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El atrio de los gentiles

La Iglesia asturiana debe mostrarse dialogante con su entorno en un nuevo impulso evangelizador

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El atrio de los gentiles
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JAVIER GÓMEZ CUESTA
PÁRROCO DE LA IGLESIA
DE SAN PEDRO DE GIJÓN
La historia de las diócesis o de las iglesias locales o particulares, como las llama el Concilio Vaticano II, se suele analizar, estudiar y valorar por pontificados o períodos de tiempo gobernadas y pastoreadas por cada obispo. Así, se habla de la iglesia de Asturias durante el episcopado de Agustín González Pisador, de Ramón Martínez Vigil o de Javier Lauzurica. Unos han tenido una estancia más corta, como Vicente Enrique y Tarancón que no llegó a cinco años y, otros, mucho más larga, como el de Gabino Díaz Merchán que rebasó los treinta y dos. Aunque, entre los 119 que han regentado esta diócesis ovetense, ha habido varios que no han durado ni un año siquiera y, posiblemente, no llegaron a visitarla sino que la administraron -con eso creyeron cumplir su labor- por sus procuradores o arcedianos. Estuvieron más ocupados en labores de Estado como miembros del Consejo del Reino o ejerciendo de Inquisidores Generales. Por otra parte, la diócesis de Oviedo, por ser periférica y trasmontana, era considerada como de paso o de escalón para otros ascensos como Zamora, Ávila, Plasencia, Burgo de Osma, Calahorra o el mismo León. Alcanzó la nominación de arzobispado en el siglo XI, pronto la perdió, hasta que fue recuperada nuevamente muchos siglos después, en 1954, por el arzobispo Lauzurica.

La pobreza o bondad del gobierno de un obispo no se puede medir solamente por la amplitud de sus años de estancia. Mucho más se debe a la valía o carisma de su persona para la misión que debe desempeñar, a la creatividad e iniciativas que ponga en marcha y al acierto en la elección de sus acciones prioritarias y, desde luego, a la capacidad para lograr el entusiasmo de los sacerdotes, sus imprescindibles colaboradores. No soy experto en historia, aunque sí lector y deseoso conocedor de la historia de mi tierra y de mi Iglesia, aunque queda mucho por investigar. Ha habido varios intentos de elaborar con rigor científico una completa historia eclesiástica que no llegaron a cuajar y eso que contamos con extraordinarios expertos.

De todos es conocido que Fernando Valdés Salas, en sus seis años de prelatura, fundó la Universidad de Oviedo; que Pisador fue un gran restaurador de la disciplina eclesiástica y de la religiosidad popular, así como mecenas de la Universidad dotándola de Facultad de Medicina y Anatomía; que Benito Sanz y Forés fue el iniciador de la Covadonga actual; que Ramón Martínez Vigil fue el que el que reformó y dotó la nueva administración parroquial que ha estado vigente hasta ahora y que suma más de novecientas parroquias; que Tarancón fue el gran sembrador de las reformas conciliares; y que Don Gabino, además de inculcar y enraizar el espíritu conciliar en las instituciones diocesanas, logró acercar y reconciliar posturas antagónicas derivadas de la contienda civil y dar a la misión de la iglesia una gran impronta social.

Llega un nuevo arzobispo. Comienza una nueva etapa. Todo inicio debe ser fecundado en la esperanza. En algún escrito se le ha dicho, con sinceridad, a dónde viene y qué problemas, deseos o aspiraciones tenemos. Lo más normal del mundo. No estamos en una iglesia críptica o acomplejada ni de guetto. Ni queremos ser incómodos por genética. Es evidente que hay diversas sensibilidades, como se dice ahora. Es imposible una iglesia uniforme. Estaría fosilizada. Porque hay diversidad, hablamos de una iglesia de comunión y sabemos lo que eso implica. A nuestro patrimonio evangélico y eclesial pertenece una de las frases más lúcidas de este mundo: «La verdad nos hará libres». Naturalmente que la verdad tiene ópticas muy personales y que todos somos buscadores de la Verdad con mayúscula.

Es muy posible que nos andemos enredando en problemas muy intradomésticos y que perdamos de vista la gran finalidad de la Iglesia, que es evangelizar. Como decía Pablo VI «la Iglesia es para el mundo». Y Juan Pablo II remataba afirmando que «el camino de la Iglesia es el camino del hombre». Aquí está el gran reto que no hemos logrado afrontar con acierto. Es patente la dificultad que encuentra la Iglesia para comunicar su mensaje a un mundo tan cambiado, que ya no es el del Vaticano II. Los interlocutores no son los mismos, tienen otra mentalidad. A esto, hay que añadir la crítica exagerada que se ha hecho al Concilio por algunos sectores, viendo y aumentando más las desviaciones que las luces e inspiraciones del Espíritu y mermando y ahogando el entusiasmo y el coraje evangelizador. He leído una entrevista del P. Miquel Batllori s.j., gran historiador de nuestro tiempo y premio «Príncipe de Asturias», en la que diagnostica que esa es la causa principal de la actitud de indeferencia religiosa que padecemos.

Más que pedirle al nuevo arzobispo, podíamos ofrecerle el deseo de un nuevo impulso evangelizador y de una iglesia dialogante con nuestro entorno. Me ha dado la idea un discurso de Benedicto XVI, del pasado mes de diciembre, donde al hacer balance del año 2009 que terminaba y, particularmente, de su viaje a la República Checa -donde hay más templos y bellísimos por metro cuadrado y, sorprendentemente, más agnósticos y ateos de toda Europa- sugería la necesidad de recrear en la iglesia el «patio de los gentiles», aquel espacio del gran templo de Jerusalén al que acudían personas de «todos los pueblos» en busca del Dios desconocido, cansados de sus dioses, mitos y ritos. El Papa nos anima a ofrecer e intensificar el diálogo «con aquellos para quienes la religión es algo extraño, para quienes Dios es desconocido». Se escribe y se debate sobre el futuro de Dios y de la religión en Europa, si la religión se está convirtiendo en ética y si sólo quedará una anónima y huérfana espiritualidad. Las pirámides de practicantes y creyentes dan una voz de alerta en esta España nuestra. Como dice también el Papa, es verdad que «sin Dios el hombre no sabe a dónde ir ni tampoco logra entender quién es», siguiendo el pensamiento de H.de Lubac de que Dios se manifiesta en lo más íntimo del hombre y cuando este hombre se encuentra con Dios, no se encuentra con una realidad ajena, y extraña, sino ante el misterio que es el mismo fundamento de su humanidad. Pero esto hay que proclamarlo y testimoniarlo en el «atrio de los gentiles» y no entretenerse en otros menesteres.

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