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Lo que se quedó en La Habana

Souto y Fidel, dos caras del disco cubano

El senador y comisionado de Miami, nieto de un salense, asegura que Castro está en silla de ruedas y apenas puede hablar

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Javier Souto, ayer, en Oviedo.
Javier Souto, ayer, en Oviedo.  
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Oviedo

María José IGLESIAS

La historia del senador Javier Souto, de orígenes salenses, comisionado del condado de Miami-Dade (una administración con 8.000 millones de dólares de presupuesto y 30.000 empleados), consejero del Puerto, del aeropuerto (el tercero del mundo en volumen de carga) y responsable del distrito 10, área de West Miami, comenzó en Sancti Spíritus, cuna de la guayabera.

Se educó en Lasalle y después en La Habana. Coincidió con la hija de Batista en los Jesuitas y con Fidel Castro en la Universidad. Trabajaron en el mismo edificio, gestionando la reforma agraria de la isla. Souto, años más joven que el Comandante, hacía prácticas como economista.

Recuerda un cabaré donde iban en El Vedado. El lugar ideal para llevar a las niñas de la Somosaguas habanera. Pieza glamurosa de aquel puzle movido por Batista, mecido desde Washington e idealizado hoy hasta el extremo, noventa millas al otro lado del estrecho.

En 1959 el cuento se rompió. Llegó la Revolución verde teñida de rojo. Souto se fue a Miami. Se casó con Berta, una de las jóvenes más lindas de su época. Nada hubiera sucedido si a finales del XIX el abuelo Francisco López Álvarez, militar, nacido en Alava (Salas) y con raíces en Belmonte, no se hubiera ido a servir a la isla. Tras la guerra vino el matrimonio con una Ríos, descendiente de andaluces y canarios. Álvarez se quedó.

Es feliz solucionando los problemas a los miamenses de su jurisdicción. Estos días está de visita privada en Asturias. No ha parado. Un primo tiene un restaurante en el Puente de San Martín; otro, una cafetería en Oviedo. Ha visto a amigos como el hostelero Javier Antón o el consejero de Infraestructuras, Francisco González Buendía. «Somos los españoles del Caribe, nos gusta demostrarlo». No le hace tanta gracia la pervivencia de Castro en el poder.

Lo que es la vida. Dos de sus amigos y compañeros de filas republicanas en Miami son los congresistas Lincoln y Mario Díaz-Balart, sobrinos políticos de Fidel, por parte de Mirta, su primera mujer, un bellezón de la alta burguesía habanera. Es la madre de Fidelito, el primogénito, físico militar. «Puede dar alguna sorpresa».

Mientras, los primos, enseñas del anticastrismo en Washington, pelean contra Obama. Antes defendían la «doctrina Bush». La dinastía texana es intocable para Souto. «Una familia estupenda, religiosos y buena gente, pero en política a veces estás mal aconsejado y hay que pagar peajes. Obama se meterá en otra guerra y la gente se dará cuenta». Cuando Jeb, hermano del ex presidente, gobernó Florida Souto fue su mano derecha. Ahora el joven abogado republicano Marco Rubio compite por un escaño en el senado federal. Antes tiene que ganarle la candidatura al gobernador Crist. No duda de que a Obama la derrota de Massachusetts le ha dado en el mascarón de proa. «Rubio puede ser el Obama republicano, es un tipo rápido, pero debe mantener los pies en la tierra».

«Muchos están decepcionados con el presidente, tiene un nivel mucho más bajo de popularidad que el de Bush en el primer año de su segunda legislatura, no repetirá mandato». Lo dice un admirador de Sarah Palin. La define como «inteligente y atractiva». Souto ha digerido cómo la conservadora Florida se rendía a los brazos demócratas. «El triunfo de Obama vino de los independientes, muchos cubanos también le votaron».

