J. C. GEA
Artistas y gentes de la cultura piden mimos en la recogida de las Medallas de Oro de Bellas Artes, y la Reina intenta consolar su orfandad. Pero no deja de ser eso: un mimo. Las cosas les pintan feas porque la cultura se percibe como oropel excedentario, un sobredorado social que está bien permitirse cuando mana el dinero, pero del que podemos y debemos prescindir si las prioridades retroceden hacia el apremio. En el pantano de ese debate llama la atención el destello de una palabra. Aparece en el reconocimiento de méritos nuestra Rosina Gómez-Baeza, la persona que más ha hecho por la divulgación del arte contemporáneo en este país desde que la contemporaneidad tiene arte: el galardón se le concede como «gran productora», lo cual ha sido e intenta seguir siendo. ésa es la palabra: producir. Si, en efecto, cultura y arte producen (incluso beneficios) el debate podría ser otro. ¿O no es un lujo, una forma de arte excedentario aunque subvencionado, una performance absurda, por ejemplo, la de un prejubilado o la de un asesor huero que se tocan las gónadas en plena edad productiva?