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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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JAVIER MORÁN
«Suena en Huesca una campana, y en Zaragoza un cañón, y en Teruel unos amantes?». Fiel a la jota aragonesa, el campanario de la catedral oscense llama a misa de nueve. Mañana fresca y húmeda en la antigua Bolskan de los iberos, hoy ciudad de 50.000 habitantes. La catedral se recorta contra las elevaciones del Somontano, primeras estribaciones del Pirineo. Jesús Sanz Montes sale de la sacristía y ocupa su cátedra de obispo. Se celebra la festividad litúrgica de Cristo Rey, título que suele requerir explicaciones. El obispo las dará en la homilía.
Recién nombrado arzobispo de Oviedo, Sanz Montes, madrileño de 54 años, franciscano y catedrático de Teología Espiritual, celebra su primera misa con la grey oscense tras haber sido nombrado arzobispo de Oviedo. Sobre el basamento de una antigua mezquita musulmana, de la que sólo sobrevive un arco, la catedral va del estilo gótico al renacentista. Sobria en las naves laterales, florida en la central y pequeña en su conjunto, acoge a unos 80 feligreses.
La lectura del Evangelio enfrenta a Pilatos con Jesucristo. «¿Eres tú el rey de los judíos?». Sanz Montes inicia su prédica con el clásico «paz y bien» franciscano. «Están cara a cara dos reyes: uno, Pilatos, es el de una tierra conquistada, temeroso de perder su poltrona; el otro muestra la mansedumbre de un rey que no acorrala ni destruye». Homilía sin papeles, pero muy ordenada. «Jesús, ante Pilatos, afronta el pago de su última factura, pero no realizará ningún extraño paripé que le ahorre los suplicios». Lenguaje bancario de quien trabajó con valores bursátiles antes de ingresar en el Seminario de Toledo con 20 años.
«Jesús no es el Dios de una fuerza multinacional», agrega Sanz en Huesca, la antigua Osca de la Hispania Citerior, ocupada por los romanos, donde fallece el conquistador Quinto Sertorio en el año 92, unas seis décadas después de la condena de Pilatos contra el galileo. «No es el Dios sabiondo, con una verdad que aplasta: es el Dios vulnerable», prosigue el obispo, que enuncia unos apuntes de exégesis bíblica sobre quienes entendieron o no a Jesucristo. «Un sector de los judíos esperaba un Mesías armado hasta los dientes, una oposición armada; esos no reconocen a Jesús». Tampoco «los fariseos, que esperan al Mesías del ordeno y mando, y cuando Jesús les dice que el hombre es más que el sábado se quedan desconcertados». Sanz Montes concluye: «Le reconoce la gente sencilla, que esperaba lo que Dios les había prometido».
El mitrado extrae conclusiones: «¿Ante quién doblamos la rodilla los cristianos? ¿A qué autoridad moral nos remitimos?». Y desaconseja «la pleitesía ante los poderes que nos hacen esclavos». Finaliza la prédica: «Perdonadme este desastre de voz, pero tengo un buen trancanzo». Momento de las peticiones. El obispo pide «por Asturias y sus gentes» sin ninguna exhibición más de su nombramiento.
Termina la misa. «Que paséis una semana serena y gozosa, y cuidado con el frío». Breve paseo por la calle del citado Quinto Sertorio, que creó en vida una Academia de Latinidad y cuyo nombre fue adoptado por la Universidad Sertoriana, una de las más antiguas de España, que impartió docencia de 1354 a 1845. Frente a la Catedral, el Palacio Episcopal; a su lado, el Ayuntamiento, gobernado por el socialista Fernando Elboj Broto. Comentan en Huesca que pese a los tirones de oreja de Sanz Montes a Zapatero y al PSOE, el regidor de la plaza no se lleva mal con el obispo. Varios oscenses saludan y felicitan a su mitrado saliente. Se le acerca Pilar Broto, enlace sindical de CC OO en la sanidad de Huesca. Una amistad singular le une a Sanz Montes, a quien también vigila la tensión. «Oye, que ayer me la tomé y pese a lo movido del día tenía 14/8». «Bien». «Y el día 30 tengo la revisión». Sanz Montes padeció algún episodio de hipertensión.
Pilar Broto había leído años atrás una carta pastoral del obispo y se enfureció. «Era sobre los cuidados paliativos y la eutanasia, y me dije que tenía que venir a discutir con este hombre». «Sí, pero sus compañeros le dijeron que no perdiera el tiempo y que además yo le iba a poner por delante el anillo de obispo, con pedrusco y todo, para que me lo besara», evoca Sanz Montes.
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