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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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FRANCISCO ALDECOA LUZÁRRAGA. DECANO DE LA FACULTAD DE CIENCIAS POLÍTICAS Y SOCIOLOGÍA DE LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID Oviedo, Marcos PALICIO
Madrileño por accidente, o porque los de Bilbao nacen donde quieren, Francisco Aldecoa es «vasco». De Algorta, muy aficionado a la vela y desde 2002 decano de la facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid. Y catedrático de Relaciones Internacionales, titular de la Cátedra Jean Monnet, y presidente del Instituto de Estudios para la Paz y la Cooperación, cuyo congreso clausuró el jueves en Oviedo hablando de las repercusiones de la crisis en la construcción europea.
-Esta crisis global es de todos. ¿Pero de unos más que de otros?
-Ésta es una crisis que nace en el país más desarrollado del mundo, Estados Unidos, y por un fallo en el modelo, un modelo desrregulado que no ha sido capaz de hacer frente a la crisis y que encima la ha contagiado a los demás. Hay que decir que ellos también la han padecido, probablemente más que en ningún sitio, con cifras de paro desconocidas hasta ahora. Esa situación ha tenido además un efecto en la gobernanza global, que hasta ahora era reflejo del modelo americano: mercado máximo, estado mínimo. Se ha demostrado que eso es insostenible y ha surgido una necesidad de cambiar el modelo global, de reformar el sistema económico y financiero buscando una mayor regulación, control y supervisión, porque es insuficiente para hacer frente a estas crisis.
-¿Ha hecho más débiles a los más débiles?
-En relación a los países emergentes, es natural que hayan sufrido las clases más débiles, pero no todos por igual. Por la desconexión, a unos les ha afectado bastante, a otros pocos y a otros nada. Sí se ha debilitado un poco la cooperación al desarrollo en algunos sitios, aunque en una medida escasa. A mi juicio, lo más importante es que ha cambiado la percepción internacional del modelo de gobernanza global y se ha impuesto la necesidad de una regulación, de una supervisión y de un control, así como la certeza de que hace falta una intervención pública en materia de desarrollo.
-Nunca hay que desaprovechar una buena crisis, que repite el jefe de gabinete de Obama.
-No cabe duda, pero los que tienen que cambiar son ellos. Y no quieren o no pueden o no se lo permite su sistema interior... Esta idea de que Obama es innovador... Puede que lo sea internamente, internacionalmente quiere mantener el sistema de Bretton Woods sin tocarlo. En el ámbito de la cooperación al desarrollo, sí hay que reconocer que Estados Unidos algo ha hecho, poniéndose al día de las cuotas del sistema de Naciones Unidas. Son gestos, pero insuficientes.
-¿Ve resolutivo al Nobel de la Paz?
-Respecto a la voluntad, posiblemente, pero en el ámbito internacional, donde sus discursos no son tan innovadores, en el primer tema gordo que tiene, la reforma del sistema económico y financiero internacional, los avances son nulos y el desencuentro con Europa, grande, porque la posición europea es que no solamente hay que tomar medidas para salir de la crisis, sino cambiar de modelo. Y Estados Unidos pone enormes pegas.
-¿Usted le habría dado el premio?
-Me parece precipitado, no lo acabo de entender. Tal vez sea una apuesta para comprometerle.
-Parte de la Unión empieza a ver la salida del túnel.
-La UE ha reaccionado bien y la unión económica y monetaria ha sido una bendición. La crisis le ha afectado menos a Europa que a Estados Unidos porque había una moneda fuerte en 16 países miembros con un banco central que ha ha jugado un papel de liderazgo inimaginable en la salida de la crisis. En Europa, además, hay un sistema de estabilizadores automáticos que no existen al otro lado del Atlántico y que hacen que los efectos de las crisis se noten menos: la educación gratuita, la sanidad, las pensiones... Todo eso ha sido agua de mayo.
-España no.
-España estaba creciendo e iba mejor que nadie antes de la crisis pese a haber incorporado en seis u ocho años seis millones de inmigrantes. En tiempos de Aznar el paro no bajó del diez por ciento, así que no debe sorprendernos que haya subido casi hasta el doble, cuando en el resto de Europa ha llegado a más del doble. De la misma manera en que tuvimos un retraso en la entrada a la crisis lo tendremos para la salida. Hay una situación complicada, pero no catastrófica como algunos quieren vender. Llegamos a tener el 26 por ciento de paro en 1993; estamos en el 18, y habiendo pasado de 13 a 23 millones de población activa. En líneas generales, la política de salida de la crisis es la misma que la del resto de países comunitarios.
-El Tratado de Lisboa está a punto con mucho retraso. ¿Habría vaticinado que el parto de la construcción europea sería tan difícil?
-Lo que hay que ver es la potencialidad política que tiene el Tratado de Lisboa, olvidando todas las dificultades que ha tenido el proceso. Estamos a quince días de su vigencia y hay que insistir en esa potencialidad que el tratado tiene como explicitación del modelo político de la UE. Además, va a coincidir con la presidencia española, a la que va a corresponder el desarrollo y la puesta en marcha de estas previsiones tan relevantes que tiene el Tratado. Es curioso que durante los últimos meses apenas se haya hablado de él, porque había un pacto expreso de silencio con objeto de no dificultar la ratificación. Ahora, hay una explosión y tras la ola de euroescepticismo vendrá otra en dirección contraria. El éxito de esa ola dependerá del acierto de la presidencia española en la concreción de las previsiones del tratado.
