Oviedo, L. Á. VEGA
Sabino Fernández Campo fue enterrado en pleno crepúsculo, con vistas al Aramo (como dijo con sorna en cierta ocasión al hablar del panteón que se había comprado en el cementerio del Salvador) y en medio de un silencio sólo roto por el trino de los pájaros. Como si se hubiese querido remarcar el hecho de que una gran vida se ha apagado, la inhumación se desarrolló prácticamente de noche, bajo el cuarto creciente, lo que confería a la escena un plus de tristeza. La viuda, María Teresa Álvarez, llegó al cementerio del Salvador arropada por los hijos y nietos del viejo general y con un ramillete de rosas rojas en la mano. Luego las arrojarían sus deudos sobre el féretro, antes de que la lápida se cerrase sobre la tumba con su sonido opaco y definitivo.
La comitiva recorrió el cementerio hasta el panteón en silencio. En un momento dado, ya lejos de los focos que les habían acompañado durante el funeral, se abrazaron y se dieron ánimos. Fueron testigos de esta escena algunos de los íntimos de Fernández Campo y de María Teresa Álvarez, que quisieron acompañar al viejo general hasta su postrera morada. Entre ellos se encontraban el padre Ángel González, de Mensajeros por la Paz; los oftalmólogos Fernández-Vega; Plácido Arango y Graciano García, ex presidente y actual director, respectivamente, de la Fundación Príncipe de Asturias; los periodistas Diego Carcedo, Cristina García Ramos (su mujer) y Jaime Peñafiel, y los políticos Marcelino Oreja y Pedro de Silva, entre otros. Fernando Rubio, párroco de San Juan y muy cercano a la familia, fue el encargado de rezar el responso, no sin antes echar la vista atrás y rememorar el fallecimiento de los padres de Sabino Fernández Campo, a quienes conocía por ser vecinos de la calle Milicias Nacionales de Oviedo. Fue en la época en que el militar estaba destinado en la Fábrica de Armas de Trubia. Rubio también trató a María Teresa Álvarez más tarde, durante la etapa en la que ésta trabajó en la Delegación Territorial de TVE. Cada vez que el matrimonio estaba en Oviedo, ambos acudían a la iglesia de San Juan para oír misa, un ejemplo de religiosidad que el sacerdote no quiso pasar por alto. Rubio, tras lanzar su mirada retrospectiva, definió a Fernández Campo como «un hombre paciente y pacífico, creador de paz», una persona íntegra y fiel a sus ideas. Tras el responso quedaba el penoso momento de la clausura de la tumba. Uno a uno, María Teresa Álvarez y algunos de los hijos y nietos de Fernández Campo arrojaron rosas rojas sobre el féretro. Un último adiós emotivo. Sobre la lápida quedaron un sinfín de coronas de flores.
Después llegaron las despedidas. Uno de los que se mostraron más cercanos con la viuda del general Fernández Campo fue el ex ministro Marcelino Oreja, que acudió al funeral junto a su esposa. «Doy gracias a Dios por haber conocido a Sabino», aseguraba tras el funeral. Jaime Peñafiel, el comentarista de la Monarquía, también mostró su dolor al final del entierro: «Es un día amargo, para no olvidarlo nunca». Descanse en paz.