JAVIER MORÁN
La primera impresión que causa el nuevo arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, es magnífica. Pies calzados con zapatos sobrios y gastados y cabeza bien amueblada. Nada de sotana con vuelo y cordoncillos morados.
Nada de expresión espesa o elusiva. Claro que puede echarse mano de aquella moraleja de una versión del relato de Caperucita y el lobo: «Cuanto más dulce la lengua, más afilado el diente». Pero no parece el caso. La forma de expresión de Sanz Montes muestra inteligencia y conocimiento. Le atribuyen, asimismo, prudencia en el gobierno diocesano, que es otra forma de inteligencia, aunque también ha expresado ideas con dureza, a causa de las cuales algunos políticos del PSOE (Marcelino Iglesias, Víctor Morlán) le han reclamado prudencia en sus posturas sobre cuestiones públicas. La verdad es que no nos preocupa demasiado que un político se queje.
Pero vayamos a la cuestión del gobierno diocesano en Asturias. El viejo esquema de obispo conservador u obispo progresista debería ser ya cosa muerta. A una diócesis tan compleja como la asturiana, lo que le interesa es un obispo inteligente, que no cometa imprudencias. Por ejemplo, la de sostener mediante gestos esa división tan profunda dentro del clero y en porciones significativas de la feligresía.
Sanz Montes posee otra virtud, la claridad, que evidentemente puede caer bajo el calificativo de la dureza o bajo el de la sinceridad y coherencia. No oculta sus cartas, e insiste en que no ha recibido instrucciones sobre cómo guiar a los católicos asturianos por este valle de lágrimas. Es preciso darle ese margen de confianza. La Iglesia asturiana ha alcanzado un desgaste que podría acercarla al punto de no retorno. Se percibe también en Sanz Montes un combinado atractivo entre formación profunda y verdadera, no simulada, y estilo franciscano, llano y directo.
Un conjunto de dotes, en definitiva, que tal vez alejen por un tiempo la idea de que la Iglesia de Asturias pierde sus últimos trenes.