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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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ALBERTO CARLOS POLLEDO ARIAS Escaso favor están haciendo a los cauces fluviales y a su hábitat los que se manifiestan (considero que tienen todo el derecho) en contra de las nuevas normas de pesca, reclamando retornar a las anteriores -ya saben máximo de ocho salmones por pescador y temporada; permitir la pesca de marzo a julio; sin límite de cebos; pescar desde árboles y puentes? para qué seguir-. Siempre digo que de la discusión razonada y buscando el interés común sale la luz, o lo que es lo mismo, soluciones acertadas. En este caso no vale lo que digo porque, por lo que leo en la prensa estos días, el sentido común brilla por su ausencia.
La sociedad de pescadores El Esmerillón se manifiesta en Cangas de Onís; el diputado del Grupo parlamentario Popular, don Luis Peláez, escribe un artículo -con tal trasfondo político en busca de votos, que da pena- en este mismo periódico, el lunes 7 de diciembre, en el que culpa de la situación de los salmones en los ríos asturianos, exclusivamente, a la Administración del Principado, pidiendo las cabezas de Belén Fernández y todo su equipo. Estoy de acuerdo en que la gestión de nuestros ríos fue durante muchos años totalmente errática y que nadie quiso o supo ponerle el cascabel al gato. Es decir, poner en funcionamiento las depuradoras conectando a ellas los pueblos, no tolerar minicentrales ni minas a cielo abierto que envenenan los ríos desde balsas de cianuración, tampoco piraguas a cientos, obras que destrozan cauces, vertidos de purines, químicos, mínimos caudales ecológicos, capturar más salmones de los debidos sin dejar para desovar los más indicados por su peso, la pesca de salmones en alta mar? Pues a todo esto tenemos que añadir, mal que les pese a algunos, el cambio climático, el calentamiento de las aguas marinas y el cambio de dirección de la corriente del Golfo, factores fundamentales para que los salmones estén desapareciendo del tan cacareado Asturias, paraíso natural. Pero no sólo se volatilizan los salmones, miren ustedes el bajón drástico que dio la población de truchas, y, prácticamente la extinción de anguilas (caso patológico: se permite la pesca de la angula), lampreas y, hasta las ranas. ¿Cuántos años hace que no escuchan croar alguna? No hay duda de que algo nefasto está pasando para que la vida acuática en nuestros cauces, si alguien no lo remedia, pase a mejor vida, al igual que el ciclo vital en más de cincuenta ríos desde Irún a Bayona. Así lo llevo proclamando desde las páginas de LA NUEVA ESPAÑA hace más de una década.
Señoras y señores pescadores, esto es lo que hay; no hay más cera que la que arde y no quedan peces para desovar, ni natural ni artificialmente, y por tanto no hay entrada de peces y, más claro que el agua, si no hay salmones no habrá pescadores. Las normas no sé si serán las más adecuadas pero, al menos ahora, la viceconsejera de Medio Ambiente y su equipo intentan que lo sean. La nueva reglamentación no va en contra de los pescadores -yo también lo soy, a los 16 años capturé mi primer salmón- va en defensa de los salmones. Tienen que entenderlo, al igual que deben de saber que los ríos no pertenecen en exclusiva a dicho colectivo. A todas las personas de bien: pescadores, vecinos de sus riberas, turistas, ecologistas y políticos responsables nos gustaría legar a nuestros descendientes unos ríos en perfecto estado y colmados de salmones porque su belleza es de todos. No de asociaciones sin sentido y políticos oportunistas que no entienden que el primer mandamiento es recuperar el nivel ecológico óptimo de todos nuestros cauces.
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