En la época en que los partidos políticos eran clandestinos, los carnés disfrutaban de un prestigio grande y misterioso. «¡Ése tiene carné!», solía decirse de alguien muy contrario al régimen anterior, para indicar que era rojísimo, y con la misma expresión, entre sorprendida y asustada, con que podría decirse que era miembro del comité central o grado 33 de la masonería. Y como de aquélla el único partido político que funcionaba era el comunista, se daba por entendido que quienes tenían carné lo tenían del PC. No cabía otra posibilidad. Por si esta evidencia fuera poco, siempre que eran detenidos «elementos subversivos», las notas de la «autoridad gubernativa competente» se apresuraban a señalar que eran miembros distinguidos y muy activos del PC. Por eso, el tan cacareado «contubernio de Múnich» descolocó a muchas personas biempensantes que no concebían que en una «tenida» de antifranquistas no se hubiera localizado a ningún comunista y, en cambio, se encontraran señores en apariencia de orden, como los demócratas cristianos, incluido un político que durante la Segunda República había personificado a la derecha como don José María Gil Robles. Entre otros democristianos, asistió a Múnich el catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad de Oviedo Alfonso Prieto, el cual, al regresar a España, fue retenido por la Policía en la frontera y, una vez cumplida la preceptiva cuarentena a que fue sometido por andar en malas compañías, solía referir aquella experiencia a sus amistades de confianza con tintes dramáticos, habiéndole impresionado, sobre todo, el hecho de que los agentes le hubieran obligado a quitarse la corbata y los cordones de los zapatos.
Verdaderamente, después del «contubernio de Múnich», al que habían concurrido democristianos y liberales del interior y socialistas del exterior (en el interior apenas había, y los pocos que quedaban no se consideraban adecuados para pisar alfombras), las cosas dejaban de ser tan simples como hasta entonces en el orden político: algo parecido a la difusión de las medias sin costura en el moral, pues a partir de esa novedad los curas no podían distinguir si la devota llevaba medias o no las llevaba, a no ser que palpara o pellizcara, lo que no era el caso. Con lo que forzoso es darle la razón al renombrado P. Todolí, que afirmaba que todo lo nuevo en religión es herético, lo nuevo en arte es aberrante y lo nuevo en política es revolucionario. Por desgracia, a partir de su presentación en sociedad en Múnich, los democristianos y los liberales anduvieron menos activos que los socialistas, y así les fue a unos y a otros. A los socialistas de Múnich, es preciso advertirlo, les fue más o menos como a los democristianos y a los liberales, ya que, al cabo de algún tiempo, fueron desbancados por los imberbes pero ambiciosos socialistas del interior, que de las asambleas en la «Facul», las sesiones de cine-club en las que siempre se sufría muchísimo (y no era para menos, con aquellas tétricas películas soviéticas, checas, polacas, húngaras o los plúmbeos tostones de Antonioni o Godard) y de las excursiones a los pinares con mozas en pantalones tejanos (novedad digna de ser consignada, porque a la «Facul» tenían que ir con faldas) y tortillas de patata envueltas en páginas grasientas de periódico, pasaron a controlar (¡y cómo!) el aparato del Estado. Por primera vez desde la Revolución Rusa, en que Lenin encontró el poder tirado en la calle y se lo apropió, se producía en una nación civilizada un caso semejante, y todo ello debido a que los liberales, los democristianos y otros grupos moderados no acertaron a mover ficha o a seguir moviéndola. La desconfianza de la derecha cavernícola llegó a tales extremos como a considerar a un tipo tan reaccionario y tan hueco como don Salvador de Madariaga comunista de carné. ¡Lo que le faltaba al petulante funcionario internacional y romo escritor que, según Ortega y Gasset, era tonto en tres o cuatro idiomas! Pero la derecha antifranquista volvió a la actividad política, en algunos casos desde el exilio, no menos acomplejada que la que había colaborado con el régimen o al menos no se había opuesto a él. Al regreso de Gil Robles, un periodista le preguntó con qué políticos de la Segunda República formaría Gobierno y contestó sin vacilar: «Con Indalecio Prieto y Julián Besteiro», y al insistir el periodista en su pregunta, añadiendo quién presidiría ese Gobierno, el antiguo líder de la CEDA, contra quien se habían sublevado en armas los socialistas, precisamente porque les había ganado unas elecciones generales, contestó con tranquilidad: «Quien ellos dijeran». Esto sucedía por la banda de la derecha moderada y civilizada, porque por la de la extrema derecha separatista no había el menor complejo, tanto la que mira al Cantábrico como la que lo hace al Mediterráneo, y al regresar de su exilio el peneuvista Ajurriaguerra, les tendió los brazos a los socialistas en gesto fraternal, afirmando que habían compartido cárceles y la lucha antifranquista, y los socialistas acataron. Bien es verdad que tanto el PNV como el PSOE se habían distinguido muy poco en la lucha contra Franco, pero cuando el juego político dejó de ser peligroso, ambos volvieron a las andadas de la Segunda República. Los peneuvistas mucho antes que los socialistas, de justicia es señalarlo. A unos y a otros no los unificaban las cárceles ni la lucha en común (de la que es buen ejemplo la clamorosa traición de Santoña por parte de los separatistas), sino la común entraña antiespañola. El antiespañolismo es la razón de ser de los partidos separatistas, en tanto que para la izquierda es, aparentemente, un prejuicio. A causa de este prejuicio renuncian al sentido nacional, como ha señalado repetidamente Gustavo Bueno, lo que es grave, pero más grave es aun que, en nombre de un internacionalismo proletario cada vez más vaporoso, continúen pactando con el localismo clerical y racista. Sin embargo, ellos se entienden, y no es necesario poner ejemplos recientes como prueba.
