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La química del amor

William Walker, vuelve el asturiano

«He invertido tanto de mí mismo aquí que Asturias es mi corazón», afirma el primer director de Du Pont, que sigue visitando el Principado 20 años después

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Los Walker, en la cafetería de su hotel.
Los Walker, en la cafetería de su hotel. 
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Oviedo,
Marta PÉREZ
«He invertido tanto de mí mismo aquí, que Asturias es como mi corazón, sin ella no funciono». El norteamericano William Walker, primer director de Du Pont en Asturias, podría pasar por el mejor embajador del Principado en el extranjero. Sólo residió cinco años en la región, pero la experiencia le caló tan hondo que desde que abandonara el Principado en 1995 por motivos de trabajo ha regresado con su mujer Mary al menos una vez al año, como si la sangre del rey Pelayo corriese por sus venas y la tierra le llamase: «ésta es mi casa», asume.

William Walker es un hombre de costumbres. Es domingo y recibe a LA NUEVA ESPAÑA en la cafetería del hotel donde se hospeda, el antiguo Clarín, ahora Room Mate Marcos, en el 23 de la ovetense calle Caveda. Este hotel fue su primer hogar en Asturias, en él vivió tres meses mientras montaba la que sería su casa por cinco años en Oviedo. Cada vez que regresa al Principado se hospeda en este hotel, siempre en la misma habitación. «El tiempo pasa y los cambios son inevitables. Pero también hay cosas que no cambian, eso me gusta: la mayor parte del personal del hotel es el mismo de hace veinte años, menos la mujer que cocinaba un bizcocho incomparable, que se ha retirado», confiesa Walker. El norteamericano, químico jubilado de 68 años, vuelve la vista veinte años atrás para recordar su llegada a Asturias. «Febrero de 1990, había que poner en marcha aquí el proyecto de Du Pont», relata. «Tamón no fue un emplazamiento al azar. La fábrica tenía que estar muy bien centralizada. Tengo muy buenos recuerdos de aquella época», confiesa. «Aquel proyecto fue como criar un bebé, era el primer emplazamiento verde, en una región con posibilidad de innovación, cultura de trabajo y tradición industrial. Puse tanto de mí mismo en aquello...», recuerda. El primer sorbo de café le recuerda los «muchos cafés» que tuvo que tomar con los opositores al proyecto y con los vecinos de Tamón a los que había que expropiar. «Los que se oponían también nos ayudaron a buscar el camino correcto. Les tengo mucho aprecio, se pueden tener posiciones enfrentadas y ser amigos de los que toman café», cuenta Walker. Al recordar a los amigos de los primeros años en Asturias al primer director de Du Pont se le escapa un nombre: Pedro de Silva. «Nos apoyó mucho. Es un hombre inteligente y elegante», apunta. En cierto modo, Walker lleva a Pedro de Silva cerca del corazón, en forma de pin. «Sí, este escudo de Asturias es un regalo suyo; lo llevo a menudo en la solapa de la chaqueta». Otro síntoma indefectible de la asturianía de William Walker.

