ANA PAZ PAREDES
Manuel Otero es un hombre tranquilo y al mismo tiempo infatigable. A sus 73 años, este tinetense habla del Camino de Santiago con una pasión abrumadora. No entra a discutir cuáles han de ser las razones para peregrinar a la tumba del apóstol. Él lo hace con fe y su sentido es religioso, pero entiende a otros que tienen diferentes motivos para recorrerlo. «Lo importante es el espíritu, el espíritu del Camino», dice, «te cambia la vida e incluso hay quienes, tras realizarlo, afirman haberse encontrado a sí mismos. Yo conozco algunos casos».
Manuel Otero es el hombre que nunca camina demasiado. Ha peregrinado a Santiago en diecisiete ocasiones. De ellas, trece lo hizo por etapas recorriendo los tramos cada fin de semana con los miembros de su grupo o bien solo, y en otras cuatro ocasiones realizó el Camino completo sin descansar ningún día. A Santiago llegó por el camino primitivo, que se lo conoce ya al dedillo, pero también por el de la costa, empezando en Cantabria; el de El Salvador, desde León, y por el camino francés, entre otros. Cuando acaba de comenzar el año santo, ya tiene preparada su peregrinación número dieciocho para 2010. El culpable de que Manuel Otero encuentre la paz y la felicidad que halla haciendo el Camino de Santiago, según se deduce de su semblante cuando habla de esta experiencia, es Laureano Víctor García, presidente de la Agrupación de Asociaciones de Amigos del Camino de Santiago del Norte. «Mi inicio en el Camino fue de manera accidental. Laureano me invitó un día a subir La Espina y me gustó hacer el Camino», recuerda.
La última peregrinación que realizo, la número diecisiete, fue el pasado año. «Nuestro grupo realizó un enlace nuevo del Camino. Fuimos de Tineo a Navelgas y de Navelgas a Luarca, luego a Ribadeo y luego ya a la parte de Galicia. En cuanto a 2010, quisiera iniciar el Camino en marzo, por lo que empezaré a prepararme en febrero», destaca.
De todas las peregrinaciones que hizo guarda buenos recuerdos, pero la más importante para él fue la de agosto de 2006. Tenía una motivación muy especial: pedir la curación de su mujer, Ana María González, a quien tenían que realizar una importante operación de rodilla (de la que se ha recuperado plenamente). Manuel Otero, que en su vida vio ni un instante enferma a su compañera, decidió ir solo y realizar la ruta completa del Camino primitivo para pedirle al Santo que todo saliera bien.
«Recomiendo a todo el mundo que alguna vez haga solo el Camino. Es completamente distinto a ir en grupo. No es que no sea satisfactorio ir con más gente, que lo es, es porque yendo solo la experiencia es completamente distinta, mucho más intensa, vives el Camino de otra manera. Fui hacia Santiago con toda la fe del mundo, recé a lo largo del camino miles de padrenuestros y avemarías rogando al Santo por mi esposa. Nunca me sentí solo. Al contrario. Conocí a personas maravillosas, tanto peregrinos como paisanos y paisanas de los lugares que cruzaba, y, sin duda, estoy de acuerdo con esa frase de que la fe mueve montañas. En un momento dado, cuando creía que no podía más, me senté agotado, tiré la mochila a un lado y me dije: «Lo dejo». Luego, tras unos minutos, pensé: «Piensa bien lo que vas a hacer». En cuanto recapacité bebí la poca agua que aún me quedaba, tomé una pastilla de glucosa, me levanté, seguí caminando y, tras completar los tramos, días después llegué a Santiago».
Y es que para Manuel Otero el Camino de Santiago es como la vida misma: «Cuando llegan los momentos duros hay que tener tesón, ser fuerte y tirar para adelante», afirma rotundo. Él es un ejemplo.