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A día de hoy, el exitoso escritor habla perfectamente español, aunque cuando llegó a Gijón «sólo chapurreaba algunas palabras». «La única que le entendía era yo», reconoce Rosi. Del norteamericano, el matrimonio cuenta que era «un encanto, educado y muy buen rapaz». «Fue de los mejores que tuvimos en esta casa», apostilla Juan.
También, aseguran, era «de buen comer». «Daba igual lo que le pusiéramos, ya fuera arroz o fabes, a él le gustaba todo, sobre todo la tortilla de patata y los churros», dicen. «Una vez hice una tortilla para cuatro personas y ¡se la comió entera!», exclama Rosi, a la que Brown se quiso llevar con él a su Exeter (New Hampshire) natal. «Me decía que si montaba un negocio de hacer tortillas de patata en América nos hacíamos ricos», recuerda la mujer.
Otra vez «llegó a casa diciendo que tenía dolor de barriga y le dijimos: "Daniel, ¿qué comiste, fíu?", y resulta que había tomado ¡cuatro raciones de churros!», cuenta Juan. «Pero en mi casa yo nunca se los daba», apunta su mujer. De Asturias, al margen de las discotecas, le sorprendió que se planchara la ropa. «Apareció por la puerta de casa con unos pantalones blancos, rotos y llenos de porquería, yo se los lavé y se los planché; cuando lo vio, me dijo que en su casa no planchaban y le gustó muchísimo», apunta Rosi.
También le sorprendió la edad permitida para beber alcohol. «Decía que en América le pedían el carné para beber y que, aquí, aunque fuera menor de edad, le dejaban tomar alguna copa», aclara Juan, quien añade que el carácter inquieto ya se percibía en algunas de sus conversaciones. «Una vez me dijo que no entendía cómo los obreros podíamos pagar tantos impuestos en España, cuando allí sólo los pagaba la gente con posibles», comenta el padre de familia.
El paso del escritor por Gijón sólo duró un mes, pero la familia de Pumarín mantuvo el contacto con Dan Brown durante una década. «Se escribía en inglés con nuestra hija Leticia y con nuestra sobrina Vicky; nos mandaba postales de Navidad y cuando se hizo cantante nos envió dos casetes de música», cuenta Rosi, a la vez que enseña las cintas que certifican los pinitos musicales del novelista. Veintiocho años después, el matrimonio se muestra sorprendido con que aquel americano rubio sea el novelista más leído en el mundo: «Daniel ahora ye un escritor de la leche», apunta Juan. Al matrimonio sólo le queda un sueño por cumplir: volver a saber del «americanín». «Eso nos daría la vida».