PEDRO DE SILVA
El tiempo meteorológico siempre viene con retraso respecto del astronómico, aproximadamente un mes. La llamada canícula, a mediados de julio, llega un mes después del solsticio de verano, y los días más fríos del año, en enero, un mes después del solsticio de invierno. Ese retraso, esa inercia del calor y el frío, esa propagación lenta de la temperatura, esa falta de automatismo, marca los tiempos reales de la existencia. Es un modo de agarrarse las cosas a su estado, sin dejarse arrastrar fácilmente al que viene detrás, aunque ya se den las condiciones. Sin embargo, con la primavera ocurre al revés. La primavera tiene prisa por llegar, empieza a empujar muy pronto, echa fuera las primeras flores en cuanto hay unos días de bonanza. Esa precocidad de la primavera, a contracorriente de la inercia, es la que la hace tan distinta, y nos indica que la vida es una rebelión frente al reloj.