-Ha escrito que la UE no juega aún el papel político que le corresponde en el mundo. ¿Lo arreglará el Tratado?
-En esa materia establece unas previsiones muy innovadoras, especialmente como consecuencia de establecer una presidencia estable del consejo europeo.
-Si se ponen de acuerdo en los nombres.
-Se pondrán de acuerdo el próximo jueves y eso va a garantizar la continuidad, algo que con las presidencias rotativas era un problema. Basta repasar los perfiles muy distintos de los tres últimos presidentes: Sarkozy, que se comía el mundo; el checo, que no quería ni aparecer, y el sueco, que ha tenido una posición digna, intermedia, y que probablemente marque el camino y el perfil de cómo tiene que ser el camino y el perfil. A mi juicio, no hace falta que haya grandes líderes de grandes países, sino una labor de coordinación, continuidad, coherencia, unidad y visibilidad. En todo caso, más importante aun será el nombramiento del alto representante, al que al final se acabará llamando ministro y que tendrá en sus manos el conjunto de la administración exterior de la UE. Y es importante porque por primera vez va a haber una mente única en el diseño de la política exterior de la Unión, y si bien se mantendrán dos métodos de toma de decisiones, el comunitario y el método intergubernamental, lo importante es insistir en que va a haber un brazo ejecutor único, el nuevo servicio europeo de acción exterior, la diplomacia común europea.
-¿Cómo funcionará?
-Se está debatiendo su alcance, pero está a medio camino entre la diplomacia clásica que ha existido hasta ahora, la de los estados, y la fórmula que algunos propusieron en la Convención, según la cual desaparecerían las representaciones de los estados y se unificaran en representaciones sólo de la Unión, siguiendo el modelo de la unión monetaria, donde desaparecen los bancos centrales y se convierten en sucursales del europeo. Se ha optado por un modelo mixto, la diplomacia común, que trata de incorporar al servicio exterior de la comisión el del consejo y un tercio de los estados miembros. Se mantienen las embajadas de éstos, pero en ese servicio exterior va a haber diplomáticos en comisión de servicios de todos los estados miembros.
-¿Convivirán sin problemas?
-Va a depender de cómo se desarrolle, pero a primera vista tengo la intuición de que cada vez va a pesar más la de la Unión y menos las de los estados miembros. Ese servicio exterior sólido va a aumentar la visibilidad de la acción exterior de la UE en el mundo.
-Esos nombramientos exigen equilibrar muchos pesos, los de los estados, los del norte y el sur, el este y el oeste, la izquierda y la derecha... No parece sencillo.
-Es difícil. Efectivamente, la UE es equilibrio y está acostumbrada a gestionar ese equilibrio y a obtener consensos en los que nadie gana ni pierde del todo. Estoy seguro de que va a ocurrir eso esta vez en un proceso en el que, insisto, no creo que haga falta un gran líder mundial como dicen algunos medios españoles. El presidente del consejo europeo es un jefe de Estado de perfil bajo, que tiene que ordenar los debates, convocar las reuniones del consejo, dar continuidad a las acciones, buscar la coherencia... Pero no le corresponde el impulso político del gobierno, que es competencia del presidente de la Comisión, ni la responsabilidad de las relaciones exteriores, que compete al alto representante, ni ese papel de actor mundial o global que tiene ahora la UE.
-Ampliar, ¿hacia dónde?
-Creo que están fijadas para el 2011 las incorporaciones de Croacia e Islandia y habrá otras diez más en diez años, pero con la consolidación y la profundización la ampliación caerá por su peso.
-¿Y Turquía?
-El tema de Turquía habrá que resolverlo positivamente, y yo creo que la dificultad está en que se ha planteado demasiado pronto. Si estábamos negociando la perspectiva de 2020, no tiene sentido que en 2005 estuviera la polémica planteada. Nadie anuncia un matrimonio con quince años de adelanto.
-Medvédev promete abrir y democratizar Rusia. ¿Se lo cree?
-No creo que merezca la pena. Está bien que Rusia se abra, porque es una de sus asignaturas pendientes. España tiene unas relaciones especialmente buenas con Rusia y la UE debe mejorarlas, aunque no creo que vaya a ser fácil.
-¿Por dónde se sale de Afganistán?
-Es un tema difícil al que cabe buscar una solución global, pero no va a ser fácil. Éste es el asunto más complejo que tenemos ahora mismo en la sociedad internacional y no se ve un horizonte claro. Ahí sí le corresponde a Estados Unidos el liderazgo, pero no me atrevo a decir más.
«Tras la ola de euroescepticismo se desatará otra en sentido contrario cuyo éxito va a depender de la eficacia de la presidencia española»
«Estados Unidos es quien debe cambiar su modelo desrregulado, pero no quiere»
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