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La pintora llastrina María Suárez Valdés enseña su pueblo desde la perspectiva «más difícil de pintar», la vista «en constante movimiento desde el barrio de El Piqueru

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Lastres (Colunga), Marcos PALICIO
Lastres, desde aquí, no cabe en un cuadro. «Es como la mar, grande, muy difícil de pintar». La mirada de María Suárez Valdés, pintora llastrina, ha perfilado mil veces su pueblo desde todas partes, pero aún no lo ha podido abarcar desde este lugar donde empieza la bajada a la Colegiata, junto a la pendiente que orilla lo que fue colegio de las Dominicas, el suyo en párvulos, y se precipita casi directamente al agua. Aquí se termina Lastres por el Este y ahora sólo hay un banco, una barandilla de madera, un enorme árbol, un precipicio hacia la inmensidad del océano y montañas cerrando el horizonte. Esta atalaya del barrio de El Piqueru se asoma a la mar y al Sueve, los dos extremos del paisaje que contiene Lastres, y «a toda esa vegetación» que consigue una panorámica «inmensa» «en constante movimiento». El pueblo y su bahía se han quedado a la izquierda, casi no se verán completamente hasta que el otoño les quite las hojas a los árboles, pero a cambio siguen ahí el Cantábrico que siempre le ha dado sentido y, justo aquí debajo, la playa de El Astilleru. Y arriba, al fondo, el Museo Jurásico de Asturias, esa inmensa huella de dinosaurio que, abriendo un claro entre los bosques, «no molesta».

Para alguien que se fue de aquí a los 18 años, que tiene 34 y volvió hace cuatro, «el viaje de vuelta a casa es ir recuperando escenarios» y éste se disfruta en soledad. «Me gustaba mucho venir sola a primera hora de la tarde y lo sigo haciendo ahora», afirma Suárez, «porque sigue siendo el sitio más solitario del pueblo». A pintar no, «tan grande», es «impintable». Así como desde otras perspectivas clásicas, sobre todo la que se contempla desde la ermita de San Roque, «echándole horas» Lastres acaba saliendo, «esto es para verlo». Sería un cuadro natural para mirar, viene a decir la artista plástica llastrina, doctora en Bellas Artes y pintora vocacional desde que le alcanza la memoria. Ella, recién embalada una exposición en Colunga, celebra el privilegio de poder vivir en su pueblo de lo que pinta, de vender cuadros «desde tercero de carrera» y de dejar de añorar la mar y la luz de Lastres.

Lejos de El Piqueru, a ras de suelo, callejeando después de abandonar la perspectiva aérea de la bajada a la Colegiata, la villa marinera va poco a poco empezando a hacerse «pintable», abarcable, mucho más accesible a los pinceles, asegura. Eso dice al situarse bajo la Torre del Reloj, que en su origen medieval no daba la hora, que comenzó siendo «una torre vigía» estratégicamente orientada hacia la mar de Lastres y que sí ha cabido en los lienzos desde sus múltiples perspectivas posibles. De la vigilancia pasó más tarde a «orientar a los pescadores, que se organizaban dejándose guiar por sus campanadas», informa la artista con la experiencia que da su descendencia de marinos llastrinos. El callejeo por las estrecheces de su pueblo no pierde nunca la referencia de la mar ni encuentra apenas esquina sin referencias a ella. Sobre la piedra conservada con esmero, los blasones informan de que no es éste un pueblo marinero convencional, con casas humildes de pescadores esforzados. Aquí, desde que hay memoria, los marineros han vivido siempre dentro de edificios señoriales con escudo.

Detrás de estos muros que tanto han buscado los pinceles de María Suárez Valdés hay otras historias. Por todo el casco antiguo de Lastres, con sus casonas hidalgas que en su mayor parte obligan a retroceder hasta el siglo XVII, se puede seguir el rastro de los balleneros y los corsarios llastrinos, pero también de los mercaderes que desde aquí se enriquecieron con el comercio marítimo. Luego, a partir del XVIII, vinieron las calamidades y las «auténticas miserias» con el decaimiento de esa exportación marítima, las galernas y el puerto arrasado y reconstruido, pero ése es otro cuento. En las angosturas de las calles de La Fontana, El Penayu, La Nansa, La Plaza o la Calle Real quedó material de sobra para llenar los cuadros de María Suárez, donde siempre habrá mar para poner de fondo.

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