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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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Avilés,
Myriam MANCISIDOR
Lucía Jiménez es gitana y hace poco más de tres años se casó con Daniel Jiménez. La pareja decidió contraer matrimonio en el Ayuntamiento de Avilés tras descartar casarse por la Iglesia evangelista o por el rito gitano. «Pensamos que casarnos en el Consistorio era lo mejor para los dos, las bodas de culto (gitanas) ya no son las más numerosas», aseguran. Desde entonces, Lucía y Daniel son marido y mujer. Sus nombres figuran en el Registro Civil. La historia de María Luisa Muñoz, conocida por el apodo de «La Nena», es muy distinta. Esta mujer de 52 años y vecina de Carabanchel ha pasado los últimos años de litigo en litigio. ¿El motivo? Reclamaba una pensión de viudedad desde que murió su marido, en 2000. Su boda fue por el rito gitano y el Instituto Nacional de la Seguridad Social rechazó su solicitud por no estar casada por lo civil. Ahora, el Tribunal de Estrasburgo le ha dado la razón. La Nena está «contenta como un ocho», pero ha aprendido la lección: ayer aconsejó a los gitanos que formalicen su unión.
Lucía Jiménez y Daniel Jiménez relatan a LA NUEVA ESPAÑA cómo fue su boda, tres días de festejo. En su caso, la única diferencia con el enlace nupcial de La Nena es que, al final de la celebración, se inscribieron en el Registro Civil. Lucía y Daniel, entonces novios, anunciaron el compromiso. Recibieron el visto bueno y empezaron con los preparativos. «Nosotros no lo decimos un año antes, necesitamos menos tiempo», asegura esta gitana avilesina, de 25 años. Y añade: «Ahora, además, no nos casamos tan jóvenes. La media de edad de los novios es de 18 años». Ella tenía 22.
La virginidad es algo que los gitanos valoran de una forma exquisita. De ahí la conocida como prueba del pañuelo: comprobar el día de la boda si la desposada es virgen introduciéndole un pañuelo por la vagina. Si la tela se mancha de sangre queda acreditada la pureza de la novia. La «ajuntaora» es quien realiza generalmente este examen. «Ahora no siempre se hace, depende de los novios», sentencia Lucía.
Los festejos comienzan en todas las bodas gitanas, también en la de Lucía y Daniel, con una reunión familiar en la que los gitanos cantan y bailan hasta altas horas. Ese día la novia estrena uno o dos trajes, según su capacidad económica. El novio también se viste de gala. El segundo día es el de la boda: el gran momento. Es entonces cuando se realiza la prueba del pañuelo, si así lo desean los novios. «La ceremonia puede ser por el culto (rito gitano), evangelista o en el Ayuntamiento.
Al enlace de Lucía y Daniel acudieron alrededor de cuatrocientos invitados, llegados a Avilés desde otros puntos de la región y también de fuera de Asturias.
A la novia siempre la visten las mujeres. Una vez que comienza la ceremonia se suceden, según Lucía Jiménez, una serie de tradiciones que han perdurado al paso de los años. Son los ritos gitanos. «Los novios nos damos el sí quiero y los invitados echan arroz. Luego todo el mundo canta una canción típica y las gitanas más viejas le lanzan a la novia almendras o peladillas, que para nosotros son el símbolo de la pureza», asegura. Ya en el restaurante -los gitanos asturianos celebran generalmente las bodas en un local de Gijón- los novios e invitados disfrutan del menú, que se elige a gusto de la pareja casadera. El momento más esperado es cuando se sirve la tarta nupcial. «Se saca una cesta de mimbre y, mientras se canta, los invitados echan dinero. Los novios podemos recaudar hasta tres mil euros, aparte de los regalos», manifiesta Lucía. La fiesta se prolonga hasta altas horas. Los novios se cambian de ropa varias veces -hasta cuatro- y los recién casados suelen coincidir, al menos una vez, vistiendo ropa del mismo color. Luego suenan guitarras, cánticos y palmas.
El último día, el tercero, la fiesta comienza en torno a las cuatro de la tarde. «Es una reunión parecida a la del primer día, más familiar, para despedir a los invitados», dice la joven avilesina. Pero se suceden también los ritos gitanos. «Lo normal es que este día se saque a bailar al novio y a la novia y, cada uno que los invita, tiene que pagar por pieza. Es otra forma de darnos más dinero para que podamos ir de luna de miel», argumenta Lucía. ¿Y el viaje? «A Tenerife, a Valencia... a algún sitio donde cueste poco dinero», añade.
Lucía y Daniel disfrutaron de su casamiento por todo lo alto y, luego, emprendieron una vida en común. Pero, eso sí, formalizando su unión. «Antes de nada nos inscribimos en el Registro», concluye Lucía Jiménez, haciendo alusión al caso de La Nena. María Luisa Muñoz contrajo matrimonio en 1971 por el rito gitano y engendró seis hijos, pero nadie reconoció su matrimonio por no estar casada por lo civil. Ahora, tras la sentencia del Tribunal de Estrasburgo, es oficialmente viuda. La Fundación Secretariado Gitano en Asturias cree que la sentencia sentará jurisprudencia «a la hora de tener en cuenta la convivencia de muchas parejas». Vivan los novios.
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