Oviedo
«La Hora de Asturias» publicó el pasado julio la última entrevista concedida por Sabino Fernández Campo. Junto a su esposa, María Teresa Álvarez, el conde de Latores desgranó buena parte de sus recuerdos más personales de infancia y juventud en una conversación en la que también mostró ese sentido del humor típicamente asturiano que le caracterizaba. Confesó a la periodista que acaba de comprarse una tumba en el cementerio del Salvador y, al referirse al elevado precio que tuvo que pagar por ella, exclamó: «Por cierto, está carísima la murienda». Eso sí, en el mismo tono se reconfortaba al recordar: «Me decía el que me vendió la tumba: Tiene unas vistas al Aramo....». A continuación se reproducen varios extractos de ese texto.
l «A los sitios donde se nace se les quiere, se les recuerda y yo cada vez tengo más recuerdos», explica Fernández Campo. Y la mente viajera se le va hasta aquel lejano Oviedo de los años veinte, donde nació en la calle Pidal. «Como era hijo único no iba al colegio, sino que tenía profesor en casa», recuerda el teniente general. Le daba mucha vergüenza cuando, en los paseos, se encontraba con amigos de sus padres y le preguntaban a qué colegio iba. Respondía tímidamente que él tenía profesor particular. Finalmente, su familia decidió meterle en la Academia Ojanguren. Y no empezó con demasiado buen pie. «Fue horrible porque el primer día me acompañó una muchacha de casa y me llevó de la mano. Un día iba yo para casa e iban detrás de mí una tropa de muchachos metiéndose conmigo, preguntándome dónde estaba la muchacha y tal. Mi madre, que me vio desde la ventana, pensó que me iban a pegar y les tiró un tiesto, pero me dio a mí».
l «Cuando Primo de Rivera hizo un viaje a Oviedo se organizó un banquete en el paseo del Bombé. Se instalaron unas mesas bajo unas lomas. Luego se indigestaron todos. No se sabía si había sido un ataque contra la dictadura o algo de la comida que estaba mal (...) Por el paseo José Cuesta subía Primo de Rivera con las autoridades. Él iba de uniforme y saludaba. Yo estaba con mi prima y demás niños, agitando banderines. Entonces, Primo de Rivera se separó de la comitiva, vino donde estaba mi prima y le dijo guapa. Eso me impresionó tanto que para mí ese es el recuerdo de la dictadura de Primo de Rivera».
l Sabino Fernández Campo recuerda con cierta tristeza y cierta rabia cómo cerraron lugares fundamentales en la ciudad, como fueron el café Peñalba y La Perla. Dos núcleos en los que se forjaron tertulias, familias y leyendas, y constituían auténticos templos del Oviedo de la época (...) El general recuerda el mercado que había donde en la actualidad se ubica el edificio de La Jirafa. «Pegado a ese mercado había un quiosco de periódicos. Todos los que vendían eran de izquierdas, rememora. Por aquel entonces, era cuando la Falange encargaba misiones. Y a Tino «el Llocu» (sobre la encimera hay una fotografía suya) le mandaron poner una bomba en ese quiosco. La puso y luego fue a verla explotar al bar Prendes. En Foncalada había un circo de enanos y Tino, mirando a ver si explotaba la bomba, vio pasar a todos los enanos juntos. Tino pensó que iba a explotar cuando pasaban, así que fue corriendo a quitarla y le explotó en la mano y, encima, le metieron en la cárcel».