Y rompieron la tradición. Todo buen exiliado es de derechas. Desde Kennedy y bahía de Cochinos. Ni perdonan ni olvidan el abandono del presidente. Souto es veterano de aquella reconquista frustrada. Tiene el número 2504 de la Brigada. Entró con los Grupos Especiales. «Lo de Al Qaeda y ETA lo entiendo bien, es como el cáncer, hay que extirparlo de raíz». Y, claro, cuando sale la enfermedad a relucir resurge la historia del enfermo más «ilustre» de Cuba.

¿Qué tiene Fidel? Souto lo explica perfectamente. «Más bien, qué no tiene». Para empezar, no puede hablar. «Si no, no estaría callado, la prueba es que cuando se siente mejor escribe». Dice que se enfrentó a sus médicos. «Él sabe de todo y les dijo cómo tenían que operarle». El resultado fue nefasto. Hugo Chávez, presidente de Venezuela, contactó con un médico americano en Kansas para pedirle que viese a Fidel en Caracas. Souto mantiene la versión que corre por Miami. A Castro se le complicó la operación de cáncer en una zona delicada. Estuvo a punto de morir, dicen. Cuando llegó a La Habana el doctor José Luis García Sabrido, director de cirugía del Hospital Gregorio Marañón, en diciembre de 2006, dijo que no había cáncer. «Porque ya se lo habían quitado». Han pasado tres años. «El Comandante es fuerte, siempre se ha cuidado, por eso resiste. Está en silla de ruedas, hasta que él no desaparezca nada cambiará, Raúl no tiene su carisma», apunta Souto.

A España la ve «enredada», pero con posibilidades, indica este político astur-cubano exiliado en EE UU. «Tienen que aprovechar el tirón de América latina y la Presidencia de la UE». Aclara que Zapatero no es santo de su devoción, por si había alguna duda. Souto está absolutamente seguro de que la vocación política le viene del abuelo asturiano. «Admiraba a Melquíades Álvarez y a Jovellanos». Tanto que a uno de sus hijos (tuvo trece) lo llamó Melquíades Gaspar. Al patriarca Álvarez le fue muy bien. «Los primos estamos regados por el mundo». Tienen algo en común: adoran España. Llevan a Cuba muy dentro. El gran conversador se calla cuando escucha una música familiar. «Esa canción es cubana». Por si a su interlocutora no le ha quedado claro, remarca «la cantaba mi madre». Algunos Álvarez triunfan en Broadway. María Álvarez Ríos, otra hija del salense, es una reconocida compositora. «Es feliz», dice.

El senador sonríe cuando se entera de que la actriz Eva Longoria, «mujer desesperada», comparte origen belmontino. «Pues va a ser que en la zona abunda el talento».

«Fidelito el loco»

Javier Souto recuerda que ese era el apodo que tenía el Comandante en el Colegio de Belén, el centro de los Jesuitas, que también existe en Miami, al que acuden los nietos de aquellos niños de los años cuarenta. Entre las compañeras de curso del senador está una hija del derrocado presidente Batista. Otros amigos son el gobernador de Florida, Bob Martínez, nieto de una gradense, y Leopoldo Fernández Pujals, fundador de Telepizza y presidente de Jazztel.

Niño pobre de familia rica

El problema de Fidel es el resentimiento, dice Souto. Su padre, el gallego Ángel Castro, industrial azucarero, le tuvo a él y a otros seis hijos con Lina Ruz, la criada. Más tarde se casó con ella en segundas nupcias. Fidel tuvo infancia de niño pobre en una familia rica. Le quedó marcada la diferencia de trato con sus dos hermanastros, hijos de Ángel y María Argote. Por eso lo primero que hizo cuando tomó el poder fue nacionalizar la industria azucarera y expulsar a los americanos.

Comparación con Obama

Obama y Fidel tienen mucho en común para Souto. «Fidel conducía «descapotados» americanos, se alojaba en el Biltmore de Miami. Engañó a todos haciendo creer que era pobre. Obama pertenece a una élite intelectual y ha sabido atraerse a las clases medias».

El futuro incierto

Souto asegura que la isla se encuentra en situación terminal. Sostiene tajantemente que no es posible un cambio violento. Su mejor ejemplo es la transición española.

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