J. E. MENCÍA
Aeropuerto de Barajas, 11 de enero de 2010, cinco de la tarde.
Cada 300 metros hay un desfibrilador. Como si fuera siempre el minuto noventa y Messi entrara en el área con el balón controlado. En el mostrador de información de Iberia, en la zona de llegadas de la T4, debería estar Ibrahimovic esperando el rechace, pero no, lo que hay es una cola de gente de más de 100 metros, a razón de dos personas el metro, como ordenados por César Luis Menotti, achicando espacios. Por la mañana sólo han salido 160 de los 1.200 vuelos previstos. El atasco es monumental y las explicaciones variadas: el temporal en Europa, la falta de maquinas para calentar los depósitos de combustible, que se han helado durante la noche, y una protesta encubierta de los controladores aéreos.
La probabilidad no falla, entre las más de doscientas caras largas de la cola hay una conocida: de Turón. «Llevo dos horas, y mira», dice Clara Fernández, señalando el mostrador con un leve movimiento de cabeza. Aún le faltan unos sesenta turnos para llegar. Casi otras dos horas, calcula. «Es una vergüenza... Vamos a Tenerife, salimos de Asturias por la mañana, en Santiago del Monte nos aseguraron que no había problemas con el vuelo y al llegar a Barajas resulta que lo que no hay es vuelo. No sé que hacer, si me hubieran dicho esto me habría quedado en casa». Ante el panorama, parece que el mostrador de Iberia no es lo más recomendable a menos que se quiera probar la eficacia del desfibrilador más cercano. Además, probabilidad también, seguro que hay un médico.
En los mostradores de facturación de Iberia se enciende una luz de esperanza: la cola es de sólo seis personas. El luminoso indica que se trata del embarque para Malabo, pero nadie factura maletas para Guinea. Preguntan por vuelos a Barcelona, a Tenerife, a Valencia... El joven trata de capear su propio temporal como puede.
-Buenas tardes, tengo un billete para el vuelo Madrid-Asturias de las nueve de la noche, ya sé que no es el día más idóneo para ello, pero ¿habría posibilidad de adelantarlo? (son las cinco y media de al tarde).
-Mire, señor, es mejor que mantenga su vuelo porque tiene el billete confirmado y no aparece retrasado. En los anteriores debo ponerle en espera y no es seguro que tenga plaza. Además, el de las ocho está demorado a las once y media.
El operario de Iberia también recomienda que la consulta se repita una vez pasado el control policial, ya en la zona de tránsito. Poco a poco uno irá comprobando que hay mostradores de información de Iberia, mostradores de tránsito, mostradores de Aena, mostradores de facturación y mostradores de embarque y que la información entre ellos no suele coincidir. Junto a ellos, los paneles de información con sus tripas de cifras y letras luminiscentes. Son como oráculos ante los que muchos juran en arameo cuando aparece «delayed» o incluso aplauden y saltan como si les hubiera tocado la lotería cuando les asignan puerta de embarque. Muy cerca de todos ellos, de los mostradores y los paneles, los desfibriladores. El vuelo que estaba en hora en el mostrador, el de las nueve, aparece en el panel retrasado a las doce y media de la noche. «Pase por el mostrador de su compañía», recomienda el electrónico.
Ya en tránsito y sólo tras ser sobado concienzudamente por un funcionario policial que no acierta a comprender por qué el viajero -sin abrigo, bufanda, chaqueta, reloj, cinturón ni zapatos- sigue pitando bajo el arco de seguridad, se puede buscar el mostrador de información de Iberia en la zona de tránsito. Allí, Elena y Estrella, dos jóvenes de La Coruña que llevan seis horas -desde las once de la mañana, cuando se suspendió su vuelo- bailando por el aeropuerto en busca de una solución, logran al fin un vuelo... Un día después de lo previsto. A Ana, otra coruñesa que viaja con su hija Andrea, le consiguen plaza el mismo día. ¿Cómo? La azafata les explica que depende del precio del billete: si se compra en oferta no se tienen los mismos derechos y no hay reubicación.
Tras más de una hora de espera y tras advertir la encargada del mostrador de que su turno de trabajo se acaba dentro de veinte minutos, la azafata informa al viajero.
-Su vuelo está retrasado hasta las doce y media (algo que ya le había contado el panel electrónico)
-Sí, pero el aeropuerto de Asturias cierra a las doce.
-No puedo informarle de eso, señor, supongo que si Iberia lo mantiene será porque espera volar. Tiene que esperar al menos hasta las once y media para saber si habrá avión.
-¿Y luego?
-Es muy pronto para hablar de eso ahora.
-Ya, pero usted se va y en tránsito no hay más mostradores, ¿no?
-Espero que la compañía ponga otro relevo. Además, señor, hay un vuelo ahora que está embarcando y que tiene plazas.
-¿Y cómo no avisó antes igual que cuando preguntó si había algún viajero para Ginebra porque salía un avión con plazas?
-Lo siento, no me di cuenta.
En la puerta de embarque M51, tras una carrera por la T4, otras dos azafatas informan de que el embarque está cerrado. Se hizo quince minutos antes de lo previsto y se embarcó a todos los viajeros a Asturias independientemente del vuelo que les correspondía.
Un hombre, un abogado que tenía un juicio en Oviedo al día siguiente, pierde la calma, se encara con las azafatas y acaba estrellando su maletín contra el mostrador de embarque mientras grita: «Esto es inaudito, y encima es inútil hablar con nadie». Otra pareja se anima y también protesta, su vuelo iba a Ginebra pero espontáneamente también le echan la bronca a las encargadas del embarque a Asturias, que tampoco saben si el vuelo de las doce y media se mantendrá sabiendo que Asturias suele cerrar a las doce. Recomiendan volver al mostrador de la compañía. Sorprendentemente, en la zona del aeropuerto en la que se vive el momento de mayor tensión no hay desfibriladores. Igual están mal colocados, observa otro viajero.
Vuelta atrás, de nuevo en el mostrador de la compañía. A las nueve, varios asturianos, entre ellos Zulima Velasco, Ángel Jiménez Lacave y María Dolores Fonseca, quedan como estaban tras pasar ante la azafata, que, no obstante, trata de atenderlos lo mejor posible.
-Lo siento, señores, es todo lo que puedo decirles. Deben esperar a que los paneles anuncien la cancelación de su vuelo y en ese caso volver al mostrador de Iberia en la zona de facturación y pedir un nuevo billete. Allí deben preguntar también si tienen un hotel asignado, aunque hoy en Madrid, con el montón de vuelos que han sido anulados, parece difícil lograr habitación. Una vez que les asignen hotel deben salir del aeropuerto y esperar el autobús junto a la parada de taxis.
La siguiente consulta, una mujer con un bebé, se dirige a Ginebra.
-Cómo que no puedo volar si el anterior vuelo ha salido y mi marido que lleva dos horas en el aeropuerto de Ginebra asegura que el tráfico aéreo allí es normal.
Por fin. A las doce y media sale el avión a Asturias con apenas cuarenta pasajeros. En Santiago del Monte se acaban los taxis, hay que llamar a Avilés y tampoco hay tantos de servicio. Cuando llega: «¿Tiene usted desfibrilador? Perdón, quería decir a Langreo, por favor». Son casi las cuatro de la mañana a la puerta del portal.