JUAN LUIS
RODRÍGUEZ-VIGIL
Querida directora, con verdadero estupor he leído en LA NUEVA ESPAÑA del pasado sábado unas declaraciones que, según parece, ha hecho don Joaquín Arce, militante del grupo político Los Verdes, director general de Recursos Forestales en la Consejería de Medio Rural y Pesca y que, supuestamente, es o se autoconsidera ecologista, en relación con el ilegal (y brutal) vertido de escombros, piedras y vegetación realizado al cauce del río Carondio, en un paraje de especial protección ambiental situado en un monte comunal próximo a la aldea de Beveraso, en Allande. Este señor no se arruga el tupé para decir que a principios de agosto pasado se le puso en conocimiento dicho atentado ecológico, pero que no hizo nada, ni adoptó ninguna medida de reparación o de averiguación del asunto porque (sic) «la denuncia la había hecho alguien "interesado" en una empresa competidora de la que realizó el vertido».
No sé, ni me importa, si alguna entidad mercantil competidora o no habrá denunciado el hecho a dicho funcionario público, aunque pienso que harían bien en hacerlo, entre otras cosas, porque con el vertido en cuestión alguien se ha evitado llevar al vertedero autorizado los escombros que hoy están en el cauce, con notable e irregular ahorro, que alguien habrá autorizado o tolerado, favoreciendo, en todo caso, una muy poco noble competencia, por dar una calificación suave al gesto, que difícilmente cabe pensar gratuito. En todo caso, para un funcionario público decente y honrado, lo único importante es si los hechos denunciados son o no ciertos, y no de dónde venga la denuncia, siempre que ésta no sea anónima.
Pero da la casualidad de que quien ha hecho la denuncia a la Confederación Hidrográfica del Cantábrico he sido yo, que no tengo interés económico alguno ni de otro tipo en ninguna empresa mercantil, ni de otra naturaleza. Hace muchos años que me interesa mucho la situación de nuestro medio rural y, sobremanera, la situación de los montes comunales asturianos, víctimas de un abandono notable y de una gestión deplorable, que afecta muy negativamente a los cada vez menos asturianos que viven y trabajan en nuestro medio rural. Y no me guía en este asunto más interés que la defensa de un paisaje hermoso y virginal que ha sido brutalmente agredido en medio de la total complacencia del verde director de Recursos Forestales, que por ello debería ponerse verde de vergüenza y no tratar de tapar, como hace, algo que a todas luces es asunto feo y espinoso. Efectivamente, antes de a la Confederación Hidrográfica, y cumpliendo con un elemental deber ciudadano, puse en conocimiento de dicho director de Montes el atentado que había visto y fotografiado, precisamente, porque estaba dentro de sus competencias arreglar el daño y depurar las responsabilidades de todo tipo, administrativas y medioambientales, que derivaban del asunto. La actitud de defensa de la naturaleza del verde director de Montes consistió en no hacer nada, simplemente, al cabo de varias semanas, acusar recibo de la carta que le remití. Consecuentemente, vista la inacción del responsable administrativo, cuya Dirección había redactado y contratado el proyecto y, lo que es más relevante, había dirigido las obras, dándolas de paso y certificando su pago, por estimarlas, al parecer, correctas, me vi en la obligación de hacer lo que cualquier ciudadano decente haría: denunciar el hecho a la Confederación Hidrográfica del Cantábrico, que ha comprobado claramente la magnitud del daño y sus causas, instruyendo como es normal en una administración seria y profesional el correspondiente expediente sancionador, que en su momento obligará a reponer el cauce a su ser y estado anterior, imponiendo la correspondiente multa al infractor o a los infractores. Y, naturalmente, entonces la Dirección de Recursos Forestales que dirige este señor autoconsiderado ecologista verde tendrá que arreglar los daños medioambientales, pero no por espíritu verde, sino porque se lo impondrá coactivamente la Confederación. La verdad es que, a la vista de esta historia, tal parece que hay verdes que deberían cambiar su color hacia el marrón, porque da la impresión de que allí se encontrarían más a gusto.