J. C. GEA
Resulta difícil no contagiarse del entusiasmo que ha provocado la histórica notaza que acaba de sacar la Universidad asturiana en el examen de la complicada asignatura de Excelencia; y resulta, al mismo tiempo, difícil no mantener una reserva de enquistado escepticismo ante la casuística de una región que ha ignorado, desaprovechado o malbaratado muchas de sus grandes oportunidades para despegar. El gran empujón a la Universidad llega en un momento en el que el horizonte demográfico, sociológico y económico de Asturias tiende más bien al cero que al infinito, y en el que, pretextando crisis, las prédicas acerca de las bondades salvíficas de la I+D+i se traducen con hipocresía y, aún más, cinismo en la desatención estatal hacia la investigación. El campus de Gijón -y no porque quede aquí cerca, sino por su propia naturaleza- es el motor principal al que se destina esta inyección extra de combustible. Ahora urge traducir el «Ad futurum», un lema de futuro que en el fondo suena a pasado, en un futuro en lengua vernácula que no se traduzca por «decadencia».