Oviedo, sin factor sorpresa Las promociones de LA NUEVA ESPAÑA Este domingo, gratis con LA NUEVA ESPAÑA, el fascículo número 26 del coleccionable sobre la Revolución del 34

El fallo de los revolucionarios al dar la señal de ataque permitió a las tropas gubernamentales organizar la defensa de la ciudad l El choque frontal fue un baño de sangre

 
Oviedo, sin factor sorpresa Las promociones de  LA NUEVA ESPAÑA Este domingo, gratis con LA NUEVA ESPAÑA, el fascículo número 26 del coleccionable sobre la Revolución del 34
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Un fallo al sabotear la línea eléctrica equivocada impidió el factor sorpresa en asalto revolucionario a Oviedo. Las tropas gubernamentales tuvieron tiempo a organizarse y a hacer frente a los obreros de González Peña, que gracias a la demora en el asalto pudieron contar con refuerzos llegados de las comarcas mineras. El choque, frontal, desembocó en un baño de sangre especialmente cruento en los edificios más emblemáticos de la capital.

ERNESTO CONDE El fallo de la señal que habría de desencadenar el ataque revolucionario a Oviedo tuvo un silencio de años. En ocasiones por prudencia, porque no era oportuno descubrir los nombres de los trabajadores implicados porque, una vez terminada la revolución habían vuelto a ocupar su puesto de trabajo, sin que se descubriese lo que habían hecho. Otros porque no llegaron a entender lo que había sucedido, como Graciano Antuña, responsable de la orden de producir la voladura, que estaba en la creencia de que se había hecho lo correcto, sin explicarse por qué había fallado el plan. Así lo cuenta a Martínez Dutor en 1935, estando ambos en el exilio en Bruselas: «La línea fue volada, pero los cables no cayeron». (Era evidente que aún ignoraba que los cables habían caído, rotos, y robados en varios vanos del tendido, pero eran los pertenecientes a una línea en situación de reserva, no a la que deberían haber volado para producir el apagón). El ex sargento Dutor, autor del fracasado ataque a Oviedo, le respondía con cierta amargura: «Aquellas horas fueron decisivas para el triunfo de la revolución». Si lo sabría él que había elaborado el plan de invasión a la ciudad teniendo como principal objetivo hacerlo por sorpresa, con lo que frustrada ésta, todo se iría al traste, como así sucedió.



En efecto, cuando González Peña se encontró en Oviedo falto de las armas prometidas y sin el apoyo de los obreros de la ciudad, decidió trasladarse en dirección a Valduno a recoger las armas que tenían ocultas bajo la madera del piso de la sacristía de la iglesia parroquial, armas que habían sido salvadas por las tres lanchas que escaparon río Nalón arriba, librándose del decomiso policial cuando el célebre alijo del Turquesa.



Iniciada la marcha en retroceso desde el túnel de San Lázaro, el tren del Vasco, al llegar a Fuso de la Reina, en la localidad de Puerto, fueron advertidos de que la vía estaba obstruida por los revolucionarios, con lo que González Peña y sus mineros tuvieron que apearse e iniciar la larga marcha a pie, atravesando montes y valles, hasta Las Regueras. Una vez provistos de las escasas armas allí guardadas, reiniciaron la caminata hacia Oviedo, adonde llegaron muy cansados, al anochecer de aquellos cortos días de otoño, a la zona de La Zurraquera, entre San Claudio y la Fuente de la Plata, donde vivaquearon. Advertido de la novedad el Comité revolucionario, determinó iniciar el ataque de Oviedo al amanecer del día siguiente, 6 de octubre. El aviso que coordinaría la puesta en marcha de la columna asaltante, a la vez que la de San Esteban de las Cruces, ésta engrosada con más mineros procedentes de las cuencas mineras, sería por medio de festivos voladores, método más seguro, al parecer, que los apagones.



Las dos noches y un día perdidos por González Peña en este trasiego tuvo una trascendente importancia en el fracaso de la revolución. Ya no habría la sorpresa programada; aunque dispusiesen de más fuerzas atacantes con la llegada del fuerte contingente de mineros procedentes de las cuencas, donde habían arrasado los cuarteles de la Guardia Civil, con lo que había motivado, desde el amanecer y todo el día 5, que comenzasen a llegar a Oviedo, al Hospital de Llamaquique, muchos heridos, que no sólo habían puesto en alerta a las fuerzas del Gobierno; también el vecindario estaba aterrado por lo que se les venía encima.



