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«El alcalde de Gijón nos recriminó que tocáramos las campanas de Somió»

«Una vecina fue a avisarme: "Don Alberto, que hay Papa nuevo y ye de Pénjamo"; pero era Juan XXIII, que resulta que era de Bérgamo, en Italia»

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Torga camina por las inmediaciones de la parroquia de San Pedro, en Gijón.
Torga camina por las inmediaciones de la parroquia de San Pedro, en Gijón.  marcos león

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l Latín con el párroco. «A los 11 años marché al seminario. Había venido un párroco nuevo a Nava, don Eulogio Nicieza, y un día en el catecismo nos habló del sacerdocio. A continuación preguntó si alguien quería ir al seminario y yo, que siempre levantaba la mano en la escuela, la levanté. Entonces mi hermano mayor, Saúl, que era mucho más formal que yo, exclamó "¡Tú cura!, ¿pero qué dices?". Fuimos a casa y mi hermano contó aquello. Mi madre se emocionó y mi padre dijo que era una rapazada. Entonces yo, aunque sólo fuera por llevarle la contraria a mi hermano, seguí insistiendo. Un día mis padres fueron a ver al párroco y les dijo que empezara a estudiar latín con él. Empecé a ir a las clases, pero el latín me aburría y piraba muchas veces. Muchos días vigilaba al párroco, que solía ir al cementerio a ver las obras de ampliación. Sabía el momento en el que él estaba fuera, pero justo entonces yo iba a la parroquia y preguntaba por él. Me decían que había salido y yo tiraba para casa. Otras veces directamente no iba. Hasta que un día me dijo mi padre que había estado con don Eulogio. "La que me va a caer", pensé, pero mi padre comentó que el cura le había dicho que yo iba muy bien en los estudios».

l Hambre en Donlebún y Valdediós. «Total, que el 1 de octubre de 1944 me marché a Tapia de Casariego, al seminario. Salimos en un autobús que tardó unas nueve horas en hacer el recorrido. Eran autobuses de gasógeno y para subir La Espina tenían que parar tres o cuatro veces. Llegamos a Tapia y éramos unos 50 alumnos. Allí estaban José Luis González Novalín, que estudiaba quinto, y otro compañero de escuela que estaba en segundo, Cecilio Díaz, que murió hace tres años y fue canónigo de Covadonga. A los quince días nos cambiaron por seminaristas de Donlebún, Castropol, donde había otro seminario en un antiguo castillo de la familia Trelles. Era un sitio precioso, sobre la ría del Eo, una zona verdaderamente paradisiaca. Teníamos además la playa de Penarronda y estuve muy a gusto. Me gustaba estudiar, me gustaba el saber y veía que avanzaba. Era una disciplina muy dura, pero allí se comía bien. Éramos aproximadamente unos 100 y uno de los criados del seminario, Manolo, iba por los mercados y compraba reses que él mismo mataba. Al curso siguiente se cerró Donlebún y volvimos a Tapia de Casariego. Hacíamos el Bachillerato, pero con mucha insistencia en el latín, con dos clases diarias. En segundo traducíamos tranquilamente «La guerra de las Galias». En Tapia lo pasamos bien, aunque con mucha hambre. En tercero y cuarto pasamos al monasterio de Valdediós, en Villaviciosa, y allí pasamos un hambre espantosa. Hubo momentos en los que estuvieron a punto de mandarnos para casa porque no había nada que darnos de comer. Me alegro de haber pasado mucha hambre en Valdediós; solamente el que lo experimenta puede entenderlo».

l Obispo renacentista. «En 1948 nos fuimos a Oviedo a estudiar quinto y ya fue una vida distinta. En el seminario del Prau Picón teníamos cada uno nuestra habitación individual y estábamos en una ciudad. Y teníamos profesores muy competentes. De todos ellos, del que mejor recuerdo guardo, excepcional, es de un seglar: don Félix Prendes del Busto, profesor de Física y Química. Era un hombre extraordinario como profesor y persona. Como anécdota puedo contar que siempre rezábamos antes de empezar la clase, pero un día debimos de hacerlo de tal modo que nos dijo: "Perdonen ustedes que yo les llame la atención a ustedes, que son seminaristas, pero a Dios se le habla con respeto, así que vamos a rezar de nuevo". Era un caballero, además de un hombre extraordinario. El obispo Lauzurica le dio nuevos aires al seminario. Entre otras cosas nos permitió jugar al fútbol en traje de deporte, que para nosotros era una novedad. Le dio un nuevo aire, aunque tuvimos después algunos prefectos de disciplina lamentables. Lauzurica era un obispo como del Renacimiento, un hombre alto, siempre sonriente. Visitaba todos los días el seminario y le veíamos como un hombre cercano, un padre, aunque luego, en ideas, era muy del régimen».

l Gripe antes de las órdenes. «Mi curso era un poco rebelde y nos miraban con lupa. Teníamos un profesor, don José Llano, que era un hombre muy inteligente, pero estaba el pobre un poco pasado; nos llamaba el "chulismo oficial". Era costumbre que en segundo curso de Teología se solicitara la tonsura y recibir dos de las órdenes menores. Cuando llega el turno, empiezan mis compañeros a ir a ver al vicerrector y prefecto de disciplina, a presentar la solicitud, y los va echando a todos para atrás. Empieza por echar atrás a los buenos y por supuesto a mí ni se me ocurrió solicitarlo. Cuando ya lo solicité, nos rechazaron a mí y a otros seis o siete. Aquello me hizo pensar. Llegó tercero de Teología y todos mis compañeros vestían ya sotana y demás, pero yo no pedía las órdenes. Por fin, en cuarto de Teología, al hacer los ejercicios espirituales, ya me decidí y me ordeno de todo seguido: tonsura, un viernes; ostiario y lector, el sábado, y exorcista y acólito, el domingo. Fue curioso, porque esa semana enfermé de gripe el lunes, con mucha fiebre. Vino el doctor Comas a verme el martes y le dije: "Doctor, tengo que estar listo para el viernes". "Imposible". "Pues deme lo más fuerte que tenga". Me dio unas sulfamidas y que me untara con tintura de yodo, pero sólo unas rayas en el pecho. Yo, como quería sanar pronto, me froté con ello y al cabo de media hora creí que me reventaba el pecho. Menos mal que había una religiosa, sor Narcisa, que murió hace muy poco, muy buena y me puso unos paños húmedos y lo superé».

l Los chavales de Somió. «En el mes de junio siguiente, en 1956, me ordené sacerdote y al cabo de un mes me destinan como coadjutor de Somió, donde estuve cinco años. El párroco había sido profesor mío de latín en Tapia, don Pedro Sanjulián Espina. Me dice que me ocupe de los jóvenes y a eso me dediqué. Pasaba el día con los chicos y cuando salían de la escuela jugábamos al fútbol. Una de mis primeras medidas al llegar fue hacerme socio del Somió, que estaba entonces en Primera regional. Era entrenador Sirio Blanco y me entrenaba a veces con ellos. Somió era ya un pueblo señorial y allí estaba la burguesía de Asturias, pero tenía también zona obrera, que era La Guía, y zona campesina. Me entregué a los jóvenes y todavía todos los veranos me reúno con un grupo de ellos, que entonces tenían de 15 a 18 años, y celebramos una misa».

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