J. C. GEA
Ser paseante urbano, como ser viajero o sedentario, es una forma de estar en el mundo que ni siquiera requiere pasear, viajar o estancarse físicamente. Y ahora, con internet abierto al «flâneur» virtual, mucho menos. Al margen de sus usos prácticos -algunos de los cuales escalofrían-, soy de los que han disfrutado como criaturas la inclusión de esta villa en el «Street view» de Google Maps, esa aplicación que permite recorrer en 3D cada vez más urbes del mundo. Por casualidad, unas horas antes de leer la noticia en estas páginas ya me había dado una vuelta, a paso de ratón, por este otro Gijón con un entusiasmo difícilmente explicable. Entiendo que darse un garbeo por Brooklyn, el Mitte, el puerto de Tokio o el Marais pueda tener su gracia. Pero ¿hacerlo casi con mayor excitación por las calles que recorres a diario? Quizá lo que se produce en las calles del «Street view» es una especie de cortocircuito entre lo real y lo irreal, lo cotidiano y lo extraño, que hace que aquello se transforme en esto, revelando de algún modo una ciudad completamente desconocida en la ciudad conocida.