Las fuerzas del Gobierno se reorganizaron rápidamente. El gobernador civil Blanco Santamaría presentó la dimisión asumiendo el mando el coronel Navarro, del Regimiento del Milán número 3, quien declaró el estado de guerra en toda Asturias. Aprovechando la inesperada tregua que les había proporcionado el fallo de la señal de ataque, las fuerzas defensoras de Oviedo montaron un sistema defensivo, principalmente los guardias de asalto, que fueron principales protagonistas del éxito contrarrevolucionario, contra el que se estrellarían los jóvenes revolucionarios, originando un río de sangre de lo que en principio parecía ser solamente un pulso político entre socialistas y la CEDA. Así resulta que, iniciado el asalto a la ciudad, los atacantes lograron apoderarse pronto de una gran parte de Oviedo, pero los puntos clave: la catedral, el Gobierno Civil de la calle Schulz, el Cuartel de Santa Clara, las casas de la calle de Uría, el Cuartel de Pelayo y la Cárcel modelo fueron el bastión contra el que se habrían de estrellar y morir muchos revolucionarios.



En cuanto a la electricidad, tras haber fallado el intento de producir el corte de energía eléctrica a Oviedo a las doce de la noche del día 4, la ciudad tuvo suministro los días 5, 6 e incluso casi todo el día 7. Este día, acaso en el momento más inoportuno para los intereses de la propia revolución, ejecutan la voladura de la línea de 50.000 voltios, acertando plenamente en esta ocasión y dejando a la ciudad sin fluido de manera fulminante. El hecho sucede cuando más la necesitaban los propios revolucionarios para alumbrar el hospital, atestado de heridos de su propio bando, con los quirófanos funcionando en estado de saturación o las panaderías, muy mecanizadas, con motores eléctricos que movían las amasadoras, o los hornos de cocido, con placas rotativas accionadas por electricidad.



Esto sucedía en una de las más importantes de entonces: La Flor de Asturias, de la calle de Pérez de la Sala. No ocurrió lo mismo con la panadería El Molinón, en la esquina de las calles de Jovellanos y Águila, que estaba en poder de los «gubernamentales», porque allí se siguió elaborando de manera manual el pan que se servía, junto con el café que preparaban en Cervantes, en la esquina de la calles de Cervantes con la plaza de la Escandalera. Lo llevaba Manolín, un popular camarero del Cervantes, de talla menuda, activo y vivo; lo entregaba a los refugiados en el desaparecido teatro Jovellanos, que tenían la mínima alegría de disfrutar de un caliente café y pan mañanero. El diligente personaje suministraba también, con su humeante y ventruda cafetera, a los soldados emplazados en la casa de baldosín blanco que estaba en la esquina de las calles de Jovellanos con la Gascona, excelente punto de observación desde donde los soldados, al mando del teniente Esperón, dominaban las calles de la Gascona, los dos tramos de la de Jovellanos y la del Águila.



Una mañana, apenas amanecía, un soldado, rompiendo de manera brusca el silencio, comenzó a disparar desde la posición, logrando abatir a lo que él creía un peligroso revolucionario. Recordaba Esperón el disgusto que sufrieron él y los demás defensores del puesto al descubrir que el muerto era el diligente Manolín, que precisamente caminaba hacia ellos para llevarles el desayuno. Ya no hubo, ni para ellos ni para los refugiados del teatro, más café ni pan caliente, hasta que se liberó la ciudad. El pobre Manolín, por su diligencia, murió sin comprender cómo aquellos a los que servía le dispararon hasta matarle. Eran cosas de los horrores de la revolución.



También resultó casi ridícula la decisión de volar la línea de alta tensión, porque los revolucionarios tenían en su poder la centralilla del Naranco, con la posibilidad de accionar los mandos de los interruptores de las líneas que alimentaban todos los sectores de la ciudad. Pero no, volaron la línea de transporte general en la Cuesta de Ayones, en un lugar y de forma que no tenía posibilidad de reparación con los medios del momento. Primero rompieron los aisladores a tiros con armas de fuego, como si fuese un fusilamiento simbólico; irónicamente podría pensarse que fue una ejecución en represalia por el error inicial; después pusieron una carga de dinamita, consiguiendo que la columna metálica, aunque no cayó, quedase doblada, lo que ponía los conductores en cortocircuito. Cuando pretendieron repararla para dar energía a las panaderías o al hospital no hubo manera de hacerlo. El pago por este segundo error fue tremendo. ¿Cuántos revolucionarios heridos pagarían con su vida las consecuencias de la falta de quirófanos habilitados para operarlos?



Cuando acabó la revuelta se encargó la reparación de la línea de 50.000 voltios volada a Manuel de la Calle, empleado de Hidroeléctrica del Cantábrico. Le ayudaron varios obreros y le proporcionan un coche Fiat que equipan con una gran bandera blanca, porque todavía había moros que disparaban contra cualquier cosa que pareciese sospechosa, y un coche en movimiento lo era mucho. La reparación se hizo atando unos trozos de poste a los restos de la columna metálica a los que les pusieron aisladores para sostener los conductores, quedando la línea en situación de ser utilizada. Oviedo tuvo otra vez energía eléctrica.



Sin necesidad de explicar el horror que toda revolución lleva asociado, en el caso de Oviedo la pena fue que fallase el efecto sorpresa al equivocarse de línea eléctrica, lo que impidió la posibilidad de que fuese incruenta; a lo que se agrega a la extendida falsa idea de la traición de los obreros de Oviedo, que nunca fue tal.

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