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Vademécum para el zapatero y el Rey

Sabino Fernández Campo publicó hace seis años «Escritos morales y políticos», en el que da consejos y ofrece reflexiones sobre temas capitales para todas las clases sociales

 
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Oviedo, J. N.

Con el tono, el ritmo, las referencias y hasta las intenciones de los clásicos, Sabino Fernández Campo -general, político, consejero real, grande de España y carbayón- publicó hace seis años el libro «Escritos morales y políticos», resultado y suma de artículos, impromptus, ensayos y tientos donde, ya desde la edad y altura de los verdaderos sabios, opina de lo importante, aconseja sobre lo decisivo, reflexiona acerca de lo inevitable e invita a acompañarlo durante un camino donde lo que de verdad cuenta es cada paso, porque la meta, ay, lleva consigo aparejada la muerte. Un libro que es un servicio público, indicado, del Rey abajo, para todos. O parafraseando a Zorrilla, para el zapatero y el Rey.

Entre otras muchas cosas valiosas, Fernández Campo, fallecido en la madrugada del pasado lunes en Madrid, dice en su libro que «son dignas de recuerdo las palabras de SM el Rey don Juan Carlos I cuando en Covadonga, al imponer a su hijo la insignia de la Cruz de la Victoria como Príncipe de Asturias, le decía así: «Esa Cruz significa también tu cruz. Tu cruz de rey. La que debes llevar con honra y nobleza, como exige la Corona. Ni un minuto de descanso, ni el temblor de un desfallecimiento, ni una duda en el servicio a los españoles y a sus destinos. En esa obra bien hecha y en esa voluntad de superación, yo quiero que tú, Príncipe de Asturias, te sientas entrañablemente crucificado». Es fácil adivinar la propia mano de Fernández Campo en ese texto.

El conde de Latores estaba siempre dándole vueltas a «El Príncipe» de Maquiavelo, de manera que en su misma ruta señala, en otro apartado del libro, que el gobernante «ha de ser ejemplar y constituir un constante modelo para sus ciudadanos. Ha de ostentar en todo momento -en lo público y en lo privado- la más elevada autoridad moral y servir de contraste a las conductas que carezcan de ella. Es seguro que esto exige sacrificio, pero, como afirmaba Erasmo de Rotterdam, "no hay camino más breve y eficaz para ayudar a su pueblo que la vida ejemplar del príncipe"».

La Corona como suerte de equilibrios le obsesionaba. Por eso anota: «Se produce así una paradoja, una contradicción permanente entre la reserva general que debe observar el rey, es decir, la característica confidencial de su actividad política, de una parte, y, de otra, la necesidad de la información y del convencimiento públicos de la utilidad de sus funciones».

Y quien habla de Corona se refiere siempre a la fundamentación de la legitimidad, así que Fernández Campo considera que «la exclusión en la sucesión a la Corona se refiere no sólo a la persona que tenga derecho a ella, sino a todos sus descendientes, sin distinción alguna de grado y sin diferencias tampoco por su condición matrimonial o extramatrimonial. No obstante, puede plantearse en este punto un problema digno de atención, pues tratándose de hijos del excluido que no lo fueran del matrimonio que da lugar a la exclusión, podría distinguirse una doble hipótesis: si se tratara de hijos anteriores al matrimonio prohibido, éstos podrían no quedar excluidos de la sucesión al Trono, ya que no forman parte de la descendencia derivada de tal matrimonio y no habrían de sufrir las consecuencias de un acto al que son en todo caso ajenos. Por el contrario, tratándose de hijos posteriores al matrimonio que genera la exclusión sucesoria, ésta les habría de afectar, no ya por ser descendientes del matrimonio prohibido -que no lo serían-, sino por el carácter permanente de la exclusión una vez producida».

No todo va a ser materia institucionalista. El general Fernández Campo en su libro «Escritos morales y políticos» le da vueltas también a la vida. «No sé quién dijo que lo malo de la juventud es que no puede disfrutarse en la vejez», comenta, «pero lo cierto es que viejos y jóvenes debemos prestar atención al porvenir, utilizando el pasado como experiencia, sin aferrarnos a él, sino conservando hasta el último momento la ilusión y la esperanza, que son signos de juventud. Es necesario el acercamiento y la colaboración entre los que, por la edad, podríamos acusar síntomas de cansancio y quienes inician la vida llenos de entusiasmo y de vitalidad». Y en esa misma línea, obviamente autobiográfica, considera que, «en verdad, resulta lamentable la brevedad del tiempo que media entre el momento en que somos demasiado jóvenes y aquel otro en que ya somos demasiado viejos. O, mejor dicho, demasiado mayores. Porque la palabra "mayor", en cuanto adjetivo comparativo, es bastante consoladora y no ofrece significaciones peyorativas. Lo malo es cuando el adjetivo se convierte en sustantivo y «mayor» no es más que un subterfugio piadoso para no decir viejo o anciano».

Como buen estoico, nunca se le escaparon las inevitables perspectivas relativistas, por eso anota: «Martín Gardner, en su libro "Los porqués de un escriba filósofo", dedica un interesante ensayo al mal y se refiere al que bajo el título "Nature" escribió John Stuart Mill. "Para ser sinceros -decía-, casi todas las cosas por las que se cuelga o se encarcela a un hombre las realiza la naturaleza a diario. Matar, el acto más delictivo considerado por las leyes humanas, lo hace la naturaleza una vez con cada ser viviente, y en una gran proporción de casos después de largas torturas, como la que sólo los mayores monstruos acerca de los que hayamos leído han infligido adrede a sus semejantes"».

Y como no podía ser de otra forma, reflexiona también sobre el poder: «No es fácil pensar en el sacrificio que supone para los políticos renunciar al poder. Es más probable el sacrificio de renunciar a algunas ideas, a algunos planes o a algunos propósitos con tal de mantenerse en él. No sé incluso si podría llamarse dignidad a su abandono, cuando la conservación implica indignidades. No se trata ahora de profundizar en aspectos morales y éticos, sino de pensar en la prosaica realidad que de ordinario inspira conductas y justifica posiciones».

Un tratado de filosofía política con la forma de cajón de sastre.

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