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Las gaitas de la Banda «Ciudad de Oviedo» volvieron a sonar al término del funeral. «Ecce Homo», una marcha de Semana Santa. El féretro de Fernández Campo salía a la plaza seguido de sus seres queridos. La viuda, los hijos y nietos recibían las condolencias de amigos y autoridades. El Gobierno de la nación estaba representado por la vicepresidenta primera, María Teresa Fernández de la Vega, que encabezaba una nutrida representación política. Por supuesto, los más altos responsables de la Administración asturiana estaban allí presentes. En representación de la Monarquía figuraba el asturiano Alberto Aza, actual jefe de la Casa del Rey. Además, el Nuncio del Papa en España y el arzobispo castrense Juan del Río enviaron telegramas de condolencias que fueron leídos al comienzo del funeral.
Pero también había amigos, y muchos. María Teresa Álvarez, que luchaba por mantener la entereza, veía a veces cómo las lágrimas le desbordaban cuando se encontraba a algunos de sus más allegados. El primer abrazo que le superó fue el que recibió del director de la Fundación Príncipe, Graciano García, quien sentía la pérdida de Fernández Campo como la de «un segundo padre», el hombre que le cambió la vida al ayudarle a hacer realidad, con el respaldo de la Monarquía, los premios que llevan el nombre del Príncipe heredero. El último abrazo, en la ofrenda floral que celebró tras el entierro en el busto del campo de San Francisco, fue el que le unió a Teodoro López-Cuesta, ex rector y organizador de los cursos de La Granda, de los que era asiduo el conde de Latores.
La segunda mujer de Fernández Campo se apoyaba en los hijos del general, y en especial en Miguel, el mayor de ellos. En el primer banco, la escritora candasina se sentó con María Teresa, María Elena, María Isabel, Miguel, Luis, María Eugenia y María José. También estaban dos nietos de Fernández Campo, David y Javier. Acaso los pequeños de la familia eran los más emocionados. Algunos de ellos guardan un extraordinario parecido con el general fallecido. Son su viva estampa.
El dolor contenido por la pérdida del ex jefe de la Casa del Rey se extendía por todo el templo. En un rincón, un escolta disimulaba una lágrima. Con los ojos enrojecidos, desprotegido, miraba a alturas góticas del templo ovetense. Fue poco después de la comunión cuando, de vuelta a su sitio, Menchu Álvarez del Valle, periodista compañera de María Teresa Álvarez y abuela de la Princesa Letizia, se encontró con la viuda del conde de Latores. Ambas mujeres, en cuyas vidas se ha cruzado la realeza de manera tan imprevista, se fundieron en un largo y emocionado abrazo.