso de Gregorio en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, de la que luego tú fuiste director. En aquella memorable sesión, Peces-Barba defendió la Ética laica que debe regir la Política y el Derecho y Fraga expuso su posición iusnaturalista sobre el mismo tema. Pero ambos estaban de acuerdo en que la Política y el Derecho, es decir la vida pública, debían atenerse a una Ética.
Fuiste, Sabino, un hombre optimista, que no creías, como Antonín Artaud, que «el mal es la ley permanente, y el bien un esfuerzo», que hay que realizar de propio intento. Siempre creíste en la gente, las personas tenían que demostrarte que eran efectivamente malas para creerlas de tal condición.
Así, hoy día, como siempre, el compromiso ético empieza en uno mismo, y se vierte luego en los demás, sean próximos o no. En cambio, la vida pública se rige muchas veces por «el sálvese quien pueda», «ande yo caliente ríase la gente», vive bajo «el complejo de Peter Pan», buscando sumergirse en una adolescencia eterna, de modas, consumo, viajes, frenesí...
¿Y los próximos sin trabajo, emigrantes, desvalidos, ancianos...? Son «rostros» (I. Mancini, citado por Martini), «centros de alteridad, rostros para mirar, para respetar, para acariciar». Ahí comienza precisamente la ética, «cuando entran en escena los demás» (U. Eco). Debemos procurar, entonces, como anunció Peces-Barba el día señalado, «la difusión del buen ciudadano, sabiendo que el progreso será moral o no será, es decir sólo, como siempre, desde la utopía, cabe la esperanza».
Desde que te marchaste de la Casa Real, en la que durante tantos años te dejaste el pellejo para el bien de España, la Monarquía y el Rey, te dedicaste a peregrinar por todas partes para dejar precisamente el mensaje de que la vida pública debe estar presidida por una ética compartida por todos, ética todavía más exigente en el caso de los políticos en ejercicio. Y esa ética debía estar basada, en palabras del M. Gandhi «en la devoción a la verdad [como] única justificación de nuestra existencia... [pues] sin la verdad es imposible respetar ningún principio o regla de vida». A la vista de los acontecimientos que nos agobian, todavía no se pude decir que tu prédica haya hecho mucho efecto.
¡Qué fortuna la de poder contar con unos dirigentes ejemplares, en toda la acepción de la palabra!
No se trata de que aquellos constituyan una «clase» dirigente, una minoría selecta, una aristocracia intelectual orteguiana, como la que se intentó instaurar en la España de posguerra, inspirada en las ideas político-religiosas de López-Amo.
Tú, en cambio, practicaste la «excelencia» (el término es muy de hoy), que lleva consigo la persuasión, sin imposiciones, con cercanía (recuerdo la puerta de tu despacho, siempre abierta; no es una imagen, soy testigo), y desviviéndote por asistir a un funeral (no a una boda), hacer una recomendación y cabrearte cuando hacía falta.
La convivencia, la supervivencia y la conveniencia han convencido al hombre (a una parte, por lo menos) de que es preferible comportarse bien con uno mismo y con los demás a mantenerse sobre las armas.
Muchos hombres han llegado a la mayoría de edad y viven esos valores, practican una ética libremente, sin necesidad de amenazas ni premios impuestos desde otras instancias. Nosotros, además, Sabino, creemos en una ética del más allá; ya me irás contando.
Abrazos filiales.
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