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Don Fidel, el servidor fiel

La trayectoria de un sacerdote que sólo sembró bondad

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Don Fidel, el servidor fiel
Don Fidel, el servidor fiel  

JAVIER GÓMEZ CUESTA
PÁRROCO DE SAN PEDRO
DE GIJÓN
El nombre que le pusieron en el bautismo fue toda una profecía. Fue un hombre fiel a la Iglesia, a los amigos, a su pueblo cabraliego de Tielve, donde nació y ejerció los seis primeros meses de su ministerio sacerdotal, recibido el 14 de junio del año 1953, seguramente porque en aquellos pueblos de ensueño, colgados en la montaña asturiana de los Picos de Europa, tierra de los mejores quesos y cabritos, en aquel momento no había sacerdote. Allí, donde había nacido el 2 de abril de 1925, entre los suyos comenzó su vida sacerdotal. Allí volvería todos los veranos a pasar un mes de vacaciones con su hermana Margarita y su cuñado Pablo (tantos años en el servicio de la portería y cuidador del Arzobispado, hombre leal y responsable) y sobrinos, a los que quiso y le quisieron mucho. Volvía siempre con el regalo de un sabroso y mejor queso de Tielve, el que gana más concursos, para sus amigos. Debe saberse que una de las mejores cuevas donde se fermenta el queso picón lleva el nombre de la Cueva del Cura. ¡Sabrosísimo!

Don Fidel fue al Seminario porque en su parroquia había un sacerdote, oriundo de La Magdalena, de León, preocupado por las vocaciones, don Pedro Fernández Rodríguez, que unos años más tarde, después de la Guerra Civil, sería nombrado párroco de Cuenya y Tresali, en Nava, y que llevaría también al Seminario a don José Luis González Novalín, lo que hizo que surgiera entre los dos seminaristas una entrañable amistad. Como todos los de aquellos años, pasó hambre en Tapia, austeridades y disciplina prusiana en Valdediós, para pasar a estrenar después el nuevo Seminario del Prao Picón, en Oviedo.

Debido a su temperamento sereno, sencillo, servicial, discreto y rezumando bondad, fue nombrado capellán de aquel arzobispo señero y con notas de genialidad que fue don Javier Lauzurica, juntamente con don Francisco Álvarez, cardenal emérito de Toledo. Era una estampa pintoresca ver a aquel corpulento y majestuoso vasco, de modales nobles, acompañado de aquellos dos sacerdotes de estatura menos que mediana, pero ágiles y vivaces. Muchas cosas y anécdotas sabía don Fidel, al que guardó siempre un gran cariño y fidelidad. Desde entonces, en su habitación hubo siempre una fotografía de este prelado, alto, señorial, de decisiones ocurrentes e inmediatas, que marcó una etapa singular en la historia reciente de la diócesis y que fue un enamorado de Covadonga.

Viendo el currículum de don Fidel, que lleva en su haber cincuenta y seis años de cura, uno no puede menos que admirar su disponibilidad. Nunca pidió o solicitó parroquia o cargo alguno, pero hizo de todo y anduvo evangelizando por media Asturias. San Martín de Podes, en Gozón; Fresnedo, en Nava; Pandenes, en Villaviciosa; prefecto del Seminario Menor; Santianes, en Pravia, y capellán del colegio de Los Cabos, donde hizo una gran labor humana y educativa; arcipreste en aquella zona; Arriondas, en cuya parroquia tuvo que emprender importantes obras; capellán del Hospital del Oriente; miembro del colegio de consultores y del consejo presbiteral y, luego, cuando la diócesis tuvo que hacerse cargo de la llamada y conocida Iglesiona gijonesa del Sagrado Corazón, hoy basílica, el arzobispo don Gabino no dudó en nombrar como rector de ese santuario a don Fidel. No era fácil el cambio de los jesuitas. El padre general Kovenbach tuvo que resistir presiones y reivindicaciones no muy agradables. Don Fidel era la persona indicada para hacer una transición sin polémicas ni disgustos por su paciencia, su trato suave y compresivo, su diálogo conciliador y su espíritu de fortaleza. Y la verdad es que, acompañado del entonces obispo auxiliar, don Atilano, lo hizo de maravilla.

En todo este largo itinerario pastoral fue sembrando bondad, compañerismo, amor a la Iglesia, celo evangelizador. Un hombre que no metió ruido, que siempre quiso estar al día, que tuvo como una responsabilidad la formación continua y permanente, y de una finísima espiritualidad, nada ñoña, que le hizo confidente y confesor de muchos.

Desde el mes de septiembre, después de su preceptiva estancia vacacional en su pueblo de Tielve, respirando oxígeno y restableciendo su salud, que empezaba a dar síntomas de quebrantamiento, tuvo que retirarse, no sin sentimiento, a la casa sacerdotal.

La muerte, aunque con sorpresa, le encontró preparado. Del Señor habrá escuchado esas palabras que pueden resumir toda su vida: Fidel, hombre bueno y solícito, porque has sido fiel, entra en el gozo de tu Señor.

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