J. C. GEA
Independientemente de la creencia, incluso de la descreencia que se profese, un templo debe funcionar como un espacio intermedio entre lo mundano y lo trasmundano. Si uno, al entrar en uno de estos edificios, no se siente embargado por la sensación de estar ingresando en una zona de tránsito entre planos de la realidad, el arquitecto y el resto de artífices involucrados en su construcción han fracasado. Los recursos que se emplean para obtener ese efecto son tan variados como las religiones mismas, pero tienen en común su eficacia a la hora de resolver una puesta en escena de lo sagrado, de abrir un hiato en mitad de lo profano del mundo. Ayer, incluso con la verja de cadenas vedando la entrada, algo de eso emanaba desde el interior de la recién restaurada Iglesiona hacia la calle: una suerte de resplandor o de bruma dorada que hizo pararse a muchos viandantes para asomar el rostro hacia el interior, que -ahora sí- consigue que algo suceda en el interior del edificio que, al menos para ojos sin fe, no sucedía ni podía suceder desde que lo invadió el sucio humo del mundo.