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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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PEDRO DE SILVA
Una Constitución no es más que un contrato para dar estabilidad a la convivencia y evitar que todo pueda cambiar cada día, que sería lo más parecido al caos. Pero tampoco puede ser un contrato a cuya letra pura y dura estemos amarrados de por vida, porque antes o después la voluntad de la gente -en la que descansa- lo haría saltar por los aires. Por eso los dos grandes enemigos de una Constitución son los que se saltan el contrato en función de sus conveniencias y los que quieren convertirla en un texto férreo, que nos tenga aherrojados. O sea, que una Constitución debe tener la firmeza suficiente, pero al propio tiempo debe respirar, mediante una interpretación flexible y, cuando hace falta, mediante cambios. Viene a ser como un cinturón, que sujete la ropa y la tripa, pero con agujeros para acomodarse a la cintura. Éste es un consejo humilde al Tribunal Constitucional.
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