Oviedo, Luján PALACIOS
Los rumanos hacen patria en Asturias. Los ciudadanos de este país ya constituyen la mayoría de los 47.000 extranjeros que residen en el Principado, con 6.960 representantes. Son la nueva cara de la inmigración regional y forman un grupo bien definido: por lo general, se trata de profesionales cualificados que en Rumanía ganaban poco dinero y que acabaron decidiéndose por dar el salto a Asturias, donde ya tenían algún conocido, aunque aquí se hayan visto obligados a trabajar en oficios que nada tienen que ver con su formación. La crisis, además, está haciendo que el trabajo escasee y que la oleada de inmigrantes de años pasados se haya frenado de forma considerable.
Llegaron con la idea de volver algún día a su país para poder montar allí sus propios negocios y tener una buena casa en la que vivir o para poder costear los estudios de los hijos. Y casi todos ellos aseguran encontrarse muy bien en Asturias, porque al fin y al cabo no es tan diferente de Rumanía.
Muchos de estos inmigrantes pertenecen a la Asociación de Rumanos en Asturias (ARA), con 600 socios y presidida por Iuliana González Argüelles, que adoptó los apellidos de su marido. Ella es ya una de las más veteranas, después de trece años de estancia en España, y responde al perfil que ellos mismos definen del inmigrante rumano. Traductora de profesión, a pesar de su juventud sabe desde hace tiempo lo difícil que resulta en Rumanía labrarse un futuro. Por eso, un buen día se fue a Madrid y desde allí a Asturias. Aquí conoció a su marido y en Gijón ha formado una familia con una hija y otro bebé en camino.
«Yo he tenido buena suerte, trabajo como azafata de Alsa, pero lo normal es que mis compatriotas acaben en puestos que nunca antes habían desempeñado, a pesar de que tienen títulos universitarios y son muy buenos profesionales», indica Iuliana. La asociación que preside ha detectado, además, que cada vez menos rumanos acuden en su ayuda para establecerse en Asturias. «Ya no viene casi nadie, por la crisis. La construcción está parada y mucha gente se queda sin empleo. No son buenos tiempos», concluye Iuliana.
Constantin Busuioc salió de su Transilvania natal en 2001, «con el euro», como él mismo bromea. Atrás dejaba un trabajo de 23 años como técnico en una compañía telefónica para abrirse camino en Asturias, donde ya tenía un hermano empleado. «Me llamó, porque había trabajo. Estuve diez meses, sin papeles y sin saber hablar nada de español, en una empresa montando casas de madera», recuerda Constantin. Después lo echaron, y encontró empleo cuidando personas mayores. «Allí me arreglaron los papeles, y ya pude seguir trabajando», indica.
Su caso es un buen ejemplo de red familiar tejida en torno a un primer «valiente» que se lanzó a la aventura de emigrar. Constantin tiene en Asturias hermanos y sobrinos estudiando y se siente «como en mi país, encajamos muy bien en el clima y hasta en la comida, que también es parecida».
A ello se suma una habilidad innata para aprender el idioma que comparte buena parte de los rumanos. Como Maria Simion, que dejó su puesto como jefa de almacén en Rumanía y después de pasar unos años en Alemania optó por trasladarse a Asturias para venir a cuidar personas mayores. Ya lleva tres años aquí y destaca que «la gente es muy abierta y nos trata, por lo general, bien».
La experiencia de Carmen Ion, arquitecta en su país, o de Gheorghe Clopotari, ingeniero mecánico, también es positiva. Carmen tiene a toda su familia en Rumanía y trabaja en un hotel como camarera de piso, después de que «me recomendaran Asturias porque aquí, hace cuatro años, había bastante trabajo».
Gheorghe trabajó en una ganadería en Salas, mientras su mujer se empleaba como doméstica. Con un hijo abogado en Rumanía, en la actualidad es empleado de hogar y chófer de una familia ovetense, con la que asegura sentirse «muy a gusto, muy contento».
Y es que los rumanos deben hacer frente a un estereotipo que ellos mismos rechazan. «Cuando vas a pedir trabajo y dices que eres rumano, la gente enseguida piensa que eres gitano y ladrón, y la realidad no es ésa», explica Ionel Catalin Isuf. Él lleva tres años como butanero en la zona centro de Asturias, después de un breve período como camionero en su país. «Al principio, cuando entraba en las casas, la gente me miraba con desconfianza, pero ya han aprendido que soy honrado», comenta Ionel con humor.
Iuliana González destaca el hecho de que «quienes piden en los semáforos son gitanos, y no todos los rumanos somos gitanos; ojalá haya trabajo para todos y ellos mismos encuentren una forma de sobrevivir, porque nuestra asociación quiere ayudarles», indica la presidenta de ARA.
Para que los asturianos conozcan a los rumanos, el colectivo tiene en marcha varias actividades de divulgación. Próximamente organizarán una exposición de fotos y trajes tradicionales de Rumanía en el centro municipal integrado Gijón Sur y también darán a conocer una costumbre que tiene mucho que ver con las tradiciones asturianas: los huevos pintos de Pascua. El colectivo rumano celebra la Pascua con una misa cantada a medianoche en la iglesia gijonesa de San Lorenzo, y todos los interesados pueden acudir. Porque, como reflexiona Iuliana González, «somos muy parecidos a los asturianos y queremos estrechar lazos».