Oviedo, L. Á. VEGA
El terremoto duró 37 segundos. Al principio no parecía gran cosa. «Luego escuché un ruido inmenso, todo empezó a temblar de forma terrible. Me levanté y caí en el salón. Todo se venía abajo y yo no podía mantenerme en pie», relata Samuel Riestra, el guardia civil de Tráfico que vivió en primera persona el terremoto de Haití, el pasado 12 de enero, mientras se encontraba en el país dentro de la misión de pacificación de la ONU. Riestra ha pasado unos días de vacaciones en Asturias, donde se ha reencontrado con sus preocupados familiares. Pero el próximo miércoles regresa a Haití. «Si antes hacíamos falta, ahora mucho más», asegura.
Ese 12 de enero, Riestra salvó la vida por poco. «Pensaba que me moría allí mismo», rememora. Pudo llegar a la calle sin ningún rasguño, en pantalón de deporte y camiseta. «Perdí el calzado por el camino», dice. Se sentía desorientado, mareado. En ese momento llegó ante su casa otro compañero, en coche. Se bajó, blanco como la pared y cayó al suelo. «Alzamos la vista hacia la parte alta de la ciudad y entendimos que había pasado algo muy gordo, la nube de polvo era inmensa», añade.
Las transmisiones por radio permanecían en silencio. Luego comenzó a escucharse una y otra vez: «Christoph a disparu», lo que significaba que Christoph, el nombre en clave para designar la base de la ONU, había desaparecido. Fue allí donde murieron la inspectora de Policía Rosa Crespo y la funcionaria Pilar Juárez, a las que Riestra conocía, más estrechamente a la primera. «María, una compañera de la Guardia Civil, pudo salvarse tirándose por la ventana desde un segundo piso», añade el agente sierense.
Mientras esperaban instrucciones, Riestra y su compañero vieron a gente gritando y llorando, y ayudaron a algunas personas atrapadas. Luego les ordenaron acudir a los puntos de reunión de la fuerza internacional. «La gente se tiraba a los coches de la ONU, desesperada. Las escenas eran dantescas. En la calle veías cadáveres apilados», relata.
Los esfuerzos se concentraron en localizar a los compatriotas en aquellos primeros momentos, en los que la llegada de ayuda internacional era imposible, ya que la torre de control del aeropuerto se había venido abajo y el puerto había desaparecido. «Estuve más de 40 horas sin dormir. No querías estar en casa. Hay tanto que hacer que ni te acuerdas de descansar. El primer día, además, hubo dos avisos de tsunami y había que prepararse para lo peor», señala.
De aquellos días tiene grabado por ejemplo el caso de Philippe, el administrador de los apartamentos donde Riestra se alojaba, que estuvo atrapado seis días bajo los escombros de un supermercado. «Nos contaba luego que se salvó porque había quedado atrapado en el pasillo de las mermeladas y pudo alimentarse. Junto a él estaba una mujer, con la que hablaba de vez en cuando. Luego, los hospitalizaron juntos, pero no pudo reconocerla, porque habían estado todos esos días en la más absoluta oscuridad», cuenta Riestra.
¿Por qué tan pocos supervivientes atrapados? El agente sierense lo explica por el tipo de construcción, muy precaria, y también por los techos gruesos, para aguantar huracanes. «No es fácil encontrar huecos de vida y se produce un aplastamiento total», señala. Además, no hay que olvidar «las temperaturas asfixiantes, de más de treinta grados».
Más tarde, Riestra estuvo de retén junto a lo que había sido la base de la ONU, mientras un equipo de la Unidad Militar de Emergencias (UME) trataba de recuperar el cuerpo de las españolas. «Fueron 15 o 20 días de trabajar de verdad. Ahora la situación se va normalizando y la misión de la ONU vuelve a enfocarse a su objetivo inicial de pacificación», asegura.
La vida en una ciudad sin energía eléctrica era dura y peligrosa. Los agentes de la Comisaría a la que estaba asignado, mandada por un sargento español, tuvieron que vérselas pistola en mano con una multitud de saqueadores. «Hay saqueos, pero antes la situación también era complicada», indica. Algunos mafiosos que escaparon de la cárcel fueron linchados al llegar a sus barrios, otros han conseguido controlar la calle. Riestra volverá la semana que viene a Haití, un país que le ha deparado «una experiencia personal única». Sobre todo está su deseo de que España y el cuerpo al que pertenece dejen una buena imagen.