Volviendo a los carnés, que es de lo que se trataba, estos, en los partidos políticos, tenían un sentido de control de la militancia más que de identificación. Por medio de los carnés se controlaba el número de militantes y si estos estaban al día del pago de las cuotas y, en consecuencia, si tenían derecho a la militancia plena. Tal control era fácil de realizar en la clandestinidad, cuando el número de personas adscritas al partido era muy reducido. Ya me he referido en algún artículo anterior al papel amarillo en el que figuraban los nombres de tan sólo catorce militantes de Oviedo que Leonardo Velasco guardaba en un bolsillo del pantalón y un buen día le entregó a Álvaro Cuesta, el cual marchó con él a su Navia natal para pasar las vacaciones estivales de 1976 y hacer bronce. Lo que nos obligó a los pocos que quedamos en Oviedo a rehacer la lista de afiliados y a buscar afiliados nuevos, a lo que contribuyeron de manera muy efectiva Avelino Cadavieco, Alipio, Serrano, Alejandro García de Paredes y otros veteranos que todas las mañanas se daban una vuelta por el paseo de los Álamos a la busca de viejos camaradas de las Juventudes Socialistas (JJ SS) de antes de la guerra: de manera que si a finales de la primavera el PSOE de Oviedo tenía una cierta presencia de las JJ SS, a mediados del verano se estaba convirtiendo en un partido de pensionistas. En cualquier caso, hicimos una buena labor entre todos, porque a comienzos de agosto puse en orden las fichas y había 53 afiliados; en poco más o menos dos meses, habíamos aumentado en treinta y nueve personas. Se lo dije a Marcelo García y quedó sorprendidísimo.
Los primeros carnés llegaron a Madrid a mediados de septiembre de 1976. Eran una cartulina roja, que se abría a modo de libro: en la portada figuraba el nombre del militante y, al dorso, el yunque, el libro abierto, el tintero y la pluma de ave; y en el interior se pegaban las constataciones de las cuotas pagadas. Hubo que hacer verdaderas piruetas para asignar los primeros números, pues todos los veteranos pretendían que se les reconociera su veteranía, y algunos no tan veteranos, como el ideólogo Elías Díaz, que marchaba como catedrático a Madrid y consideraba de buen tono llevar un carné de Asturias con fecha anterior a la muerte de Franco. Pero qué se le iba a hacer al buen señor: los primeros carnés no empezaron a entregarse hasta el 26 de octubre. Al entregarle el suyo a Avelino Cadavieco le pregunté, en broma, si hacía un año contaba con tener un carné como aquel en el bolsillo, y contestó: «No, pero mucho menos lo esperaba cuando estaba condenado a muerte». A los veteranos les hacía ilusión recibir los carnés porque se hacían a la idea de que el partido volvía a ser legal. No sería legal todavía, pero ya empezaba a tener aspecto de ser real. A comienzos de diciembre, en medio de una fuerte invernada, se continuaban haciendo carnés en la asesoría de General Elorza. Por aquellos días, Coordinación Democrática puso en circulación unos bonos de 500 pesetas que fueron criticados en algunos sectores porque, a este precio, se veía a qué público estaban dirigidos y, por otro motivo, digno de ser recordado por Arias, que reprochaba que no estuvieran en bable. Los bonos eran papeletas azules con el texto: «Abstenerse es votar la democracia», y debajo, el precio: quinientas pesetas. De aquélla era bastante dinero, todavía no se habían vuelto todos los españoles ricos de repente.