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«La justicia debe tener las ventanas abiertas, abusar del secreto de sumario provoca bulos»

«Creí a la mujer que arrojó a sus cuatro hijos al mar, en La Peñona; después, me enviaba tarjetas por Navidad y mi santo»

 
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Julio Alberto García Lagares, en su domicilio de Salinas.
Julio Alberto García Lagares, en su domicilio de Salinas. miki lópez

Julio Alberto García Lagares
Magistrado jubilado y ex presidente del Tribunal Superior de Justicia de Asturias

Gijón, J. MORÁN

El ex magistrado Julio García Lagares narra en esta segunda entrega de sus «Memorias» su labor en una plaza judicial «difícil» como Avilés.

l Levantamiento a caballo. «Pasé de Bande (Orense) a Luarca hacia 1967. Ya digo que Galicia es una tierra muy litigante y Asturias tenía un factor industrial muy fuerte. En Luarca pasé ocho años encantadores, fantásticos, y con muchos asuntos, ya que era un partido grande. Además, tuve prórroga de jurisdicción y llevaba también Castropol. Total, que el partido judicial se extiende desde cerca de Avilés hasta Galicia, incluso metiéndose por la montaña, hacia Fonsagrada. Los asuntos de Castropol eran pleitos muy complicados, ya que había una curia de abogados muy buena, Domínguez, Santos... También cogí una época de conflictos cuando se creó la Papelera de Navia, o con el emisario de Luarca; y el tráfico de La Espina provocaba muchos accidentes. Recuerdo los levantamientos de cadáver. Muchas veces tuve que ir a caballo. Y cuando subes por una pendiente con el caballo vas bien, pero lo peor es cuando bajas; y después, cuando te acuestas por la noche, parece que tienes todavía el caballo metido dentro. Los levantamientos de cadáver, cuando el médico titular no certificaba la muerte, suponían la autopsia, algo que en los pueblos no gustaba y el hecho de que fuera el juez ponía un poco de autoridad a la cosa».

l Plaza de magistrado. «Al día siguiente de la muerte de Franco era mi despedida en Luarca. Incluso se pensó en suspender la comida, pero alguien dijo "pues rezamos un padrenuestro y ya está". Y celebramos la despedida. Llegué a Avilés y me instalaron en un despachito pequeño, provisional, hasta que se terminó el edificio de los juzgados en la calle Marcos del Torniello. Era el no va más para aquella época y el Ministerio había gastado mucho dinero. Las viviendas de los jueces eran casas de las antes, de 350 metros cuadrados, una barbaridad. Avilés era Juzgado de término en aquel momento, pero la ciudad estaba ya cerca de los 100.000 habitantes e hicimos gestiones con el Ayuntamiento y Madrid para convertirlo en categoría de plaza de magistrado».

l Mafias e industria. «No tenía pensado quedarme mucho tiempo en Avilés. Era un sitio conflictivo, que nadie quería, o quien llegaba se marchaba pronto. Además, estábamos en pleno momento de la transición. Pero coincidió una serie de circunstancias, y empiezas a coger amistades, a relacionarte... y aquí continué. Y me gustaba llegar por la mañana y no saber lo que iba a pasar a lo largo del día: lo mismo un asesinato que una protesta de avería de un barco que hay que embargar, o las declaraciones de algún caso. Ya digo que Avilés era plaza complicada. Había verdaderas mafias en aquel momento, con bares a los que se les cobraba un impuesto revolucionario para protegerlos de los jaleos. Pero los protectores eran los que armaban el lío si no se les pagaba. Había varios grupos de extorsión, delincuentes, algunos tremendos. Y Avilés, que había sido una población preciosa, una Atenas asturiana con un ambiente cultural muy amplio, recibió de golpe y porrazo a todos los miles de habitantes que atrajo Ensidesa. Siempre digo que hay mucha documentación en los archivos del Juzgado, que ahora están en Oviedo, para hacer una historia judicial de Avilés. Asuntos interesantísimos. Antes de que yo llegara, se habían producido los casos de las campanas con las que se hacían los cimientos de Ensidesa. Murió muchísima gente. Y a mí me tocaron muchos cadáveres por accidentes en Ensidesa, porque no había las medidas de seguridad de hoy».

l Juez fascista y comunista. «Había casos fuertes en Avilés, también en el plano político. Cristina Mosquera, del Movimiento Revolucionario, era profesora de instituto y repartía propaganda. Todavía existía la Policía de investigación social y los agentes me la traían detenida, pero no había base ninguna para mandarla a la cárcel y la ponía en libertad. Entonces, los grupos más derechistas llenaban el Juzgado de carteles y pintadas. Conservo las fotos: "Lagares se acuesta con Cristina Mosquera", "Lagares, juez comunista", y así. Después, si el caso era del lado contrario, me llamaban "juez fascista". Había una fuerza muy organizada de ultraderecha, de la época de Franco. Llamé a un capitán y le dije que me reuniera a los más significados en la sala de audiencias. Vinieron unos 14 y les eché una parrafada. "No podemos andar con esto". Mandé a la Guardia Civil que retirara todas las armas y que hicieran registros. Se retiró una buena cantidad de pistolas, aunque supongo que se quedarían con algunas, pero fue calmándose la cosa. Eran personas de mi edad y yo creo que lo agradecieron, que asentaron un poco la cabeza. Hoy soy amigo de algunos de ellos».

