J. C. GEA
Da gloria comprobar de qué modo se rentabiliza el moderado presupuesto de nuestro Festival de Cine. Son muchos años disfrutando de sus proyecciones y, en paralelo, del gratificante espectáculo de las colas y las salas llenas, desmintiendo con la evidencia y la persistencia cualquier apriorismo acerca de la relación entre la recaudación en taquilla y la banalidad del programa. Y, sin embargo, los días del Festival siguen siendo una excepción, un extraño hiato en el que el público parece dispuesto a lo excepcional; algo muy parecido a unas vacaciones, en las que uno se desmelena y transgrede los límites que lo sujetan los largos meses de la vida laborable. La pregunta del millón («pero, ¿dónde está toda esta gente el resto del año?») ya no tiene sentido en las salas, que son pocas y exclusivamente especializadas en palomitas y «merchandising» con el pretexto del cine; pero sí lo tiene en boca del dueño de uno de los mejores y más surtidos videoclubes del país entero. Se va a quedar sin saberlo: el hombre ha decidido echar el cierre porque se ha cansado de esperar una respuesta.