J. C. GEA
Siempre me resultó algo estomagante aquella célebre declaración en la que Borges, tan socarrón y falsamente modesto, proclamaba su orgullo no por lo escrito, sino por lo leído. Incluso siendo el fabuloso, aunque espectacularmente arbitrario, lector que fue Borges, la cosa no pasaba de mohín de coquetería, sobre todo teniendo en cuenta lo que dejaba escrito. Mucho más plausible hubiera resultado una proclamación de orgullo por la propia biblioteca, no tanto por asimilada como por atesorada; no por la posesión, sino por la pasión. La biblioteca es el cuerpo de la lectura; conquistarla, poseerla implica esfuerzo, acarreo y sacrificio, búsqueda y pacto, convivencia y la perturbadora sensualidad del posar las manos sobre el volumen que tanto se deseó y por fin se tuvo. De ahí que me conmueva la generosidad de quien, por fortuna aún en vida -y por muchos años-, se desprende generosamente de esa inabarcable porción de lo que sigue siendo vida suya. Que otros la hagan ahora parte de la suya con la misma pasión que Juan Ramón Pérez Las Clotas invirtió en su biblioteca.