Oviedo, Raquel L. MURIAS
Aunque el Vaticano y la Iglesia asturiana, según las palabras del obispo auxiliar de Oviedo, Raúl Berzosa, son partidarios de que los cristianos opten por el enterramiento y desaconsejan la incineración, lo cierto es que los católicos de a pie han decidido, en mayoría, que cuando se mueran quieren ser incinerados y no creen que uno sea más o menos católico por el hecho de decidir que sus restos reposen bajo tierra o en una urna.
Basta acercarse a las puertas de uno de los templos ovetenses, en este caso la iglesia de San Juan, una de las iglesias que dispone de columbario, donde descansan las cenizas de los incinerados, para conocer la última voluntad de los feligreses y saber también qué les parece que el Vaticano quiera impedir que las cenizas de los incinerados puedan depositarse en el mar, o donde a cada uno le plazca.
Roberto Sorribas, de Oviedo, es católico y cuando tuvo que decidir qué hacer con los cuerpos de sus dos hermanos fallecidos y de su padre no lo dudó. «Los incineré», asegura, y volvería a hacerlo. «Incinerar es lo mejor, es mucho más cómodo y te quitas preocupaciones. Además, yo llevé parte de las cenizas de mi padre a Roma y las deposité en el Vaticano». Sorribas piensa que la calidad del católico no depende de la decisión de sus restos mortales, «depende de lo que uno haga en vida», remata. Sin embargo, Ángeles Alba ya ha dejado escrito que ella, cuando fallezca, quiere que la entierren en el nicho que su familia tiene en propiedad en el cementerio de Tineo. «Pienso que lo importante es que se cumpla con la voluntad de cada persona y yo quiero descansar con los míos». Concha García, que espera en la fila detrás de Ángeles Alba para escribir sus condolencias en la mesa de pésames del templo de San Juan, dice sincera: «A mí que me quemen, que tengo mucho miedo a los bichos».
La incineración ha ido en aumento en Asturias en los últimos años. Hoy, de cada cien muertos asturianos, cuarenta y tres optan por la cremación y la previsión es que el porcentaje siga creciendo. «Hay una cosa clarísima, un cadáver propaga mucho más las enfermedades, ya en la antigua Grecia se incineraba a los muertos y yo lo voy a hacer sin ninguna duda», explica Marisa Moreno, de Oviedo. El langreano Santiago Virginio dice que justo hace dos días que le dio por sacar el tema en casa, porque no tiene muy claro si quiere que le incineren o que no. «Pero pienso que quemarse es lo mejor y, desde luego, nada tiene que ver con que uno sea más o menos católico. Es como si alguien decide donar los órganos o no, una decisión que no va más allá de algo personal», matiza este vecino langreano.
Lo que sí crea más polémica es el hecho de esparcir las cenizas, ya sea en el mar o en otros lugares. Roberto Sorribas llevó los restos de su padre hasta el Vaticano, porque era voluntad de su progenitor y no se arrepiente, pero Concha García cree que las urnas no deberían estar flotando en las aguas.
La iglesia de San Juan dispone de dos columbarios en su interior; uno se inauguró en 1915, el de la Virgen del Carmen; y el otro, el de San Juan, tiene diez años. «Es mucho mejor que la gente se incinere porque así cuando vienes a la iglesia haces una visita a la personas fallecidas, si te vas al cementerio la gente se olvida de sus muertos y sólo les llevan flores el Día de Todos los Santos; eso es así», afirma Fernando Rubio, párroco de este templo ovetense desde hace cuarenta y ocho años. «Yo a veces tengo que avisar a la gente y decirles que suban a mirar las lápidas que están rotas, porque nunca van», añade Rubio, y es que él tiene muy claro que lo mejor «es que te incineren, todos acabaremos en polvo», dice.