PEDRO DE SILVA
Antaño era proverbial el atracón navideño, y había quien pasaba a dieta la semana después de Reyes, para reponerse. Eran tiempos en los que el exceso que nos daba paz era la comida. Una vez ahítos de comida, el instinto depredador se cebó en los instrumentos más o menos útiles para casa, coche y demás. El último paso, sin desandar los otros, son las cosas perfectamente inútiles, que dan mejor que ninguna otra la medida de nuestro dominio sobre el medio y nos proporcionan una efímera paz. Tras amontonar alrededor comida y trastos útiles, la esencia de la fiesta consiste hoy en rodearse, y rodearnos unos a otros mediante regalos, de cosas que no valen para nada, ni hay donde poner. El consumismo es así: una enfermedad crónica y por ahora sin cura, una droga que calma la angustia un tiempo, a cambio de hacernos dependientes de una dosis cada vez mayor. Ni la crisis puede con ella.