LUIS M. ALONSO
El escritor y estadista florentino Nicolás Maquiavelo era un hombre de su tiempo: el Quinientos. Pudo ver y entender cosas que aún hoy nos repugnarían, pero que entonces podrían considerarse de lo más natural. En su obra más discutida y famosa, «El Príncipe», sostiene que uno no puede salvar, al mismo tiempo, un Estado y su alma. Que la ética puede existir pero los políticos deben quedar excluidos de ella. Para él, los hombres nunca mejorarán si no es pertinente para el poder en el que quieren perpetuarse. El gobernante puede caer en la infamia y obrar contra todos los principios con tal de conseguir sus objetivos.
No cabe duda de que las lecciones maquiavélicas han resultado de lo más provechoso para los políticos empeñados en pasar a la historia universal de la infamia. Lo han sido especialmente para aquéllos, la mayoría, que supieron ponerse a tiempo la máscara y evitar la deshonra pública. De su reverso se obtienen conclusiones asimismo interesantes para sacar partido de la utilidad de algunos consejos y actuar en la dirección contraria cuando éstos rebasan lo que uno está dispuesto a hacer para lograr sus fines. No siempre es fácil el término medio.
La relectura de «El Príncipe» le produjo a Sabino Fernández Campo una tremenda desazón cuando utilizó el texto de Maquiavelo para alumbrar su utopía en el discurso de recepción de académico de las Ciencias Morales y Políticas, en 1994. Hay que recordar que 1994 era un año muy especial en una España que empezaba a estar anegada por los lodos del felipismo. Una conclusión muy parecida podría sacarse en estos momentos como consecuencia de las conductas corruptas en los casos que ya los lectores conocen de sobra y que afectan fundamentalmente al principal partido de la oposición.
El general de sólidos principios que había releído «El Príncipe» mostró su lógica tristeza por que las pasiones y las tendencias del archidiablo florentino -el mismísimo Belfegor de su novela, para algunos de sus detractores- fuesen inherentes a nuestra naturaleza. Él sabía, muy a su pesar, que así era. Y esa realidad, como pronunció en su discurso de recepción de la Academia de las Ciencias Morales, no dejaba de ser de lo más preocupante.
Para Sabino Fernández Campo, Maquiavelo, en «El Príncipe», no hizo otra cosa que «recoger los impulsos naturales de los hombres y recomendar a los gobernantes lo que deseaban oír». De modo que en su reflexión acerca de la obra late un oportuno ajuste de cuentas contra «los príncipes» modernos: «Me apetece decir que es preciso luchar contra esa realidad que tenemos a la vista. No podemos caer en la desesperanza, hasta ahora confirmada, de Maquiavelo. Tenemos que emprender cuanto antes la tarea de educarnos todos para que la actividad política se perfeccione y, en la perpetua lucha entre el bien y el mal, comencemos por definir uno y otro con un baremo elevado, no sujeto tan sólo al fin práctico que se persigue, sino inspirado por ideales inamovibles. No demos la razón a Maquiavelo en el sentido de que, por predominar en el hombre los sentimientos perversos, sólo ejerciéndolos en todo su vigor es posible triunfar en el campo de la batalla donde la política se desarrolla», escribió.
«El Príncipe» ha sido adoptado y, también, refutado incluso por aquéllos que se inspiraron en los consejos de Maquiavelo. La más famosa de las refutaciones fue en nombre de la fe germánica y corrió a cargo de un gran cínico: aquel inmundo rey prusiano, Federico el Grande, que expandió su reino a fuerza de traiciones y de violencias y se convirtió en el actor principal del reparto de Polonia. Otro florentino, Giovanni Papini, recordaba cómo muchos egoístas han hablado y hablan mal de Nietzsche y no pocos hipócritas se enfurecen con Tartufo.
Aunque resulte curioso, a estas alturas no hace falta haber leído «El Príncipe» para sacar las peores conclusiones del maquiavelismo, que cualquiera puede definir sin más como el empleo de la mala fe y el modo de proceder con astucia, doblez o perfidia. «El fin justifica los medios», he aquí el resumen de una obra de claridad descarada que ha servido para despertar, amparar o robustecer los principios perversos de quienes detentan el poder o las pasiones de los que quieren conservarlo a toda costa.
Ugo Foscolo quiso salvar al Diablo de la eterna sospecha, con el fin de que su alma pudiera encontrar descanso en la Santa Croce y en los Sepolcri, y dijo que lo que Nicolás Maquiavelo había pretendido con su obra más controvertida no era instruir al príncipe en el arte de dominar, sino que quería mostrar al pueblo las infames artes de los gobernantes. Como escribió también Papini, Foscolo probablemente se equivocaba de buena fe al juzgar de esa manera a un artista extraordinario de la prosa viril italiana, a un hombre que vivió la realidad de su tiempo y supo adaptarse a ella desde los planteamiento más crueles.
El general, desde una perspectiva mucho más lejana y por tanto ajustada al triunfo de las pasiones de Maquiavelo, libró una titánica batalla de la utopía contra la desesperanza confirmada de «los príncipes» modernos en 1994. Su brillante relectura de «El Príncipe» figura extractada en el estudio preliminar de una nueva y completa edición de la obra.