ARTURO ROMÁN
«Que Dios les bendiga y que bendiga a los Estados Unidos de América», dicen que dicen en el «Desayuno de la Oración» de Washington, una especie de misa selecta en el Hilton, de acceso restringido y por invitación, a la que Zapatero, presidente laico, está invitado a hacerse una foto con Obama, el todopoderoso de aquí. Dios habrá bendecido América, pero no se apiadó del porvenir de los otros españoles que escucharon la prédica antes que Zapatero y rezaron con pastas y café con leche con otros presidentes menos negros de la Casa Blanca. En esta ceremonia ya se «coló» en su día algún ministro franquista de comunión diaria y el último, hace 22 añazos, fue Antonio Hernández Mancha. El mismo. Aquel líder de la oposición que no había entrado y ya estaba saliendo de la presidencia de Alianza Popular fue un día, el 4 de febrero de 1988, a desayunar en Washington, él con Ronald Reagan e invitado por un senador demócrata. Veloz como su paso por el primer plano de la política española, el breve sucesor de Fraga rezó y se hizo su foto sin conseguir una entrevista con el altísimo de entonces y, al volver, a algún socialista maledicente le faltó tiempo para atar cabos y recordar que a orar allí sólo se había ido con Franco. Lo dicho. Cuidado con el desayuno, que mancha.