l El caso de La Peñona. «Fue muy doloroso el caso de La Peñona, en Salinas, en 1991, cuando una mujer gitana tiró a sus cuatro hijos al mar, que tardó tiempo en devolverlos, muertos. Aparecía uno, después otro... Y empezaron a correr bulos: que alguien, su marido, que la maltrataba, había colaborado; o que a los niños les habían extraído los órganos, el pulmón, el corazón, para traficar con ellos. Llamé a Rafael Valero, fiscal jefe de Asturias, que entonces acababa de tomar posesión, y le dije que agradecería que viniese inmediatamente. Entonces convocamos una rueda de prensa para comunicar que las autopsias mostraban que los cadáveres tenían todos los órganos. Expusimos todo lo que sabíamos y que no perjudicaba a la investigación. Alguien pudo decir que los jueces no tienen que hablar tanto. Lo ideal es que el juez no hable, pero cuando no hay otro medio es él el que tiene que explicar las cosas para que no haya bulos y malas interpretaciones. Y los periodistas son los notarios de la opinión pública, los que dan fe de que este señor dijo esto. Y es buena la comunicación entre el poder judicial y el ciudadano. Siempre he tenido contacto con la prensa, para explicar lo que había sin perjudicar el procedimiento».

l No abusar del secreto. «La justicia tiene que tener las ventanas abiertas. ¡Hombre!, hay que tener cuidado cuando estás investigando, y hay unos límites de secreto. Pero esto de que los jueces en seguida declaren secreto el sumario... Abusar del secreto provoca que se hablen cosas que no están en el sumario. Hay que declarar secreto lo menos posible y que los ciudadanos tengan buena información. Una de las cosas que logré durante la presidencia del Tribunal Superior de Justicia de Asturias (TSJA) fue una oficina de prensa, que se cubrió al marchar yo. Un periodista para atender a la prensa. En el caso de La Peñona no había nadie con esa función y salimos nosotros a explicarlo».

l Tarjetas desde la cárcel. «En sí mismo fue un caso de los más dramáticos que he visto. Aquella mujer, y su marido, que era un desastre y le hacía la vida imposible? Tomé declaración a la mujer durante 4 o 5 horas y ella decía que no se acordaba de nada. Yo la creí, pero los informes psiquiátricos decían que no, que estaba fingiendo, que estaba cuerda. Instruí el procedimiento y el fiscal estaba un tanto de acuerdo conmigo. Se celebró el juicio y la condenaron en la Audiencia. Esta mujer, todas las Navidades, o por mi santo, me mandaba una tarjeta dibujada por ella, con unas flores y "con cariño". Pasaron los años y perdí el contacto con ella, pero cuando fui presidente del TSJA iba regularmente a la cárcel a ver cómo estaba aquello y a hablar un poco con los presos. Y allí estaba ella. No quería salir de la cárcel y los funcionarios me contaron que desde siempre había estado ida».

l Dos casos dolorosos. «Me sentí muy afectado por otros dos caso importantes. Por uno de ellos, aún ahora. Fue aquí en Avilés. Una chica denuncia a un profesor de que la había violado. Ella contó con todo detalle lo sucedido: que llovía, que la había llevado en su coche, que él la había metido en el garaje de su casa y la había violado. La cosa parecía tan clara que envié al profesor a la cárcel. Antes le había tomado declaración y lo negó todo. Me quedé preocupado. Llame a dos agentes del Cuerpo Superior de Policía de Oviedo y estuvieron seis o siete días rastreándolo todo. Al final, demostraron que la chica estaba embarazada de antes, que tenía un novio y que lo había inventado todo. El hombre salió de la cárcel y tuvo tratamiento psiquiátrico. Le llamé y le pedí perdón, y lo aceptó tan bien que hasta me regaló uno de estos relojes que tengo en esa estantería. Y siempre me llama. El otro caso fue en Luarca, con un hombre mayor, del campo, de unos 60 años. La esposa le había imputado que abusaba de la hija, que también declaró contra él. Mandé detenerlo y quedó encerrado en el depósito municipal, en una habitación que hacía de celda. De pronto, a las dos o las tres de la tarde, me avisan de que se había colgado. Salí corriendo de casa y cuando llegué vi que todavía estaba vivo, aunque colgado de una ventana. Yo estaba fuerte e intenté descolgarlo, pero no pude. Murió. Dejó una carta escrita en la que decía que no había hecho tal cosa. A las cartas de un suicida les hago mucho caso. Los casos de delito sexual son muy difíciles. En aquella época no había tantos medios como existen hoy».

«Un hombre al que su mujer e hija acusaron de abusos se colgó; llegué a la celda y todavía vivía, pero no pude hacer nada»

«Mosquera era profesora de instituto y repartía propaganda; los grupos derechistas decían que no la metía en la cárcel porque me acostaba con ella»

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