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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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J. C. GEA
Uno de los rasgos de esta época -sin aspavientos, creo que terminal- de lo que llamamos «cultura occidental» es el principio de transferencia de la responsabilidad. A veces es interesado e incluso artero, como en esos casos de judicialización del azar que se producen cuando la abogacía más agresiva se ocupa, según el modelo hiperdemandantista norteamericano, de buscar responsables, preferiblemente solventes, del traspiés, la enfermedad o la pura mala suerte. Otras veces la transferencia es inverificable y sospechosamente exculpatoria, como la que le acaba de encasquetar a un pájaro la volátil responsabilidad de la caída de esa miguita que ha averiado el macroacelerador de partículas de Suiza (qué hermosa fábula de Esopo contra la soberbia). Y otras, la transferencia es inocente o aviesa, pero con idéntica y patológica endeblez de argumentos. Todo lo que se debate estos días en la villa sobre la responsabilidad pública del municipio, incluso de la Alcaldesa en persona, en la dolorosa irresponsabilidad privada de una ciudadana va por este último cauce.
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