Mántaras (Tapia),
Tania CASCUDO
En 1926 veía la luz en la localidad tapiega de Mántaras José Luis López. Albañil, lechero y vigilante fueron los trabajos de su vida, a los que dedicó horas y esfuerzo para sacar adelante a su familia. Ahora disfruta de su jubilación y de su numerosa descendencia, con hasta nueve biznietos. «Y todavía estoy a tiempo de tener un tataranieto», bromea.
En las primeras décadas del siglo XX conseguir ir a la escuela era todo un lujo y en eso José Luis no fue una excepción. Por eso desde bien pequeño aprendió a trabajar en cualquier cosa que se cruzaba en su camino, primero yendo a ayudar a las casas vecinas y después trabajando fuera como albañil.
«Trabajé con el tío Pepín, un constructor de Tapia, e hicimos muchas obras como la reparación de la iglesia y también del instituto». Cuenta el protagonista de esta historia que eran unos cinco o seis trabajadores en la cuadrilla y se dedicaban a recorrer la zona realizando pequeñas obras, sobre todo de reparación. Por aquel entonces, su viaje más largo fue hasta la localidad lucense de A Fonsagrada.
Tiempo después, y por casualidad, le ofrecieron dedicarse a la recogida de leche por las ganaderías de Mántaras. El trabajo de José Luis era poco menos que artesano ya que no disponía de camión, sino que recogía la leche de casa en casa gracias a un carro arrastrado por un burro. El trabajo empezaba pronto y en los meses de inverno, cuando la leche podía esperar más tiempo en buen estado, hacía la recogida en dos turnos.
En verano, el reloj mandaba porque había que hacer más trabajo en menos tiempo. «No se podía ni parar a tomar el café, había que andar», explica. José Luis tenía una ruta fija que repetía a diario, midiendo y recogiendo la leche. Cargaba diariamente hasta 100 litros que luego conducía hasta la carretera general, donde el camión de Central Lechera le recogía los bidones cargados y le daba unos vacíos para la faena del día siguiente.
«Paraba en una docena de casas y nunca jamás nadie me dio problema, aunque a veces tocaba esperar porque no siempre les daba tiempo a mecer para cuando yo llegaba», explica. Confiesa que el trabajo no estaba del todo mal pagado, pero exigía esfuerzo, algo que el médico le prohibió por motivos de salud.
Fue así como pegó un cambio radical a su vida y pasó de vivir el tranquilo día a día de Mántaras al bullicio de Oviedo. A finales de los sesenta lo recomendaron para un puesto dependiente del Ministerio de Vivienda como vigilante de las promociones de viviendas protegidas.
Esta profesión hoy ya no existe, pero antaño eran figuras importantes para garantizar la correcta gestión y ocupación de cuanta vivienda protegida se construía. Recuerda José Luis que se ocupaban de un buen número de promociones en Oviedo. «En Ventanielles, en San Lázaro, en la Avenida del Mar y tengo ido hasta cerca de Trubia», cuenta. Al principio se desplazaba en autobús y ya con el tiempo se vio obligado a comprarse una moto. Lo que nunca tuvo fue vehículo y por eso los viajes a Tapia eran toda una hazaña. «Veníamos poco porque eran más de cuatro horas de autobús», precisa, dando cuenta de lo mucho que han cambiado los tiempos.
Su trabajo como vigilante incluía funciones diversas, desde controlar que en la vivienda se metía la persona adjudicataria de la misma hasta cobrar el alquiler y controlar los desperfectos. Por eso la labor era delicada porque trataba con mucha gente con muy pocos recursos y a los que apenas les alcanzaba para el alquiler. También había quien no se comportaba como debía y luego a José Luis y sus colegas les tocaba hacer frente a la situación. «Me acuerdo una vez que me tocó ir a una vivienda de uno que tenía la cocina estropeada. Resulta que picaba leña dentro de la casa y así la estropeó, claro», explica.
Trabajaba por turnos, a veces por la mañana y otras por la tarde, pero como el sueldo no era suficiente para mantener la familia a José Luis le tocó durante años trabajar como albañil para ganar un dinero extra. «Hacía pequeños arreglos por las casas», comenta. Incluso llegó a pedir las vacaciones al tiempo que un compañero para poder cubrir su puesto mientras él estaba ausente. Nunca tuvo problemas con los vecinos, aunque alguna que otra vez se llevó un mal trago, especialmente cuando le tocaba desahuciar a alguna familia por impago o incumplimiento de las normas.
José Luis se jubiló como vigilante y colgó su uniforme tras veintidós años de trabajo en Oviedo. Fue entonces cuando regresó a su casa tapiega de Mántaras, donde ahora reside. Confiesa que ya no echa de menos la capital en la que pasó buenos momentos. «Ya no conozco a nadie allí», sentencia.
Personal
Nació en 1926 en una casa de Mántaras y en una familia de seis hermanos. Se casó con una vecina del pueblo, conocida de toda la vida, y con ella tuvo dos hijos. La cuenta de biznietos es más abultada, ya que acaba de incorporar al noveno.
Profesional
Desde pequeño trabajó en lo que pudo, primero ayudando a vecinos y después como albañil en la cuadrilla del Tío Pepín. Estuvo a continuación recogiendo leche por las casas con la única ayuda de un carro y un burro para arrastrar la carga. Finalmente se marchó a Oviedo para trabajar como vigilante dependiente del Ministerio de Vivienda, para controlar las casas de protección oficial, Mantuvo esa ocupación hasta que se jubiló.