PEDRO DE SILVA
En la mañana, cerca de la primera hora punta -tráfico intenso en la calle, abuelas y mamás que empujan sillas, niños que corren camino del colegio-, trato de descubrir en todo lo que se mueve un principio de orden, como el que se aprecia en el oleaje del mar. El orden siempre reconforta, sugiere un sentido en lo que hay, y por tanto en los que nos movemos dentro. En el reproductor del coche suena «Música para cuerdas, percusión y celesta», de Bartok, lo que ayuda. Creo ir pillando el sentido interno del momento, cuando de pronto ocurre algo que echa abajo el intento. Sobre los árboles del parque, una bandada de estorninos alza el vuelo, y da en el aire los primeros capotazos, una gimnasia suya para ensayar la partitura. Tras la primera lección de orden sublime, se marcha, batiendo el aire a cada poco con un adorno, y yo quedo dentro de lo que ahora, sin remisión, veo como caos.