Cuando viaja a Asturias el americano se dedica a visitar amigos, hacer senderismo y, sobre todo, a la gastronomía. «No sé si es la expresión correcta, pero Asturias tiene una cultura culinaria fantástica, incluso mejor que la francesa o la italiana». La fabada, una de sus comidas favoritas, le llevó a mantener una breve discusión con un chef en un restaurante de Houston, donde reside en la actualidad. «Me puse muy contento porque cerca de mi casa abrieron un restaurante de "tapas españolas"», relata William Walker. «Mi esposa y yo nos fuimos un día a probar y, para mi agradable sorpresa, en la carta decía que tenían fabada asturiana, así que la pedí», cuenta. Pero la sorpresa se tornó en desagradable cuando en el plato le sirvieron un guiso que poco tenía que ver con su fabada favorita, la del restaurante La Máquina de Lugones. «Eran alubias pequeñitas...», explica. Walker llamó al camarero y le preguntó de qué parte de Asturias procedían aquellas «fabas», pero su cara se volvió un signo de interrogación. «¡No sabía lo que era Asturias!», exclama William Walker. La indignación del químico fue tal que pidió que se acercase el cocinero a la mesa. Walker preguntó la procedencia de cada uno de los ingredientes de la fabada, chorizo y morcilla incluidos. «Si ninguno de los ingredientes es de Asturias, «¿cómo tienen la osadía de poner en el menú fabada asturiana?», le espetó. «Obviamente, no volvimos más», explica. En este punto se une a la conversación Mary Walker, que confiesa que aún se ruboriza por aquella salida de su marido por la fabada. William y Mary, ingeniera química, se conocieron trabajando para Du Pont en Estados Unidos. Además de profesión, también comparten el amor por Asturias, aunque la mujer le reprocha al marido que lleva cinco años sin ver a su hermana, que vive en Austria, y cada vez que viajan a Europa es para recalar en Asturias. «¿Has contado que tienes un despacho en casa dedicado a Asturias?», pregunta ella. «Pues sí, con muchos recuerdos», admite él. «Yo ya estoy muy mayor, quiero que ella siga viniendo a Asturias cuando yo no esté, paseando mis cenizas», bromea.

La última anécdota -al menos en sentido cronológico- del norteamericano con Asturias tiene que ver con una guitarra. Un amigo que las construye de forma artesanal le ha regalado una. Walker quiere aprender a tocarla, pero se ha impuesto una condición: que el «Asturias patria querida» sea la primera canción que toque. Estos días ha recorrido medio Oviedo en busca de una partitura. «Ves, es la diferencia de Asturias con el resto del mundo. En el resto del mundo, si vas a una tienda y te dicen que no tienen algo, no lo tienen y ahí se acaba. En Asturias he preguntado por la partitura en una tienda por la mañana y por la tarde me la han dejado en un sobre en el hotel, es increíble», cuenta Walker.

Tras su paso por el Principado William Walker trabajó para Du Pont en países como Irlanda del Norte, Inglaterra -fue director general de la empresa en el Reino Unido-, Luxemburgo, y vuelta a Estados Unidos. Ahora, ya jubilado, continúa trabajando, como asesor de empresas, pero a su ritmo. «En Estados Unidos se puede continuar trabajando aunque te jubiles, pero no es bueno trabajar para siempre, hay que dar oportunidad a la gente joven», sostiene.

Antes de abandonar Asturias, hoy lunes, a William Walker le queda una tarea muy importante que hacer. Enviar a su vecino vasco Iñaki Sanmartín un lote de fotos de su estancia en Asturias. «Es mi pequeña venganza. Él viaja más a España y no para de enviarme fotos de buena comida y paisajes. Ya tengo las fotos de la fabada preparadas. Ahora me toca a mí chinchar a Iñaki».

Biografía

El norteamericano William Walker, titulado en químicas, dedicó la mayor parte de su vida profesional a la empresa Du Pont, la firma que nació hace unos doscientos años en Delaware (Estados Unidos). En 1981 nació Du Pont Ibérica y en 1990 William Walker llegó a Asturias para establecer la compañía en el valle de Tamón.

Walker se estableció entonces con su mujer Mary -que también trabajaba para la firma Du Pont en Estados Unidos- en el Principado, donde residieron, en Oviedo, durante cinco años, hasta 1995. La empresa trasladó entonces a Walker a Irlanda del Norte, y de ahí a Londres, donde fue nombrado director general de Du Pont para Inglaterra. Tras esta etapa residió cinco años en Luxemburgo, hasta que se regresó a Estados Unidos, donde vive en la actualidad, en Houston.

Con 68 años y ya jubiliado, Walker sigue trabajando como asesor para grandes empresas, y visitando Asturias cada año.

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