Pola de Somiedo,
Ignacio PULIDO
Pola de Somiedo ha dejado atrás su pasado como capital de uno de los concejos con la renta per cápita más baja de Asturias. Tras la declaración del parque natural de Somiedo, en 1988, el devenir del municipio ha efectuado un giro de ciento ochenta grados. La conservación de la naturaleza y el desarrollo sostenible han facilitado un fuerte crecimiento económico fundamentado en el turismo. A pesar de todo, la edificación de inmuebles de nueva construcción, en detrimento de las viviendas tradicionales, ha alterado por completo el aspecto rural de la Pola.
El nuevo Plan General de Ordenación (PGO) del concejo somedano, que autoriza la edificación de 200 pisos nuevos y de dos áreas industriales, ha sido recibido con ilusión por la mayoría de los vecinos. Mientras, otros lugareños temen que se trate de un arma de doble filo que acabé con la estampa bucólica que persigue el visitante que se deja caer por tierras somedanas.
La construcción de nuevos edificios ha atraído a numerosas personas procedentes del resto del Principado e incluso de otras comunidades autónomas, que han adoptado a Somiedo como segundo domicilio en su mayoría. No es el caso de María Pilar Rueda, una catalana a punto de obtener su diplomatura en Turismo y que trabaja en un comercio de la Pola. Rueda considera que el PGO traerá sustanciosos beneficios al concejo. «Contribuirá a que la gente se quede en el pueblo y a crear puestos de trabajo. Todo lo que suponga mejoras para el municipio atrae al turismo», señala.
A pesar de tener un apellido vaqueiro, Lisi Cano es una catalana con ascendencia andaluza que trabaja en un hostal de la Pola. Hace tres años, Cano recaló en el concejo atraída por su encanto natural. «La autorización para construir 200 viviendas nuevas me parece exagerada. Creo que son más que suficientes todos los pisos que se han hecho. Además, deberían de tener una planta menos y sus fachadas deberían de estar cubiertas con piedra. Romperían menos con la estética general», matiza. Y añade: «No sólo se puede pensar en el negocio, también se debe de tener en cuenta al entorno».
Cristina Álvarez es una joven somedana que hace ocho años optó por abrir una sidrería en la Pola. A lo largo de este tiempo ha experimentado un gran aumento de clientes, procedentes en su mayoría de las diferentes obras acometidas en la capital. «El PGO nos viene bien de cara al negocio. Antes servíamos cuatro cafés en toda la mañana, ahora por lo menos treinta», matiza Álvarez.
A pesar de todo, la crisis del ladrillo y otros factores, como la finalización de las obras de la carretera entre Belmonte y Aguasmestas, han dado al traste con esa época de bonanza. «Cuando se comenzó a edificar se notó muchísimo en los negocios. Ese impulso ha decaído. Además, muchos obreros ya no se quedan a pernoctar tras el arreglo del vial hacia Belmonte», subraya Lisi Cano.
Salomé García es memoria viva del profundo cambio experimentado por Somiedo durante las últimas décadas. Esta mujer de 84 años de edad sufrió en sus carnes la dureza y las penurias de antaño y ahora afronta el presente con asombro. «El pueblo ha crecido muchísimo. Recibe a mucha gente de afuera y la vida no tiene ni punto de comparación con la de antaño», explica, y prosigue advirtiendo de que «el número de negocios se ha multiplicado». «Antes tan sólo había tres pequeños comercios», enfatiza.
Aunque más joven que Salomé García, José Aparicio (70 años), otro somedano de pura cepa, recuerda como muy lejanos los viejos tiempos. «Se vivía casi exclusivamente del ganado y las viviendas eran todas muy humildes. Antes todos eran ganaderos en la Pola, ahora tan sólo son dos familias», comenta. Este hombre, nacido en Villar de Vildas y residente en la capital somedana desde hace seis años, sostiene que la situación ha mejorado para los jóvenes del pueblo. «Antes no había oportunidades. Ahora muchos trabajan en el Ayuntamiento», explica mientras a escasos metros, en La Trapa, se erige una de las últimas construcciones levantadas.
Y es que el sonido de las grúas y de las radiales es ya común en la Pola, donde los inmuebles autóctonos permanecen a la sombra de las construcciones de nueva fábrica y donde la maquinaría de obra se desplaza de un lado a otro ante el idílico paraje de la montaña somedana.