Gijón, J. MORÁN
Fernando Suárez González (León, 1933) es uno de los últimos ministros vivos del franquismo, y concretamente de la tendencia aperturista. De su papel bajo Franco y durante la transición y la democracia habla en esta tercera y última entrega de sus «Memorias».
l Carlos Arias, dubitativo. «Deje las Cortes de Franco en 1971 y estaba en Oviedo muy a gusto, dedicado a mi cátedra. En 1973 me llama Licinio de la Fuente, ministro de Trabajo, para que fuera director general de Emigración. Me tocó principalmente gestionar el regreso de la emigración, que el Gobierno había llevado muy bien desde que España había necesitado colocar a dos millones de trabajadores en el extranjero, porque había mucho paro, y en Europa los necesitaban. Yo discutía las condiciones de los contratos de trabajo con el Instituto Federal de Empleo alemán, que lo centralizaba. En el presente, a la inversa, hay 17 políticas de inmigración, una por cada autonomía, y es un desconcierto. En octubre de 1974, Carlos Arias me pidió que fuera a la Secretaría General de la Presidencia. Fue un momento de intento de apertura, porque, aquí, lo que está claro es que para mi generación política de la derecha la democracia tenía que ser el desenlace del régimen. De vez en cuando el régimen se asustaba de la apertura y vuelta atrás. Arias había pronunciado el discurso del "espíritu del 12 de febrero", en 1974, que nos devuelve la ilusión de que las cosas iban abriéndose. Pero Arias era un personaje dubitativo. Por una parte era consciente del tiempo en que vivíamos, de lo que pasaba en Europa. Pero luego comía con algunos históricos y se asustaba. Le decían que la apertura era "una traición a los muertos" y que volver a los partidos era volver al caos. Total, que le convencías por la mañana de una medida aperturista y luego, por la tarde, decía que tenía que reflexionar y la aplazaba».
l Ministros aperturistas. «Se produjo en aquel momento la crisis de Pío Cabanillas, ministro de Información y Turismo. El régimen no entendía: una cosa era apertura política y otra que de pronto hubiera pornografía. Debió de haber un dossier muy gordo sobre revistas que publicaban pornografía y entonces le dijeron a Arias que relevara a Pío, y lo cesan el 29 de octubre de 1974, el mismo día en que yo tomé posesión de la Secretaría de Presidencia, lo cual era una cosa paradójica. "¿No hemos venido a ayudar a la apertura?", me pregunté. A los seis meses se fue Licinio de la Fuente del Ministerio de Trabajo y me llamó Arias. "Presidente, es que aquí no sabemos bien lo que pretendemos; hay que decidir por un camino o por otro". Y entonces me explicó que había conseguido del Generalísimo cesar a los ministros más reaccionarios, y que entrábamos Álvarez de Miranda, asturiano de Grado, un señor excepcional; Fernando Herrero Tejedor, padre de Luis Herrero; José María Sánchez Ventura, José Luis Cerón?, era la apertura dentro del sistema».
l Anciano, pero sentencioso. «En los meses que yo le traté, de marzo a octubre de 1975, no puede decirse que Franco no estuviera en condiciones. La cabeza la tenía completa; era un anciano, pero hacía frases cortas y sentenciosas y acertaba en casi todas. El general Franco era un personaje excepcional. Yo le llevé el decreto ley de Huelga, que casi está en vigor porque luego lo modificó Rengifo, el primer Ministro de Trabajo de Adolfo Suárez, pero no se ha aprobado una ley de huelga después de la Constitución. Nadie se ha atrevido. Pues yo, después de que Franco había pronunciado ochenta discursos contra la huelga como la causa de todos los males de la patria, fui un día con el decreto porque había que reconocer la huelga; era imposible negarla, y menos en el marco europeo, y porque estábamos en el aperturismo, por lo menos eso estaba en mi mente. Hablé una hora con Franco, mano a mano, con el texto delante. Me había leído todos los discursos suyos, donde hablaba de los inconvenientes, y estudié la fundamentación. Había garantías: el preaviso, o que no podía haber huelgas de solidaridad. Cuando acabé, me dijo: "Ministro, contra la realidad no se puede ir". Y el decreto ley está firmado por el Generalísimo Franco».
