La Salgar (Parres),
Alba SÁNCHEZ R.
La meca asturiana de la gastronomía es una pequeña aldea parraguesa arropada por la sierra del Sueve, último refugio del asturcón. Nacho Manzano escogió La Salgar y el mismo local en el que sus padres tuvieron bar durante muchos años para abrir Casa Marcial. Tras haber estado a cargo de los exigentes fogones de la gijonesa Casa Víctor, el prestigioso cocinero asturiano decidió instalar su propio restaurante muy lejos del bullicio de las grandes ciudades del centro de la región, en un apartado pueblín del oriente del Principado.
Rodeado de montes, prados y vacas, el local de Manzano, inaugurado en 1993, no tardó en convertirse en uno de los grandes emblemas de la cocina regional. Seis años de actividad en La Salgar ya le valieron para recibir una primera estrella «Michelin». Ahora, la segunda lo consolida en la élite de la restauración nacional desde la aldea asturiana. Sólo hay otros diez restaurantes en España que puedan presumir de semejante palmarés, y únicamente siete cuentan con tres estrellas.
Casa Marcial parte de una tradición familiar. Manzano, que a sus 38 años también atesora los premios «Bidasoa» y «Plato del año», se adentró entre pucheros y fogones de la mano de su madre y sus tías. Además, sus hermanas Olga, Sandra y Esther están con él desde que el restaurante abrió las puertas por primera vez en La Salgar, localidad en la que adquiere los productos de temporada con los que elabora sus platos y donde hay un vecino que le cría los pitos de caleya.
Ricardo González es el cocinero que más tiempo lleva con Manzano. Tras cuatro años a su lado, le define como una «persona afable» y un «buen jefe que sabe escuchar». Por su lado, el mexicano Alfredo de la Cruz, que trabaja en Casa Marcial desde hace bien poco, ya considera a su propietario como un «auténtico maestro».
Las buenas referencias sobre Manzano también llegan de unos vecinos que sienten el éxito casi como propio. Ayer a mediodía, tras tener conocimiento de la segunda estrella «Michelin», Felisa Tereñes aseguraba sentirse «muy feliz», por que el «rapacín» que conoce de toda la vida haya llegado «tan lejos» en el mundo de la gastronomía. A este respecto rememoraba que «cuando Nacho estaba estudiando cocina en Gijón, con tan sólo 14 años, como no le dejaban cocinar libremente, compraba productos con sus propinas para cuando estaba en el bar familiar investigar por su cuenta». Además, también recordaba que la madre del cocinero «se sintió muy triste cuando partió para Gijón» y que también se preocupó mucho, «porque tenía miedo a que le fuera mal», cuando le anunció que se instalaba en un bar familiar que hoy, 16 años después, es el gran referente de la cocina asturiana.