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Vicente Muñoz Puelles
Escritor, hoy presenta en «Libroviedo» su última novela, «La guerra de Amaya» 

«No está mal llorar un poco, los niños no tienen por qué ignorar la realidad»



«Mi madre nunca hablaba de la guerra, no me dijo que tenía cuatro hermanos en Rusia hasta que tuve nueve años»

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Vicente Muñoz Puelles, durante su anterior visita a «Libroviedo».
Vicente Muñoz Puelles, durante su anterior visita a «Libroviedo». luisma murias

ELENA FERNÁNDEZ-PELLO Oviedo

Vicente Muñoz Puelles rescató en «La perrona» la historia de los niños que perdieron la Guerra Civil y huyeron a Rusia. Ahora, en «La guerra de Amaya» (Anaya), cuenta los avatares de los que se quedaron. Su tío Cecilio, con un nombre ficticio, era el protagonista de aquella primera narración; el de ahora es el relato que su madre, Amaya Puelles, hizo de su adolescencia, atravesada por la Revolución del 34 y la Guerra Civil y vivida entre Gijón y Valencia. Las memorias de la niña que fue su madre se presentan esta tarde, noveladas para los adolescentes de hoy, en «Libroviedo».

-«La perrona» y «La guerra de Amaya» son fragmentos de la misma historia.

-En «La perrona» conté la historia de la familia materna que se fue a Rusia. Con él gané el premio de los libreros de Asturias, y alguien me dijo: «¿Por qué no cuentas la historia de los que se quedaron, que también lo pasaron muy mal?». Mi madre ya había muerto, mi hermana era muy pequeña durante la guerra y no se acordaba de nada. Entonces encontré el diario de mi madre, en el que lo cuenta todo: la guerra, cómo salieron de Gijón, cómo vivieron en Valencia... Era como si el diario estuviera esperando a que yo lo leyera.

-¿Sabía de su existencia?

-Mi madre nunca me habló de él. Yo lo descubrí en una caja metálica después de su muerte, cuando recogía sus cosas. No me atrevía a leerlo, porque tenía miedo de que contara cosas demasiado íntimas. No quería leerlo solo, y fui a buscar a mi mujer, era demasiado emocionante. ¡Yo no sabía todo lo que mis abuelos y mi madre habían pasado en la guerra y en la posguerra!

-Los abuelos eran maestros nacionales, próximos al partido Izquierda Republicana, de Manuel Azaña.

-Simplemente, eran republicanos. Mi abuela se encargaba de cuidar de los niños refugiados, pero más allá de eso... Supongo que al final sí se implicaron, era imposible no hacerlo.

-Amaya relata episodios muy dramáticos: el primer muerto que ve -un revolucionario tendido en la Escalerona-, la muerte de su hermano, la de su padre... ¿No será una lectura demasiado dura para los niños?

-Muchos niños y muchos jóvenes murieron en la guerra. Si aquéllos tuvieron que vivirla, los de hoy también pueden leer sobre ella. Amaya la cuenta tal cual. No hay por qué suprimir las partes más duras para hacerla más amable. No está mal llorar un poco, y los niños no tienen por qué ignorar la realidad.

-¿Qué le contaba su madre de la guerra?

-Amaya nunca hablaba de la guerra. No me dijo que tenía cuatro hermanos en Rusia hasta que yo tenía nueve años y ellos llegaban de Rusia en un barco que atracó en Castellón.

-Así que el diario fue revelador.

-Cuando mi madre escribió el diario original tenía 22 años. No es un diario propiamente dicho, sino un relato escrito después de que todo ocurriera, quizá porque no quería olvidarlo y para que si le pasaba algo no lo olvidaran otros. Eran tiempos difíciles, temía lo que pudiera suceder y se arriesgó mucho escribiendo el diario: si la Policía hubiera registrado la casa, mi madre y la abuela no lo hubieran pasado bien. El diario es un milagro.

-¿Descubrió a otra persona en su madre al leer sus memorias?

-Cuando yo era niño mi madre era muy alegre, mi nacimiento debió de devolverle la ilusión, pero al hacerse mayor volvió a ser aquella persona melancólica que aparece en los diarios. Es como si se le hubiera quedado algo atrás que no podía recuperar, su juventud. Se había roto el lazo familiar y en Valencia todo le resultaba extraño.

-... Pero acabaron reunidos ahí.

-La familia acabó asentándose, pero les ha quedado el ser muy inquietos. Cecilio, que tiene 86 años, todavía habla de instalarse en Gijón.

«Escribí "La guerra de Amaya" con el diario de mi madre, era como si estuviera esperando a que yo lo leyera»

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