l Las últimas penas de muerte. «El terrorismo fue un drama. Franco había indultado en el proceso de Burgos, en 1970, a todos los terroristas de entonces, entre los que también había asesinos. Después de lo cual se produce el asesinato de Carrero, o la bomba de la calle Correo. Después mataron a miembros de la Guardia Civil y se aplicaron las leyes con mucho rigor. Era muy difícil no aplicarlas porque era un momento en el que a Carlos Arias le acusaban de debilidad. Y hubo cinco ejecuciones, las últimas en España, aunque en Europa aplicó penas de muerte después Giscard, en Francia. Yo no estaba de acuerdo, eso lo sabe todo el mundo; no soy partidario de la pena de muerte. Entonces el problema era si dimites o no dimites. De las deliberaciones del Consejo de Ministros no puedo hablar; juré secreto».
l La hora de la muerte. «La Residencia de La Paz dependía de mi Ministerio, Trabajo y Seguridad Social, de modo que yo estaba a la puerta de La Paz cuando llegó la ambulancia con el Generalísimo. Yo acudía cada vez que iba la mujer, la hija o los Príncipes. Con los médicos tuve mucho contacto y el marqués de Villaverde se comportó admirablemente desde mi punto de vista. Yo no creo que él vendiera las fotos de Franco en agonía. Lo que yo presencié fue a un marqués de Villaverde dedicado a lo que le hiciera falta a su suegro. Es mentira que hubiera ensañamiento y no se le prolongó la vida. Los doctores de La Paz, muy solventes, respaldaron lo que se hacía. Si acaso?, si acaso, la hora de la muerte? Pudo suceder que alguien pensara que no fuera el 19, sino el 20 de noviembre, porque un 20 de noviembre había muerto José Antonio Primo de Rivera, y entonces se producían dos fechas seguidas de luto, y se pensaba que se iba a conmemorar la muerte de Franco durante mucho tiempo. No sé en qué momento exacto se produjo el fallecimiento. Había un chiste de la época: la suma de los dígitos del 18-07-36 (inicio de la Guerra Civil) más los del 1-04-39 (final de la contienda) daban 19-11-75».
l Todos los nombres previstos. «Cesé en diciembre como ministro y me fui muy tranquilo a casa, pero el Rey me nombra procurador en Cortes, de modo que yo he sido el único español que ha acudido por cuatro cauces diferentes a la Carrera de San Jerónimo: procurador nombrado por el Rey, procurador familiar, procurador como ministro, y diputado demócrata en 1982. En aquel momento hubo la batalla interna del nombramiento de Torcuato Fernández-Miranda como presidente de las Cortes. Arias no era muy entusiasta de Torcuato y ahí el Rey debió de emplearse a fondo y fue un acierto, porque en esas circunstancias era más importante la presidencia de las Cortes que la del Gobierno. Torcuato organizó la Reforma Política y me llamó. Había sido profesor mío en Oviedo y era listísimo: "Quiero que estés en la ponencia de la Reforma". "¿Y quiénes son los demás?". Y me dijo una frase tan maravillosa como falsa: "Si tú aceptas, los que quieras; si no aceptas, no lo he pensado". "Bueno, veamos". Él lo tenía todo previsto: "Nadie que haya hecho la guerra". "De acuerdo". "Y una señora: Belén Landáburu, de la Sección Femenina; ¿y qué te parece un grande de España apellidado Primo de Rivera; y Noel Zapico, sindicalista; y Olarte, del Cabildo de Canarias?". Él tenía los nombres muy pensados y yo le dije que "sí" a todos. Noel Zapico, aperturista asturiano, era amigo mío, un tío sano y noble».
l Orador y sofista. «Miguel Primo de Rivera presentó la ley de Reforma y cuando subieron a la tribuna los enmendantes a la totalidad, la dialéctica de llevar la contraria me la encargaron a mí. Era francamente lo difícil. Aparte de Blas Piñar, que estuvo brillantísimo, y Raimundo Fernández Cuesta, un gran orador, el más impertinente y el más agrio fue Fernández de la Vega, hermano del padre de María Teresa Fernández de la Vega. Salió bien y se aprobó la Reforma Política con amplia mayoría. Lo difícil era que los principios del Movimiento habían sido declarados "permanentes e inalterables por su propia naturaleza". Claro, desmontar esa afirmación es lo que era muy complicado y ésa fue mi tarea. "Gran orador y por tanto gran sofista", ha dicho después de mí el periodista Abel Hernández».