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La rebelión de los clarisos

En septiembre de 1962 un grupo de asturianistas ilustrados encabezados por Juan Uría firmó un manifiesto contra el derribo del convento de Santa Clara de Oviedo

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La rebelión de los clarisos
La rebelión de los clarisos  
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Javier NEIRA

El convento de Santa Clara, en el corazón de Oviedo, centró la polémica y protesta -no de carácter genuinamente político pero cargada de ideología- quizá más sonada del franquismo aunque fuese con sordina, camuflada de debate cultural y tachada de sentimentalismo y nostalgia.

De un lado, las todopoderosas autoridades franquistas; del otro, un puñado de asturianistas ilustrados que fueron motejados como «los clarisos». Aceptaron el nombre supuestamente ridículo y lo convirtieron, con orgullo, en una divisa de insumisión ante la prepotencia y la ignorancia de los jerarcas de la época. Un hito de sensibilidad hacia nuestro patrimonio cultural.

El convento es la actual sede de la Delegación de Hacienda pero tan modificado que resulta del todo irreconocible.

Desamortizado a mediados del siglo XIX, cumplió en la pasada centuria la función de cuartel de Asalto. Sufrió los rigores del 34 que en una semana destruyó Oviedo. Allí se rindió Belarmino Tomás. Son clásicas las fotos de los revolucionarios detenidos en el patio del convento-cuartel. De allí también partió el comandante Caballero para protagonizar el alzamiento del 18 de julio de 1936.

También son clásicas las fotos, ya de los años cincuenta, de los partidos de baloncesto que se celebraban en el patio, un deporte entonces novedoso que se introdujo desde un espacio escasamente adecuado.

El caso es que el convento, que fue cuartel, prisión, foco de conspiraciones, cancha de basket y mil cosas más estaba semiabandonado. Por azar -pero también por necesidad-, se convirtió en el centro de un debate en el que llegaron a resonar mil ecos.

Los violentos años treinta se habían saldado con un doble triunfo, en Asturias, de los revolucionarios y, en general, de la izquierda extremista.

Los mineros triunfaron en el 34 en la pugna asturiana y sólo fueron derrotados por las fuerzas armadas que llegaron desde fuera.

Lo mismo se puede decir de los años 1936 y 1937.

El nuevo régimen concluyó que la burguesía asturiana no estaba capacitada para liderar la región, o al menos para contener a raya a los revolucionarios; así que el franquismo procedió a asentar en Asturias élites foráneas para que se hiciesen cargo de la región. Los apellidos no engañan. Desde los propios de los gobernadores civiles -Labadíe Otermín, Peña Royo, Mateu de Ros...- hasta los arzobispos -Lauzurica...- pasando por los catedráticos más destacados -Virgili Vinadé...-, pero quizá, sobre todo, los abogados del Estado, entonces un cuerpo especialmente destacado, como fue el caso de López Muñiz, una de las figuras más sobresalientes del franquismo en Asturias.

La izquierda, derrotada, y la derecha, fracasada: una nueve élite foránea dominó Asturias.

En ese contexto se decidió el futuro de Santa Clara. Presionaba el modernismo progresista de la Falange, anticlerical -no gustaban de conventos- y con un sentido futurista que sólo veía atraso en las piedras cargadas de historia.

La campaña sobre Santa Clara para derribar el convento o al menos remodelarlo a fondo empezó con fuerza en los últimos años cincuenta en la prensa, en las tertulias y en los mentideros. Oponerse al derribo equivalía a sentar plaza de conservacionista alcanforado, fuera de los tiempos modernos, del progreso urbano y hasta de la higiene porque, cual flautistas de Hamelin, los partidarios del derribo se empeñaron en decir que Santa Clara era un nido y foco de ratas. A menos de dos décadas de una guerra donde quien más quien menos se las había visto en sótanos o trincheras llenas de roedores, tal especie tenía mucha fuerza. Por otra parte, la desidia, la falta de iniciativa o quizá también la pasión modernista frustraron una operación salvadora: convertir el convento en edificio universitario, destinado a Facultad de Química. No fue así: la Facultad se estableció en la calle Calvo Sotelo -actualmente ahí están los estudios de Matemáticas y Física-, así que se frustró una solución imaginativa y se ganó un edificio vulgar.

En el restaurante Noriega, en los bajos del palacio de Valdecarzana -actual sede de la Audiencia Provincial- se reunía una tertulia formada en torno a Juan Uría Ríu, catedrático de la Universidad de Oviedo, padre de la historiografía moderna asturiana, liberal conservador, distante de la izquierda clásica y no digamos de la revolucionaria, pero también lejos de falangistas y azules. Podría hablarse de la tercera Asturias si se piensa en su figura.

En el Noriega no se conspiraba, pero se lamían las heridas propias los desplazados por las nuevas élites foráneas. Y es que una de las víctimas de la Guerra Civil fue el sentido cultural asturianista más allá de los coros y danzas, el teatro en bable y algunos escritos poéticos. Cómo sería la cosa que ni Uría era miembro de número del Instituto de Estudios Asturianos.

El acoso a Santa Clara tenía su réplica, a media voz, en los tertulianos del Noriega, hasta que estallaron. Y estallaron en forma de manifiesto en defensa del viejo convento. Firmaron, entre otros, Juan Uría, Antón Rubín, Joaquín Manzanares, José María Fernández Pajares, Miguel Álvarez-Buylla, José María Estrada, José Luis Meana Feito, Paulino González Sandonís, José Ramón Tolivar Faes, Anselmo Fresno, Ángel Rodríguez, Juan Ignacio Ruiz de la Peña y Emilio Marcos Vallaure.

El contexto era especialmente delicado. En la primavera anterior se había vivido la dura huelga, ya mítica, de la minería asturiana, reproducida en agosto. El horno no estaba para ciertos bollos.

Los tertulianos fueron definitivamente motejados como «clarisos». No podían ser tachados de opositores al régimen. No eran, ni mucho menos, agitadores políticos, pero habían puesto el dedo en la llaga que, en las dictaduras, es la simple y pura disidencia sobre el asunto que sea. Encima mostraban un interés por el patrimonio cultural asturiano muy por encima de las torpes autoridades, así que su gesto era de rebelión.

De la remodelación de Santa Clara se hizo cargo el arquitecto Ignacio Álvarez Castelo, un excelente profesional conectado con las vanguardias. Afrontó la tarea sin complejos. El resultado ahí está -sufrió no hace mucho una nueva remodelación-; discutible, si se quiere, indiscutiblemente letal para el convento, la historia y el arte asturiano. Apenas se conservan tal cual la vicaría y tres secciones de los muros y arcadas del patio. Además, sobre el horizonte inmediato, hacía unos años que se alzaba el rascacielos de la Jirafa, marcando un territorio desarrollista en el tradicional barrio de las Dueñas.

Ya sólo viven dos «clarisos»: Marcos Vallaure y Ruiz de la Peña. Su gesto es historia de Asturias.

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