ARTURO ROMÁN
El arranque del ministerio de Jesús Sanz Montes como nuevo arzobispo de Oviedo sirvió para que los menos avezados en materia de mitras, incienso y dogma comprobaran que los obispos son de carne y hueso. Ahí está el caso del mitrado de San Sebastián, José Ignacio Munilla, que enfundado en su chapela huía como gato escaldado de todo lo que oliera a canallesca. Quizá su experiencia haitiana con los medios le hizo recordar aquello de «al Señor le gustan callados» y optara por guardar silencio para dejarlo todo en manos de su amigo Sanz Montes. Y eso que el recambio de Carlos Osoro no es de los que les salen llagas en la lengua de mordérsela. En sólo 72 horas en Asturias lo ha demostrado. También mostró que sabe gestionar muy bien sus silencios. Ahí está su homilía del sábado en la Catedral. Recuerdos para el Opus, Acción Católica, etcétera... Fuera se quedaron Lumen Dei, del que es comisario pontificio y con amplia representación en el templo, y los Legionarios de Cristo. ¿Un olvido con intención o una mala jugada de la memoria?