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Asturias despide a Fernández Campo, el hombre que vivió y luchó «como un valiente»

La viuda del ex jefe de la Casa del Rey, María Teresa Álvarez, proclama en el multitudinario y emotivo funeral en la Catedral de Oviedo la existencia «de plenitud» que llevó el general

 
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Oviedo, E. LAGAR

José Francisco, Jorge, Luis, Diego, Álvaro y Sabino, seis de los nietos del general Sabino Fernández Campo, ex jefe de la Casa del Rey, llevaron a hombros el féretro con los restos mortales de su abuelo y lo depositaron, emocionados, a los pies del altar de la catedral de Oviedo, atestada de autoridades, familiares y amigos del fallecido. Cincuenta gaiteros de la banda de la ciudad hacían temblar el templo con la marcha fúnebre de «Antón el Neñu». En la plaza, poco después de las cinco de la tarde, hacía verano a finales de octubre y una luz tumbada y dulce todo lo anaranjaba. Dentro, cuando las payuelas dejaron de vibrar, palpitó la emoción embridada. Y no dejó de hacerlo hasta que al filo de las siete de la tarde, en estos anocheceres imprevistos que produce el reciente cambio horario, Sabino Fernández Campo, sensata sombra que el Rey vistió en la Transición, volvía a la tierra que le vio nacer. Descansaba en paz el conde de Latores en la tumba adquirida hace pocos meses en el cementerio de San Salvador. Ayer, sus seres queridos le acompañaron en un final muy ajustado a la dignidad. «Sabino luchó como un valiente, vivió en plenitud 91 años maravillosos y murió rodeado del cariño de todos los suyos. He sido una persona muy feliz por haber tenido la suerte de compartir unos años maravillosos de mi vida con él», proclamó su viuda, la escritora candasina María Teresa Álvarez al término del funeral.

Ahora, lo que queda de Sabino Fernández Campo es memoria. Y es justo que la memoria de un hombre diestro como pocos en los lances del lenguaje se articule a través de sus largas palabras. Ahí atinó el obispo administrador diocesano de Oviedo, Raúl Berzosa, que construyó su homilía en torno a la notable cosecha de pensamientos memorables del asturiano de Palacio cuya leyenda dice que sus silencios aún valían más. Berzosa tomó prestada la propia voz de Fernández Campo y enunció algunas sentencias «sabinianas» para destacar su condición de «referente moral indiscutible». Pero fue en el diálogo que el general mantenía con Dios donde Berzosa se detuvo más. «Por encima de todo fue un creyente, un profundo creyente», afirmó. Y para subrayar tal definición, para certificarla, el obispo acudió a las palabras que Fernández Campo pronunció el 22 de octubre de 2008 en el Club Prensa Asturiana de LA NUEVA ESPAÑA: «He servido a la Corona con total entrega, aunque para mí el único rey es Dios y sólo ante él me arrodillo».

La ceremonia, cantada por el Coro de la Fundación Príncipe, contó con el organista Adolfo Gutiérrez Viejo, el mismo que dirigió la misa de Tomás Luis de Victoria en el funeral de don Juan, el padre del Rey Juan Carlos I. La Monarquía, como corresponde al cargo que desempeñó Fernández Campo, también apareció en la homilía. El obispo Berzosa tomó de nuevo palabras prestadas para glosar la figura del conde de Latores. En este caso acudió al discurso que pronunció el Monarca cuando don Felipe recibió, en noviembre de 1977, la insignia del Principado de Asturias. El padre le dijo al hijo y heredero de la Corona: «Esa cruz que llevas es una victoria que hemos de conquistar los españoles. Una victoria sobre el egoísmo y la ambición, la incultura y la ignorancia. Sobre el atraso y la pobreza, la pereza y la disgregación (...) Esta cruz significa también tu cruz. Ni un minuto de descanso, ni un minuto de desfallecimiento, ni una duda en el servicio a los españoles y a sus destinos». Y Berzosa apostilló: «Estas palabras pudieran ser como parte de la propia herencia espiritual que sin duda hizo suya don Sabino». Cruz y victoria de Fernández Campo.

El obispo acabó su viaje por las palabras del general reposando en su último anhelo: «Ahora sólo pido a Dios que guarde para mí un sitio en la gloria en el que pueda ver desde allí Latores y Asturias». «Sin duda, el Dios de la Vida se lo habrá concedido», aseguró Berzosa.

Pues Sabino Fernández Campo había hablado, ahora hablaba el obispo, y se dirigía a su emocionada viuda, a sus hijos y familiares, que le escuchaban en la Catedral: «¡Felicidades por haber acompañado y cuidado a tan insigne asturiano! ¡Queridos miembros de la Casa Real: gracias por haber confiado en tan prudente y sabio consejero! Pedid por Sabino, pero, sobre todo, encomendaros a él».

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